La liturgia canta al Dios tres veces santo; aclama a Cristo diciendo: “sólo Tú eres santo”; al Espíritu de Dios lo define como santo. La santidad pareciera reservada al Dios inaccesible. Sin embargo, sabemos que también nosotros tenemos la posibilidad e incluso el mandato de ser santos (Mt 5,48). Por eso, casi al final del Año Litúrgico, la Iglesia nos da la ocasión de celebrar la solemnidad de “Todos los Santos”, mostrándonos en miles de hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares del mundo, algunos conocidos por nosotros mismos, lo que ha logrado en ellos el misterio de Cristo.
Es una gran alegría y una enorme posibilidad para cada persona humana el ser invitada por Dios a participar de su vida santa y gloriosa. Es la vida plena en alabanza y gozosa fraternidad en el Espíritu. Es la vida sin egoísmo y sin violencia, es la vida de claridad y comunión en el amor limpio que Dios pone en nuestro corazón, es la vida de lucha y sufrimiento que participa de la Cruz del Señor pero que inicia la Resurrección. Es vida en búsqueda fatigosa pero también en la posesión que nos da ya la esperanza. Por eso, lo contrario de santo no es propiamente pecador, sino frustrado.
Es significativo que San Juan Pablo II al indicar los rumbos que debe seguir la Iglesia en el tercer milenio proponga como primera tarea la santidad. En efecto, si queremos ser luz y sal y levadura para el mundo, si queremos aportar algo válido para la sociedad que nos ha tocado vivir y que se debate en medio de tantas penumbras y sufrimientos, si queremos como comunidad cristiana ayudar en el camino de la historia, lo primero es asumir con seriedad la vocación fundamental a la santidad.
La santidad cristiana es la plena realización en el espíritu de las bienaventuranzas. Esa plena realización es pobreza, mansedumbre, justicia, pureza, paz, misericordia. Esa plena realización es felicidad (Mt 5,1-12). La santidad es la conciencia efectiva de ser hijos de Dios. Es una filiación que, como dice San Juan, debemos hacer crecer a través de la purificación interior para alcanzar la meta de la configuración con Dios hasta que lo veamos tal como es (1 Jn 3,1-2). Realmente, la santidad es la única verdadera posibilidad de la persona humana; por eso, la gran desgracia de la vida es no ser santos.
+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín
(El Semanario Nº 302)

