DOMINGO 02 DE MARZO
VIII DEL TIEMPO ORDINARIO
“De lo que rebosa el corazón habla la boca”.
Sir 27, 4-7; Sal 92(91), 2-3.13-14.15-16; 1Co 15, 54-58; Lc 6, 39-45
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
¿Qué expresiones de Jesús en el sermón de la llanura, nos llaman la atención?
- 2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Soy un ciego, guiando otro ciego?
- ¿Me he permitido ser guiado por otro ciego?
- ¿Te fijas en la mota del hermano, antes que la tuya?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
«Sermón de la llanura», algunas de ellas ya preparadas por la página sapiencial de la lectura, y también llenas de comparaciones populares: a) un ciego no puede guiar a otro ciego: los dos caerán en el hoyo, b) un discípulo no puede esperar mejor suerte que su maestro, c) un árbol se conoce por sus frutos: un árbol sano da frutos sanos, y un árbol dañado, frutos dañados; d) hemos de ser sinceros a la hora de juzgar a los demás: ¿por qué te fijas en la mota o pajita del ojo de tu hermano y no en la viga del tuyo?
II. El árbol y sus frutos, la persona y sus razonamientos. Es muy expresiva y fácil de aplicar a nuestra vida la metáfora del árbol y sus frutos, una comparación de las que Jesús, buen pedagogo, tomaba de la vida diaria para transmitir sus enseñanzas. Varias veces en su evangelio nos enseña a no seguir sólo las apariencias en nuestra valoración de las personas y de los acontecimientos.
Es de sabios tener capacidad para discernir. A veces nos guiamos por la impresión exterior y superficial que nos puede hacer una persona. Como podemos quedar prendados del color o de la forma de un árbol. Pero si somos sensatos, tendríamos que ver qué frutos da el árbol y qué valores profundos tiene una persona.
Nos lo ha dicho ya el sabio del AT cuando nos invita a esperar antes de juzgar a las personas: «no alabes a nadie antes de que razone». Es fácil el brillo de un día. Dar frutos sazonados, y durante mucho tiempo, es la mejor prueba de que un árbol está bien arraigado en la casa de Dios. De que una persona es sensata y vale la pena contar con ella. Nos lo ha expresado todavía mejor Jesús, el Maestro. Los árboles se conocen por sus frutos, no por su hermosura exterior. Las zarzas no dan higos.
Así las personas: «el que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal». Jesús valora lo interior, no lo exterior. El fondo del corazón: no lo que una persona dice, ni lo que aparenta, ni siquiera lo que hace, sino cómo tiene el corazón. «Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca». Cuando nuestras palabras son amargas, es que está rezumando amargura nuestro corazón. Cuando las palabras son amables, es que el corazón está lleno de bondad y eso es lo que aparece hacia fuera.
No son las apariencias lo importante, sino lo interior. Si queremos, por ejemplo, corregir un defecto en nosotros mismos, hemos de dar con la raíz del mismo: la raíz de nuestras enemistades u odios, la raíz de nuestro egoísmo… Lo bueno sale del corazón. Lo malo, también.
Si al final de cada jornada hiciéramos un poco de examen de conciencia, recordando las varias intervenciones que hemos tenido en el día, podríamos ejercitar este discernimiento sobre nosotros mismos, mirándonos sinceramente al espejo de Cristo Jesús. ¿Han sido sensatas y acogedoras nuestras palabras, nuestras actitudes para con las personas y nuestras reacciones ante los acontecimientos? ¿cómo tenemos el corazón: es estéril, malo, envidioso, mezquino? Entonces nuestras obras serán estériles y malignas. ¿Trabajamos por cultivar sentimientos internos de misericordia, de humildad, de paz? Entonces nuestras palabras y serán también benignas y edificantes. Lo que tenemos que chequear continuamente es nuestro corazón, que es la raíz de todas las nuestras actuaciones hacia fuera.
La paja en el ojo ajeno y la viga en el propio También es de continua actualidad el aviso de Jesús sobre nuestra tendencia a juzgar estrictamente a los demás, mientras que nos perdonamos fácilmente a nosotros mismos.
¡Qué facilidad tenemos para ver los defectos de nuestros hermanos y para disimular los nuestros! A los demás les miramos con lupa. Nos damos cuenta en seguida de las «motas» o pajitas que tienen en el ojo. Y no somos capaces de mirarnos al espejo y constatar que nosotros tenemos los mismos defectos y aún mayores: unas auténticas «vigas» en nuestro ojo.
Eso se llama hipocresía, el defecto que Jesús denuncia tantas veces en los fariseos. También a nosotros nos podría tachar de lo mismo, porque es una actitud que adoptamos con facilidad: cuidamos nuestra «fachada», la opinión que los otros puedan tener de nosotros, mientras que por nuestra parte somos inmisericordes con los demás. Como el ciego que quiere guiar a otro ciego, un hipócrita se puede considerar a sí mismo como dechado de perfección, cuando en el interior está vacío.
Caerá y hará caer en el pozo a los que pretende guiar. Queremos hacer de maestros y dar consejos a los demás, cuando no somos capaces de ver el camino nosotros mismos.
Es una buena ocasión la de hoy para que seamos sinceros y hagamos un poco de autocrítica: ¿no tendemos a ignorar nuestros fallos mientras que nos mantenemos siempre alerta para descubrir los ajenos? Siempre que nos acordamos de los defectos de los demás, deberíamos razonar así: «yo seguramente tengo fallos mayores y los demás no me los echan en cara continuamente, sino que disimulan: ¿por qué tengo yo tantas ganas de ser juez y fiscal de mis hermanos?». Nos iría bien un espejo limpio para mirarnos la cara. Ese espejo es la Palabra de Dios, que nos va orientando día tras día y nos enseña cuáles son los caminos del Señor. Así podemos constatar que nuestros caminos no son siempre como los suyos y que debemos corregir la dirección.
Si ejercitamos esta autocrítica con nosotros mismos, seguro que nuestros juicios para con los demás serán bastante más provisionales y benignos.
- 3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir con esta oración: Pidámosle al Señor que a todos nos ayude a sentirnos comprometidos con el anuncio del Evangelio, que nos pongamos en marcha para hacer realidad el Reino de Dios en todos los lugares en que nos encontremos, y que nuestra vida sea el mejor Evangelio que los demás puedan leer, pues con nuestras acciones hacemos que el Reinado de Dios comience ya a ser realidad en medio de nosotros.
- 4. Contemplación: Puede sugerirse a la comunidad detenerse a contemplar el texto a partir de esta pregunta:
¿Qué llamamientos encontramos en el texto para nuestra vida comunitaria y cómo podemos ponerlos por obra?
Crédito
J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 10
Domingos ciclo C
Barcelona 2003 . Pág 266 – 270
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