Con frecuencia, la visión de tantas personas no va más allá del cementerio. El materialismo y el relativismo de muchos sectores de la sociedad están llevando a pensar que con la muerte todo termina. Algunos, que incursionan en filosofías orientales, afirman la reencarnación. De la perspectiva de la vida eterna la opinión pública casi nunca habla. La mayoría de los medios de comunicación la ignoran. Se esconde la muerte a los niños. La muerte se camufla o simplemente se silencia.
Nuestra Iglesia, en cambio, aprovecha todas las oportunidades para proclamar: “Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna”. Así, en este mes de noviembre, recordando a nuestros difuntos, nos invita a pensar en la vida futura. Es una ocasión más para contemplar a Cristo que, como nadie, se ha atrevido a encarar la muerte y su misterio con una respuesta que es eje central de nuestra existencia. Estamos convencidos de que nuestro ser completo, un día, vivirá para siempre en Dios. Esto, que puede parecer extraño, lo exige la mejor antropología: el ansia infinita de vivir, de trascenderse a sí mismo.
Ningún animal tiene una liturgia de la muerte. Sólo el ser humano, desde el principio, ha buscado preparar y celebrar la vida futura. Nuestra vida terrena es frágil; puede romperse en cualquier momento; y si no se rompe inesperadamente, se irá deteriorando hasta agotarse. La muerte, por tanto, es una certeza y no podemos vivir de espaldas a esta realidad. Afrontar este desenlace nos hace sabios; por eso, el salmista suplica: “Enséñanos a calcular nuestros años para adquirir un corazón sensato” (Sal 90,12).
Nosotros encontramos el sentido y la esperanza frente a la muerte en la resurrección de Cristo; ella es la causa de nuestra resurrección; por ella tendremos un cuerpo incorruptible como el suyo (1 Cor 15,52-57). Todos los que creen en Cristo tienen vida eterna (cf Jn 3,15). En él Dios se acercó al hombre en el amor, hasta el don total, hasta el umbral de nuestra última soledad y de nuestro extremo abandono, atravesando la puerta de la misma muerte. En Cristo resucitado comienza el verdadero futuro de la humanidad.
Este mes es, entonces, una ocasión para vivir, de modo particular, la comunión de los santos, que confesamos en el Credo y que nos permite la relación con nuestros hermanos, más allá de la muerte, porque seguimos unidos a Cristo resucitado, que es Cabeza de todos los bautizados, vivos y difuntos. En él y por él se estable nuestro vínculo con los que ya han muerto; a los que debemos mantener presentes en nuestro afecto y a los que no debemos dejar de ayudar con nuestros sufragios, especialmente con el ofrecimiento de la Eucaristía.
+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín
(El Semanario Nº 303)

