DOMINGO 27 DE OCTUBRE
XXX DEL TIEMPO ORDINARIO
“Y lo seguía por el camino”
Jeremías 31,7-9; Salmo 125; Hebreos 5,1-6; Marcos 10,46-52
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Cómo nos describe el texto a Jesús? ¿Y a Bartimeo? ¿Y a los que van con Jesús?
- ¿Qué expresiones nos llaman la atención del texto?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Cómo Bartimeo, hemos vivido un encuentro con la misericordia de Dios manifestada en Jesús? ¿Cómo ha sido?
- ¿Hemos encontrado personas que nos animan y que nos desaniman en nuestra vida de fe? ¿Cómo asumimos su presencia?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Hemos venido leyendo durante estos últimos domingos en el Evangelio de San Marcos los capítulos 8 al 10, que se enmarcan en el viaje final de Jesús hacia Jerusalén en donde vivirá el misterio de su Pascua; y como hemos visto a lo largo de estos domingos este camino ha sido toda una escuela de discipulado para aquellos que siguen a Jesús en el camino.
Hoy leemos el último episodio que acontece durante este camino: la curación del ciego Bartimeo, que justamente nos quiere poner a todos en esta línea de discipulado.
Comencemos por fijarnos en un detalle: el texto comienza diciendo que Jesús va de camino seguido por mucha gente, mientras Bartimeo está al borde del camino, pidiendo limosna.
Allí ya ha una insinuación bien particular: Jesús va de camino con sus discípulos, con aquellos que han querido seguirlo y a los que Él ha ido formando para que conozcan los secretos del Reino; Bartimeo por su parte, al borde del camino, es uno que todavía no se ha encontrado con el Señor y por eso su ceguera, además de ser un impedimento físico, representa también el desconocimiento del Señor que es la luz verdadera que alumbra la vida de todos los hombres.
Sin embargo, al escuchar el gentío que va pasando, se interesa por conocer qué pasa; seguramente alguno de todos esos transeúntes le informó que en medio del tumulto venía Jesús de Nazareth un gran profeta que hacía muchos milagros y que daba sentido a la vida de muchos.
Es significativo que el Evangelio nos diga: “Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar”; ello nos recuerda que ya para este hombre estaba iniciando un proceso de fe, al que había llegado por lo que había escuchado de Jesús.
También para nosotros la fe comienza por la escucha, sobre todo por la escucha atenta y solícita de la Palabra de Dios que nos habla de Jesús y nos enseña quién es Él, nos muestra su vida, sus obras y su mensaje como camino de vida y de salvación.
Ahora bien, es significativo lo que empieza a gritar el hombre: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Es una afirmación que es ya toda una profesión de fe. Decir Hijo de David es reconocer en Jesús al Mesías esperado; pero decirle Ten compasión, es reconocer en Él no un mesianismo político, sino espiritual, venido de Dios.
Este detalle no es insignificante: recordemos que hace ocho días en el Evangelio veíamos que los discípulos aún anhelaban a un Mesías terreno, político; Bartimeo, con la sola escucha ha descubierto que ese hombre que va pasando por el camino es mucho más que eso, es la presencia del Dios misericordioso que viene a traer la salvación a su pueblo; por eso grita y grita cada vez más fuerte, buscando tener un encuentro personal con Jesús.
Pero aparecen entonces dos situaciones paradójicas: unos lo regañaban para que se callara; otros por el contrario lo animan a que se acerque a Jesús. Eso nos pasa a todos nosotros en el camino de la fe: todos los días encontramos personas que nos acercan a Jesús, que con el testimonio de su vida nos animan en nuestra experiencia de fe; otros por el contrario nos desaniman, nos critican, nos juzgan, nos quieren separar del Señor.
Pero la perseverancia de Bartimeo pudo más que las críticas y el juicio de la gente; al punto que logra que Jesús lo vea y lo llame. Él entonces soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Son tres acciones bien particulares: soltar el manto quiere decir quejar toda su seguridad; el manto era el que le servía para pedir limosna, y soltarlo quiere decir que es capaz de dejarlo todo para acercarse a Jesús, detalle que contrasta con el texto que leíamos hace quince días del hombre rico que no fue capaz de dejar sus bienes y por eso no fue capaz de seguir a Jesús. Como segundo aparece que dio un salto, es decir se puso de pie, se pone en disponibilidad de caminar hacia Jesús; esto contrasta con el Evangelio de hace ocho días en el que los discípulos que van de camino con Jesús quieren sentarse, buscan los primeros puestos; y finalmente se acerca a Jesús.
