DOMINGO 6 DE OCTUBRE
XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO
“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.”
Génesis 2, 18-24; Salmo 127; Hebreos 2,9-11; Marcos 10,2-16
Pistas para la Lectio Divina del domingo 6 de octubre de 2024
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué enseñanzas presenta Jesús en este texto?
- ¿Qué expresiones nos llaman la atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras familias?
- Al revisar la vida de nuestras familias desde el proyecto de Dios ¿Qué retos descubrimos?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Uno de los grandes problemas de nuestra sociedad actual, envuelta en tantas convulsiones y realidades nuevas, es sin duda la crisis familiar que nos golpea. Con gran frecuencia vemos cómo las familias se van destruyendo, o como incluso se desprecia el Sacramento del matrimonio por considerarlo algo anticuado.
Nuestra sociedad ha comenzado a perder sin duda el valor más grande sobre el que se había construido: el valor de las familias cristianas, que eran la cuna de los principios humanos más profundos.
Es por eso que es un consuelo pero también un llamado de atención leer estas lecturas que la Iglesia nos propone para este Domingo, en la que el Señor nos revela la dignidad profunda del matrimonio y de la familia, que están en el corazón mismo del designio salvador de Dios.
El diálogo que hemos escuchado en el Evangelio, está motivado por la pregunta de los fariseos a Jesús: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?, en la que se recuerda la institución del repudio con la que el hombre podía separarse de su mujer según lo había establecido la ley de Moisés
Pero el Señor va más allá, y devuelve nuestra mente al origen mismo del hombre en la creación, en la que según el designio de Dios, los creó hombre y mujer, mostrando con ello la necesaria complementariedad que existe entre ellos, por la que el hombre abandona a su padre y a su madre y se une a su mujer, para ser los dos una sola carne.
Leyendo en este pasaje el designio mismo de Dios, la Iglesia no deja de llamar la atención aún en nuestros días sobre el valor profundo que tiene la familia constituida según el querer divino por un hombre y una mujer unidos en el amor auténtico, que perdura en el tiempo, pues como lo declara el Señor: Lo que Dios ha unido, no debe separarlo el hombre.
Por eso es preocupante la situación que vemos en nuestros días; en donde es cada vez más común el que se vivan experiencias afectivas por fuera del vínculo matrimonial, alejadas de todo compromiso y reducidas a una mera búsqueda de placer y erotismo, que reducen a la otra persona aun objeto y que llegan a robarle su misma dignidad.
La Iglesia se presenta entonces en nuestros días como defensora de una verdad que no es anticuada, sino que es una verdad fundamental: sólo el matrimonio es el ámbito profundo del amor, de un amor responsable y generoso, santificado por la bendición de Dios, que no asegura que no existan problemas, sino que estos se hacen más llevaderos asumiéndolos como la cruz del amor de la que el mismo Dios se hace cirineo para ayudar a llevar.
Finalmente el Evangelio nos presentaba a Jesús que acogía con amor a los niños y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos. Cuando contemplamos este texto dentro del anuncio de la Buena Noticia de la familia, debemos reconocer la exigencia profunda del amor que es la apertura a la vida.
Los hijos son un don maravilloso del amor y la misericordia de Dios con los que se enriquece el hogar y como tal deben ser recibidos y acogidos en los hogares cristianos.
Por eso la Iglesia no deja de anunciar la Buena noticia de la vida humana desde su concepción hasta su término natural; y de denunciar los caminos equivocados como el aborto, que van en contra del Evangelio de la Vida anunciado por el Señor.
Así, la liturgia de esta domínica nos lleva a pensar en el valor absoluto de la comunión familiar, en la que se vive y se experimenta de modo singular el amor de Dios. no en vano la Iglesia ha reconocido en la familia a la Iglesia doméstica, es decir al santuario donde se aprende no sólo de la vida humana, sino también y sobre todo de la vida divina
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir con esta oración: Oremos hoy por nuestras familias, porque ellas son don del amor de Dios hacia nosotros; y entreguémosle con esperanza las rupturas y problemas que vivimos en el seno de nuestros hogares, para pedirle al Señor que haga de nuestras familias comunidades de vida y amor al estilo del hogar Santo de Nazareth, donde viviendo en la paz, el amor, la unidad y la fidelidad, construyamos una sociedad nueva, de hombres nuevos y valores nuevos, como lo quiere el Señor.
4. Contemplación: Puede sugerirse a la comunidad detenerse a contemplar el texto a partir de esta pregunta:
- ¿Qué compromiso podemos hacer hoy para crecer en las vida de nuestras familias y en nuestra comunidad a la luz de esta Palabra?
