DOMINGO 10 DE NOVIEMBRE
XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO
“TODO LO QUE TENÍA PARA VIVIR”
1 Reyes 17,10-16; Salmo 145; Hebreos 9,24-28; Marcos 12,38-44
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué personajes intervienen en el texto?
- ¿Qué actitudes nos llaman la atención de cada uno?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué me dice este texto para mi vida personal?
- ¿Qué elementos de la vida de nuestra comunidad se iluminan con este texto?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Nos encontramos hoy en el Evangelio con un texto muy significativo que quiere llamarnos la atención acerca de la forma cómo vivimos nuestra relación con Dios y nuestra experiencia de la fe.
Jesús ha llegado a Jerusalén, ciudad que no es sólo la capital política del país, sino y sobre todo la ciudad de la fe, en la que se encuentra el templo que representa el lugar sagrado en donde habita la presencia de Dios.
Estando allí, Jesús comienza a ver cómo algunos grupos en Israel han deformado el auténtico culto al Señor, convirtiéndolo sólo en un acto exterior, en un cumplimiento de ritos externos pero que en nada tocan ni cambian la vida de las personas.
Por eso el Evangelio comenzaba con esas palabras de Jesús en las que invitaba a tener cuidado con la conducta de los escribas, a los que “les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos”.
Lo que el Señor está denunciando es una vida que carece de verdadera coherencia, pues por un lado quieren mostrarse muy cumplidores de las leyes de Dios, pero con sus actitudes y su vida desmienten aquello que creen.
Cuántas veces nos pasa a nosotros esto mismo; cuántas veces con nuestras actitudes, con nuestras acciones, incluso con nuestras palabras desmentimos aquello que creemos, pues una cosa creemos y hacemos.
Lo que nos pide el Señor es que nuestra vida sea una vida sin tacha, una vida de verdaderos hijos de la luz, como dice San Pablo, desterrando de nosotros todo sentimiento malo, toda maldad, envidia, rencor, injusticia, para que así nuestras obras puedan ser testimonio de lo que profesamos con nuestros labios y nuestro corazón.
El ejemplo claro de esto lo vemos a continuación en el Evangelio; Jesús está en el templo, junto al lugar donde se deposita la ofrenda y se encuentra con la escena en que “muchos ricos echaban en cantidad” tratando de mostrar con esas obras aparentes una falsa piedad, pues en el fondo cuando dan su contribución lo hacen para ser vistos y aplaudidos por los demás.
Sin embargo, nos cuenta también el Evangelio, que se acercó una viuda pobre y echó dos reales, y que el Señor, llamando a sus discípulos, les dijo: “Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.
La viuda pobre es el modelo más simple pero a la vez más diciente de lo que debe ser la experiencia cristiana y del Evangelio en nosotros.
Ella no se acerca para ser vista, al contrario, su actitud es la de los humildes; pero además sabe darlo todo, no da de lo que le sobra, lo entrega todo, sin guardarse nada para sí.
Vemos aquí realizado aquel proyecto de felicidad que Jesús nos proponía de las bienaventuranzas: “Dichosos los pobres en el espíritu, pues de ellos es el Reino de los cielos”.
Se trata de una lógica totalmente nueva y en contravía con lo que nos propone el mundo, pues se trata de un camino de silencio, de humildad, de entrega, que es contrario a los valores del mundo que privilegia las glorias efímeras, el poder, la fama.
Es pues un llamado fuerte para nuestra vida de fe el que nos está haciendo el Señor, al ponernos como modelo a esta viuda sencilla del Evangelio, en la descubrimos una experiencia profunda de Dios en su corazón.
Al leer esta Palabra del Señor, tenemos que interrogarnos sobre la manera cómo asumimos nuestra vida cristiana, y si de verdad hemos dejado que la Palabra de Dios llegue hasta nuestros corazones y empiece a obrar en nosotros su acción transformadora, que es la única que puede hacernos humildes, mansos y sencillos de corazón.
Que nosotros no nos quedemos en la simple apariencia o en una fe vacía; al contrario que en la escucha constante de la Palabra de Dios y en la participación en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, descubramos que el Señor nos llama a entregarnos, a donarnos del todo, de esta manera como la viuda estaremos arrebatando el Reino que sólo se gana con la fuerza y la violencia del amor.
3. Oración:
Se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o acción de gracias a la luz de esta Palabra.
Quien preside puede concluir con la siguiente oración:
- Señor, contemplando el ejemplo de la viuda pobre del Evangelio, quiero ofrecerte mi vida entera, quiero entregártela sin reservas, como lo hizo la Virgen María. Concédeme tu gracia en esta oración para que este ofrecimiento sea una realidad al darte todo mi amor y todo mi ser, con alegría y generosidad.
- Señor, no te puedo dar nada que no haya recibido de Ti, por lo que pongo en tus manos mi amor y mi total dependencia a tu voluntad. Con tu gracia podré vivir desprendido de las cosas y sabré darme con más generosidad y más amor a los demás.
Contemplación:
Puede sugerirse a la comunidad detenerse a contemplar el texto a partir de esta pregunta:
- ¿Cómo podemos vivir mejor nuestra relación con Dios siguiendo el ejemplo que nos ofrece el Evangelio de hoy?
