El Concilio Vaticano II afirmó: “La Iglesia no está verdaderamente formada, no vive plenamente, no es señal de Cristo entre los hombres, en tanto no exista y trabaje con la jerarquía, un laicado propiamente dicho” (A.G.21). En esta perspectiva, ha sido objetivo permanente de las CER “hacernos conscientes y responsables, como fieles laicos que somos, de nuestra vocación y misión en la Iglesia y en el mundo”.
Ya que por el Bautismo hemos sido incorporados a Cristo y participamos de su función profética, sacerdotal y real, queremos llegar a ser, en verdad, una presencia más viva y a cumplir una actuación más clara y eficaz como “hombres de Iglesia en el corazón del mundo y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia” (Puebla, 786).
Sabemos bien que es en el ámbito de la familia, de la educación, de la economía, de la política, de la cultura, de los medios de comunicación, de la ciencia, donde los laicos encuentran su espacio propio de actuación. Por medio de su testimonio, de su palabra y de sus acciones concretas, la Iglesia puede situarse en esos campos específicos y poner las realidades temporales al servicio de la instauración del Reino de Dios.
Esta es una misión que desafía cada día el compromiso, la competencia y la creatividad de los católicos; es una empresa ardua y de unas proporciones tales, que pareciera imposible. Por tanto, exige acelerar el proceso de promoción y capacitación del laicado. Urge, en primer lugar, que nos esforcemos seriamente en adquirir una formación doctrinal, espiritual y apostólica. Es necesario, también, que nos unamos y organicemos, dentro de una gran docilidad al Espíritu Santo y una permanente fidelidad al Magisterio de la Iglesia, para lograr que nuestra tarea sea más constante, calificada y efectiva. Finalmente, tenemos que tomar la decisión de lanzarnos a la evangelización y al apostolado, con prudencia pero también con audacia; el Señor ha venido a traer fuego y lo que quiere es que arda (Lc.12,49).
Es apenas normal que en una causa y propósito tan grandes encontremos muchas dificultades y pruebas, dentro y fuera de nosotros. Pero no debemos temer ni desmayar. Nos envía y acompaña Aquel que ha vencido todas las fuerzas del mal (Ap.1,17) y cuyo Reino no tendrá fin (Lc.1,33).
Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín
(Basileia Nº 5).

