DOMINGO 22 DE SEPTIEMBRE
XXV DEL TIEMPO ORDINARIO
“Quien quiera ser el primero, que sea el último”
Sabiduría 2,12.17-20; Salmo 53; Santiago 3,14-4,3; Marcos 9,30-37
Pasos para la Lectio del Domingo 22 de septiembre de 2024
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué nos llama la atención del texto que se ha proclamado?
- ¿Cómo interpretamos la actitud de los discípulos que buscan los primeros puestos?
- ¿Qué significa la figura del niño que Jesús usa en el texto?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Hemos visto en nuestra vida familiar, social o en nuestra pequeña comunidad esa búsqueda de los primeros puestos?
- ¿Cómo podemos remediar en nosotros los afanes de superioridad y egoísmos?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Uno de los temas que más inquietan al ser humano es sin duda el tema del mal, cuyos desastrosos efectos podemos comprobar cada día; basta con sentarnos frente al televisor, con hojear las páginas de la prensa, incluso basta con mirar a nuestro alrededor, o a veces en nuestras propias casas y en nuestras propias vidas para descubrir los efectos que tiene la posibilidad real del mal que puede hacer el ser humano: guerras, envidias, discordias, corrupción, muerte y dolor son imágenes que se repiten casi con tanta frecuencia que ya hasta se nos van haciendo costumbre.
Pero ¿cuál es el motivo de todo esto? ¿Por qué se repite tantas veces esta escena entre nosotros?
La segunda lectura de este domingo, tomada de la carta del apóstol Santiago nos sorprende con una afirmación que revela el drama profundo de nuestra humanidad; decía: “¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de nuestras pasiones, que luchan en nuestros miembros? Codiciamos y no tenemos; matamos, ardemos en envidia y no alcanzamos nada; nos combatimos y nos hacemos la guerra”.
El misterio del mal encuentra su explicación última en el corazón del hombre, en donde reposan los sentimientos de ser superiores, de poseer más, de dominar a los demás; y entonces como nos dice Santiago: “donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males”.
Y es tan cierto que estos sentimientos reposan en el corazón del hombre, que el mismo Evangelio nos muestra que los discípulos no fueron ajenos a ellos; la página de San Marcos que hemos leemos este domingo nos muestra que aunque Jesús se ha presentado a sus discípulos como el Mesías que debe padecer, ellos no alcanzan a comprender bien esta realidad y siguen pensando en un mesianismo terreno, en el que ellos anhelan tener los primeros puestos.
Ellos no han comprendido que el camino de la salvación que Él viene a traernos parte no del poder que se impone a los demás por la violencia, sino de la fuerza incomparable del amor que se entrega, que se da, que pasa por la cruz.
Jesús tiene entonces que, con la paciencia del maestro que educa a sus discípulos, explicarles y proponerles un nuevo camino de comprensión de la grandeza, que no coincide con el modo de pensar humano que la ubica en el tener, en el poseer, en el poder; al contrario, Jesús en el Evangelio nos presenta que la verdadera grandeza está en el servicio y en la entrega desinteresada, que hace que el mayor mérito del hombre sea el amor.
Es escandalosa la imagen que usa Jesús para explicar esto a sus discípulos: un niño. Se trata de alguien que es aparentemente débil y necesitado, pero que tiene la grandeza de un corazón siempre disponible, que no guarda rencores, que sabe perdonar, que ama, que se entrega. Con ello, el maestro nos está enseñando que el camino cristiano es el de la sencillez, el de la entrega, del servicio, de la cruz. Este es el camino de la verdadera bienaventuranza, de la felicidad, de la salvación.
Es muy significativo que este pasaje del Evangelio está enmarcado justamente en el camino que Jesús hace hacia Jerusalén donde entregará la vida; eso nos muestra que el ejemplo consumado del servicio es el mismo Jesús, que como él mismo nos lo dice: no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos.
San pablo, en el bellísimo himno de la carta a los filipenses, nos resume toda la historia de la salvación como un misterio de kénosis, es decir, de abajamiento, de servicio, de renuncia que lleva luego a la exaltación; nos dice: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”.
Se trata de la revelación absoluta del amor de Dios que no busca dominar, aplastar, que no se aferra a su superioridad, sino que se hace hombre por amor, que entrega su vida por amor, que se dona por amor.
Y San Pablo, leyendo de esta manera la historia, nos invita también a nosotros a “tener los mismos sentimientos de Cristo”; es decir, a renunciar a todo aquello que nos hace sentirnos superiores, que nos hace querer imponer nuestra voluntad, a todo lo que nos separa de los demás y a asumir la vida del amor, que es la única capaz de hacer que vivamos el bien y la bondad.
Santiago nos dice también esto en la lectura que escucharemos: “La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante y sincera”.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir con esta oración:
Pidámosle al Señor que nos ayude a renunciar a todo aquello que nos separa, que nos divide, para que convirtiéndonos de nuestras envidias, de nuestros odios, de nuestros egoísmo, de nuestro deseo de superioridad, nos comprometamos en construir el bien y la bondad, sabiendo que la vida cristiana debe gastarse en construir y hacer realidad en medio de nosotros la experiencia del Reino de Dios, que nos hace verdaderamente hermanos, y que nos ayuda a construir la paz y a superar la violencia, el odio y toda clase de mal que nos divide.
4. Contemplación: Puede sugerirse a la comunidad detenerse a contemplar el texto a partir de esta pregunta:
¿Qué actitudes nos propone este texto para nuestra vida personal y para nuestra pequeña comunidad?
