DOMINGO 23 DE MARZO
III DEL TIEMPO DE CUARESMA
“He visto la miseria de mi Pueblo”
Éx 3,1-8a.13-15 / Sal 103(102),1-2.3-4. 6-7.8 y 11 (R. cf. 6) / 1Co 10,1-6.10-12 / Lc 13,1-9.
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
- En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Dios nos quiere ayudar en nuestro camino de conversión
Las características de este domingo son dos: la figura de Moisés en la 1ra lectura y el episodio de la higuera, con la llamada a la conversión en el evangelio.
En el repaso de la historia de la salvación que hacemos en los domingos de Cuaresma con las primeras lecturas, después de recordar el domingo pasado a Abrahán, hoy se nos presenta a Moisés, el gran líder que sacó al pueblo israelita de Egipto y lo condujo a través del desierto hasta las puertas de la tierra prometida, en un momento decisivo de la historia de Israel.
En el Evangelio de Lucas 13,1-9. Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera . En su ministerio de Maestro, Jesús saca con frecuencia lecciones de hechos que han sucedido recientemente. Esta vez, los que habían perecido al aplastar las autoridades una revuelta de los galileos, y otros que habían muerto aplastados por un muro que se había caído. La enseñanza de Jesús es: «si no os convertís, todos pereceréis lo mismo».
A raíz de estos hechos añade una parábola: la de la higuera que no da fruto y que el dueño del campo quiere cortar, para que no «ocupe terreno en balde», aunque el labrador intercede por ella y consigue de momento una prórroga.
Jesús no confirma ni niega la opinión generalizada en su tiempo de que los males que le vienen a uno son castigo de sus pecados. Pero sí saca lección de todo. Los eliminados por la autoridad lo serían por su rebeldía. Los muertos del muro, por accidente. La higuera corre peligro de ser arrancada por su esterilidad.
II. Invitación a la conversión
Los evangelios de Lucas elegidos para este ciclo C se refieren sobre todo a la necesidad de la conversión, del cambio en el estilo de vida, como elemento fundamental de nuestro camino hacia la Pascua.
Jesús, interpretando los hechos de vida de su tiempo, nos invita a la conversión. Al hablar de los muertos que hubo cuando la autoridad civil decidió aplastar la revuelta de algunos galileos, o de las víctimas del accidente cuando se derrumbó un muro, termina igual: «si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».
La «conversión» no es sólo «hacer penitencia», en el sentido de realizar unas obras de ayuno o de limosna. La palabra griega para «penitencia» es «metánoia», que significa «cambio de mentalidad». Lo que nos pide la Cuaresma es un cambio en un nivel bastante más profundo que el de las meras obras exteriores.
Una conversión, si es auténtica, «hace daño», porque significa meter «el dedo en la llaga» y corregir las raíces de nuestros males. Si hay que «operar», tenemos que estar dispuestos a hacerlo, y no conformarnos con aplicar una pomada suave que no llega a las raíces de nuestro mal.
La oración de hoy habla de «nuestros pecados» y del «pueblo penitente» que acude a Dios, consciente de que las clásicas obras cuaresmales del «ayuno, la oración y la limosna» son «remedio de nuestros pecados». En la oración de las ofrendas pedimos a Dios que «esta eucaristía perdone nuestras ofensas y nos ayude a perdonar a los que nos ofenden».
Es bueno, ante todo, que nos sepamos reconocer pecadores, porque somos débiles y con frecuencia faltamos a la Alianza con Dios. Para que luego, con la ayuda de Dios, tomemos la decisión de cambiar de rumbo, de volvernos aél en nuestra vida, y de dar los frutos que él espera de nosotros. El prefacio II de Cuaresma dice que Dios «ha establecido este tiempo de gracia para renovar en santidad a sus hijos… libres de todo afecto desordenado».
¿Somos higueras que dan fruto?
Nos lo dice Jesús con la parábola de la higuera, que si no da frutos es inútil que ocupe lugar. Es una parábola que nos interpela de lleno a cada uno y a la comunidad eclesial. No quiere meternos angustia en el cuerpo, pero sí estimularnos a dar frutos, y este año, sin esperar al que viene.
Pablo, a los cristianos de Corinto, les avisaba que no todos los que hicieron el camino con Moisés por el desierto agradaron a Dios. No fueron fieles a la Alianza, se dejaron llevar de las tentaciones de los pueblos vecinos, siguiendo su estilo de vida. Se buscaron otros dioses más permisivos.
Por eso no entraron en la tierra prometida. Para Pablo eso debería servirnos de escarmiento a nosotros. No basta con pertenecer al pueblo de Dios, o con decir unas oraciones o llevar unas medallas. No basta ser unos árboles plantados en el jardín de Dios. Algo debe cambiar en nuestra vida, en nuestro estilo de pensar y de actuar.
¿Qué clase de árbol frutal somos cada uno de nosotros? ¿damos los frutos que el agricultor espera? En la Pascua de este año tendríamos que tomar la decisión de responder mejor a las expectativas que Dios tiene sobre cada uno de nosotros. No en palabras, sino en obras. Comparándonos con la higuera, ya el año pasado seguramente tuvo que decir Dios: «déjala todavía este año, a ver si da fruto». ¿Tendrá que repetir lo mismo en esta próxima Pascua? Dios nos quiere liberar de toda esclavitud. El Dios del éxodo, el que envía a Moisés a una misión difícil, es también el Dios Padre de Jesús, que de nuevo quiere liberar a su pueblo, a toda la humanidad, ahora por medio de su Hijo. Es el Dios que queda retratado ya en el libro del Éxodo, pero sobre todo en las parábolas y en la actuación de Jesús: el Dios que se apiada de los que pasan hambre, de los que están enfermos, o lloran la muerte de un ser querido, o son víctimas de injusticias. Un Dios que siempre está dispuesto al perdón.
El Dios que se llamó «yo soy», se llama ahora, por Cristo Jesús, «Dios-connosotros», el Dios que vive, que es y que está cercano y se compadece y viene a liberar. Son interesantes las reflexiones del Catecismo sobre cómo «Dios revela su nombre»: CCE 203-213.
El que más se entristece del mal y del dolor que hay en el mundo, y de las injusticias y de los accidentes, es el mismo Dios. Es bueno que estos días miremos con confianza hacia ese Dios que es Padre. La teología de la liberación no la hemos inventado ahora nosotros: ya aparece formulada en esa cercanía del Dios al dolor de su pueblo y en su voluntad de liberarlo. En la lucha entre el bien y el mal en la que estamos todos comprometidos, a veces tenemos nuestros problemas y somos víctimas de alguna esclavitud.
- Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir con esta oración:
Señor Dios nuestro: Que este tercer domingo de cuaresma, nos lleve a preguntarnos muy seriamente que clase de frutos estamos dando y si podremos, en la celebración de la Pascua responder al amor infinito de Dios con nosotros.
- Contemplación:
Juntos como comunidad, contemplar lo siguiente: Dios, en esta Cuaresma-Pascua, nos quiere liberar a cada uno de nosotros. Su misericordia es mucho mayor que nuestra debilidad. Con mayor razón que el salmista del AT podemos decir nosotros en esta Cuaresma que «el Señor es compasivo y misericordioso», que «perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades y te colma de gracia y de ternura». E invitemóslos hoy a leer todo el salmo 102, un magnífico himno a la misericordia de Dios, del que en el salmo responsorial cantamos sólo unas pocas estrofas.
J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 10
Domingos ciclo C
Barcelona 2003 . Págs. 114 – 118.
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