No tenemos otra forma mejor de adorar y bendecir a Dios que reflejar en nosotros la comunidad de amor, que Él es. Las pequeñas comunidades son un espacio propicio para escuchar la Palabra de Dios, para comunicarnos con Dios por la oración, para vivir la fraternidad, para conducir procesos de formación en la fe, para animarnos mutuamente en el compromiso de ser misioneros.
Tenemos ahora una conciencia más clara de la importancia y necesidad de dar una dimensión comunitaria a nuestra vida cristiana. Todos sabemos que Nuestro Señor Jesucristo empleó la mayor parte de su ministerio en construir en torno a El una comunidad de creyentes en el Padre y de obreros para su Reino y que la Iglesia inició su camino en Jerusalén por medio de pequeñas comunidades, que le permitían a cada persona experimentar la cercanía de Dios y asumir la vida nueva del Evangelio.
Hemos empezado a experimentar que una pequeña comunidad eclesial es el resultado de la comunión de cada persona con Dios, que la lleva, por la fuerza de su Palabra y con la acción de su Espíritu, a salir de sí misma, a ejemplo de Jesús, para entrar en comunión con otros de sus hijos y asumir juntos la pasión de construir una humanidad nueva. De ahí que la comunidad es el ámbito privilegiado donde se realiza el Reino de Dios, es decir, el espacio donde Dios puede actuar para continuar la creación de las personas por medio de otras personas.
La verdadera comunidad cristiana no es, por tanto, un invento humano, ni una organización con fines sociales o culturales; es, ante todo, una obra de Dios, que hace que el hombre responda a la estructura misma de su naturaleza desde la que está invitado a salir de sí mismo para caminar solidariamente con los otros en la tarea de hacer un mundo nuevo.
+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín
(Basileia Nº 2).

