En el mes de octubre, la Iglesia Católica celebra la Jornada Mundial de las Misiones. Esta Jornada es como un tomarnos el pulso y ver si de verdad estamos convencidos de la importancia del Evangelio para toda persona y para el bien de la humanidad entera. Esta Jornada se propone motivarnos a ensanchar nuestro horizonte, porque somos responsables de que el Evangelio llegue hasta los confines del mundo. Si no sentimos esta necesidad y nos contentamos con lo que vivimos y hacemos en nuestro medio, demostramos que todavía no hemos comprendido lo que significa ser cristianos.
La reflexión principal debe girar en torno a nuestro vivir con alegría el hecho de ser cristianos, bautizados, hijos de Dios insertos en el misterio de la Iglesia y responsables de difundir en el mundo entero la nueva vida que Jesús nos ha traído. Por eso, es un día de oración por la causa misionera; de sensibilización sobre el deber que tenemos todos de anunciar con la palabra y el testimonio el Evangelio; de motivación a los que cargan sufrimientos para que los ofrezcan a Dios con amor, en unión con el sacrificio redentor de Cristo.
Hay dos razones que hoy deben motivarnos aún más para vivir con entusiasmo esta Jornada. La primera es que hemos entrado en un proceso para formarnos como discípulos misioneros de Cristo y esto parte precisamente de la conciencia de que cada uno de nosotros tiene el derecho de ser evangelizado y el deber de evangelizar. La segunda razón es que nos estamos viendo sumergidos, poco a poco, en las corrientes de un mundo que, en nombre de la libertad, de la diversidad y de la autonomía, quisiera sacar a Dios de la vida pública, reducir la religión a una devoción personal y ofuscar la comprensión de la Iglesia y de su misión.
Todo esto nos llama a que no caigamos en la tentación de reducir la vida de fe a una cuestión de simple sentimiento. La historia nos demuestra que la cuestión de Dios jamás podrá ser silenciada y que la indiferencia respecto a la dimensión religiosa de la existencia humana termina por disminuir y traicionar al hombre mismo. Y es que, como enseña el Vaticano II, sólo en Cristo, Verbo Encarnado, logramos comprender la grandeza de nuestra humanidad, el misterio de nuestra existencia en la tierra y el sublime destino que nos aguarda en la vida eterna (cf GS, 24).
+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín
(El Semanario Nº 300)

