Nos encontramos hoy con no pocos interrogantes para la humanidad: ¿Qué rumbo está tomando la historia? ¿Qué orientación moral puede iluminar los procesos acelerados de la ciencia y de la tecnología? ¿Qué bases sólidas garantizarían un nuevo humanismo? ¿Cómo construir la verdadera unidad a que aspira el mundo? ¿Quién puede contrarrestar la cultura de muerte que nos desangra y realizar la civilización del amor? ¿Cómo encontrar el sentido profundo de la existencia y conducirla a su destino definitivo?
A estas cuestiones, que hoy se han vuelto desafíos esenciales y apremiantes, debemos responder los discípulos de Jesús, si queremos merecer el honor y cumplir la misión de ser luz del mundo y sal de la tierra. Se trata de interrogantes y retos a los que no se puede responder con meras palabras sino con la propia vida. Una vida conducida por los caminos que, desde la antigüedad cristiana, se han denominado con tres términos griegos: martiría, coinonía y diaconía, es decir, testimonio, comunión y servicio.
El testimonio nos lleva a decir a tantos que han perdido el sentido de su existencia y de su marcha por el mundo que hay razones para vivir y para vivir juntos y que estas razones no están en nosotros mismos, sino en ese horizonte último, que la fe encuentra en Cristo, que es la Verdad definitiva y salvadora.
El deseo de unidad que hoy se asoma ambiguamente en los procesos de globalización y la decepción que ha dejado el naufragio de los totalitarismos ideológicos exige de nosotros la experiencia vivificante de la comunión. El mundo necesita ver la posibilidad de crear comunidades acogedoras y atrayentes donde cada persona pueda sentirse amada, respetada y gozosamente unida con los demás, en esa fuerza misteriosa que es la caridad.
La fraternidad vivida en una pequeña comunidad tiene que irradiarse por el servicio, si fuera posible, a todos los seres humanos. Se trata de un compromiso personal y comunitario para vencer, con los medios a nuestro alcance, el egoísmo, la injusticia y la violencia que asfixian al mundo.
Sólo con una vida sólidamente espiritual, anclada en estos tres parámetros, podemos los cristianos dar sentido y sabor a la realidad y al camino histórico de la humanidad. Urge que cada CER pueda entrar en un serio discernimiento para ver cómo logra vivir hoy, de modo concreto, el testimonio, la comunión y el servicio.
Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín
(Basileia Nº 4).