Este es quizá el detalle más importante de todo el Evangelio: acercarse a Jesús, encontrarse con Él. Ya había oído de Él, pero ahora se trata de un encuentro personal que terminará por cambiar definitivamente su vida.
“¿Qué quieres que haga por ti?”, le dice Jesús a Bartimeo que contesta: “Maestro, que pueda ver”. Y Jesús, mirándolo le dice: “Anda, tu fe te ha curado”. Es la fe la que ha hecho el milagro, es la fe en Jesús la que le ha transformado la vida para siempre, ahora puede ver, ahora encuentra sentido a su vida, ahora empieza una nueva vida. Es el encuentro con Jesús el que lo hace nuevo.
El Evangelio concluye con un detalle muy significativo: el ciego que ahora puede ver, comienza a seguir a Jesús por el camino; es decir, se hace su discípulo: ha descubierto que su vida sin Jesús ya no tiene sentido, y entonces empieza la aventura más impresionante pero más feliz de su vida: la aventura de la fe, el camino de ser discípulo del Señor.
Este Evangelio tiene que ser para todos nosotros un llamado de atención grande: en esta hora de la Nueva Evangelización, la Iglesia nos está llamando a renovar nuestra condición de discípulos, a renovar nuestra fe en Jesús. Pero para que eso pase, necesitamos encontrarnos con Él, necesitamos dejar que Él nos toque y nos transforme; peor para ello hace falta una profunda disponibilidad del corazón, que reconociendo en Jesús al salvador, reconozca la necesidad que tiene de Él y le grite sin vacilaciones: “Hijo de David, ten misericordia de mi”. Que el Señor nos ayude para que en este camino de la fe, descubramos en Jesús el centro de nuestra vida, el único en quien está el sentido de nuestra vida; y a que descubriéndolo nos comprometamos a seguirlo por el camino, es decir a hacernos verdaderamente sus discípulos; discípulos nuevos que encarnen su Evangelio de vida y salvación para que podamos en él tener vida y vida abundante.
3. Oración:
El Papa Francisco ha hecho una invitación a orar como Bartimeo. Compartamos un poco lo que nos ha enseñado (Extractos del ángelus del 24 de octubre de 2021):
“Dios escucha siempre el grito del pobre -dijo el Papa Francisco- y no se molesta en absoluto por la voz de Bartimeo. Es más, constata que está llena de fe, una fe que no teme en insistir, en llamar al corazón de Dios, a pesar de las incomprensiones y las reprimendas. Y aquí se encuentra la raíz del milagro. De hecho, Jesús le dice: ‘Tu fe te ha salvado’”.
“Bartimeo no usa muchas palabras. Dice lo esencial y se confía en el amor de Dios, que puede hacer volver a florecer su vida cumpliendo aquello que es imposible a los hombres. Por esto no pide al Señor una limosna, sino manifiesta todo, su ceguera y su sufrimiento, que iba más allá del no poder ver. La ceguera era la punta del iceberg, pero en su corazón había otras heridas, humillaciones, sueños rotos, errores, remordimientos”
Siguiendo el modelo y coraje de la oración de Bartimeo, el Papa Francisco invitó a rezar como el ciego Bartimeo, incluso repitiendo sus palabras: “Hijo de David, Jesús, ¡ten compasión de mí!”. Y pidió cuestionar cómo hacemos oración. Nuestra oración: “¿Es valiente, tiene la insistencia buena de aquella de Bartimeo, sabe “aferrar” al Señor mientras pasa, o se conforma en hacerle un saludo formal de vez en cuando, cuando me acuerdo? Y también: ¿mi oración es “sustanciosa”, descubre el corazón delante del Señor? ¿Le presento la historia y los rostros de mi vida? O es anémica, superficial, ¿hecha de rituales sin afecto y sin corazón?” A partir de esto se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
4. Contemplación:
Puede sugerirse a la comunidad detenerse a contemplar el texto a partir de esta pregunta:
¿Qué invitación concreta hemos recibido hoy con esta Palabra y cómo la vamos a poner en práctica?
