DOMINGO 3 DE NOVIEMBRE
XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO
“NO ESTÁS LEJOS DEL REINO DE DIOS”
Deuteronomio 6,2-6; Salmo 17; Hebreos 7,23-28; Marcos 12,28b-34
Pistas para la Lectio Divina
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué personajes intervienen en el texto?
- ¿Qué expresiones nos llaman la atención del texto?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué llamamientos me hace esta Palabra de Dios hoy?
- ¿Cómo la comunidad me ayuda a vivir la experiencia del amor a Dios y a los hermanos?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Después de la larga caminata que va desde Cesarea de Filipos hasta Jerusalén, donde Jesús ha instruido más radicalmente a los discípulos, ahora han llegado a Jerusalén, el que será el lugar del gran testimonio, y precisamente allí un maestro de la ley, que en términos nuestros es algo así como un profesor de escuela, un hombre que tiene que ver con la formación de los niños y los jóvenes, le pide una conclusión práctica y profunda de todo ese “camino del Señor”, al preguntarlo por cuál es el más importante de los mandamientos.
La respuesta de Jesús toma en cuenta lo enseñado por el libro del Deuteronomio: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” y lo que dice el libro del Levítico “ama a tu prójimo como a ti mismo”.
Amar a Dios y Amar al hombre. Comunión con Dios, comunión con el hombre. Esa es la respuesta de Jesús con la que Él nos presenta y nos sintetiza todo el camino de felicidad que Dios nos propone.
Amar, amar y amar, esa es la palabra que el Señor quiere que escuchemos, que llevemos al corazón, que hagamos realidad en nuestras vidas. Es el amor la verdadera sabiduría, el verdadero camino que hace plena la vida y que nos permite entrar en comunión con el misterio de Dios que sobre todo, como nos dice el apóstol San Juan: “es amor”.
Amor a Dios que se manifiesta en actitudes concretas de piedad, de oración, de acercarse a su Palabra, de celebrar la fe. Lo que hacemos aquí cada ocho días al celebrar la Eucaristía es justamente demostrar que Dios es el centro de nuestras vidas y que por eso venimos a la Eucaristía a escuchar su Palabra que es la que nos guía en nuestro camino.
Pero amor también a los hermanos; pues de nada vale decir que se ama a Dios si el corazón está lleno de maldad y de orgullo; de nada vale por ejemplo participar en la Eucaristía si lo que aquí celebramos no lo hacemos vida después en actitudes concretas de perdón, de amor, de fraternidad y de solidaridad.
La verdadera religión, la verdadera experiencia de Dios debe partir del encuentro con Jesucristo que suscite en el hombre una transformación interior que por medio del camino de la conversión lo lleve a vivir con sabiduría, orientado por el amor que es el más grande de todos los mandamientos.
El llamado que nos hace el Señor en este día es a que nosotros revisemos profundamente nuestra relación con Dios; a que nosotros descubramos si nuestra fe es una experiencia de verdadero amor a Dios que se transforma en amor a los hermanos; de lo contrario estaremos cayendo en aquello que el Señor denunciaba: un culto vacío que honra a Dios con los labios pero con el corazón lejos de Él.
Que el Señor nos regale su Espíritu, para que movidos por Él podamos vivir una verdadera religión, capaz de llamar a Dios Padre porque se compromete en la experiencia del amor a los hermanos. Una fe sabia e inteligente que nos haga verdaderos testigos del amor de Dios en medio de los hermanos.
3. Oración:
Se puede invitar a todos a hacer una oración de petición por alguno de los miembros de la comunidad. Esta oración de intercesión es una manifestación concreta del amor al prójimo
4. Contemplación:
Puede sugerirse a la comunidad detenerse a contemplar el texto a partir de esta pregunta:
¿Cómo vamos a vivir mejor el amor a Dios y a nuestros hermanos en estos días?
