DOMINGO 27 DE ABRIL
II DE LA PASCUA
“HEMOS VISTO AL SEÑOR”
HECHOS 5, 12-16; SALMO 117; APOCALIPSIS 1,9-11a.12-13.17-19; JUAN 20, 19-31
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Estamos celebrando el domingo de la Octava de Pascua; hace ocho días entonábamos el canto nuevo del Aleluya como expresión de júbilo para celebrar el misterio de la Resurrección del Señor, del que nosotros también participamos por la fe.
Y hoy la liturgia nos invitaba en el salmo a repetir ese himno de bendición al Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, que al resucitar a Jesús de entre los muertos, nos concedió renacer a la esperanza de una vida nueva, pues éste es el día del triunfo, el día en que actúo el Señor.
Es la Pascua, el paso del Señor por nuestra vida, es el encuentro personal con Cristo Resucitado que transforma nuestra existencia, que deja atrás al hombre viejo, que cambia la tristeza en alegría, el pecado en gracia, la muerte en vida. Es esa la esperanza que ha querido transmitirnos el libro del apocalipsis cuando nos ha dicho: “No temas: estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo”; y es eso lo que la iglesia celebra con alegría en estos días Santos.
Y esa es también la experiencia de los discípulos, que en el encuentro con el Señor Resucitado, encuentran la paz que la cruz les había hecho perder, y comienzan a vencer el miedo y el temor, al darse cuenta que Cristo ha vencido la muerte, y que ha inaugurado una vida nueva en Dios.
Por eso son bellísimas las palabras de los discípulos: “Hemos visto al Señor», porque ellas resumen todo el itinerario de lo que debe ser la experiencia de fe de un Cristiano, llamado a dejarse encontrar por el Resucitado, dejarse alcanzar por su misericordia que transforma la vida, hacerse un hombre nuevo, libre de miedos y esclavitudes, lleno de fuerza y energía para transformar la vida.
Pero Tomás, que aún no ha tenido un encuentro con Cristo vivo y resucitado, no entiende esas palabras, y cierra su corazón a la fe. Él es el símbolo de muchos de nosotros, para los que también la Semana Santa ha pasado en vano, sin que nuestra vida cambie, sin que se transforme el corazón, sin que nos hayamos podido encontrar con el Señor.
Cuántos de nosotros de los que estamos aquí celebrando esta Eucaristía, sentimos en el corazón esa misma experiencia: sentimos que esa vida nueva aún no ha llegado a nosotros, que no hemos resucitado aún, que aún seguimos viviendo en el dolor, en el sufrimiento, en el pecado, en la lejanía de Dios.
Por eso es un consuelo leer hoy el Evangelio, y encontrarnos con la pedagogía divina del Resucitado, que no abandona a Tomás, que no lo deja sumergido en una experiencia de muerte, que no deja que la cruz derrote su fe; sino que al contrario, ocho días después, cuando estaba reunido con los demás discípulos, se presenta y lo invita a tocarlo, a sentirlo, a experimentarlo vivo y resucitado, abriendo para él las puertas de la fe.
También nosotros, ocho días después nos hemos vuelto a reunir, y así como muchos de los que estamos aquí hemos sido alcanzados ya por la experiencia de la Pascua, otros, aún en su corazón tienen dudas, miedos, aún no han dado el paso de la fe; para ellos, hoy el Señor vuelve a hacerse presente en el altar, para ellos hoy el Señor vuelve a pronunciar una Palabra de esperanza, para ellos hoy el Señor vuelve a hacerse comida y bebida, invitándolos a que en la comunión del pan único y partido, ellos lo reconozcan vivo y presente de un modo definitivo entre nosotros.
Hermanos, hoy el Señor quiere de nuevo hacer Pascua en nuestras vidas, hoy, ocho días después de la Resurrección, el Señor quiere volver a presentarse en medio de nosotros y nos invita a que nos acerquemos a Él sin temor, a que lo experimentemos presente en la Eucaristía, pero también a que sintamos que Él está presente en la Iglesia, recordando esas palabras suyas: “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estaré yo en medio de ellos”.
Por eso precisamente en la primera lectura de este día, el libro de los Hechos de los apóstoles nos muestra el paradigma de lo que debe ser la Iglesia: una verdadera comunidad de hermanos, unida en la oración y en la fracción del pan, pero también una comunidad solidaria, acogedora, alegre; una comunidad que con su vida manifieste la presencia del Resucitado a todos los hermanos.
Así debe ser nuestra Iglesia, así estamos llamados a vivir los cristianos, porque debemos ser conscientes de que nuestra vida tal vez sea el único Evangelio que lean los demás y por eso debemos comprometernos con nuestro testimonio a hacer presente al Señor, para que todos los que se acerquen a nosotros vean el rostro de una Iglesia nueva, resplandeciente, alegre, que vean en nosotros el rostro de Cristo Resucitado.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir con esta oración:
Hermanos, el Señor quiere alcanzarnos, el Señor quiere que nos encontremos con Él, que lo descubramos vivo y presente en medio de nosotros, y por eso hoy, como lo hizo con los discípulos Él quiere hacerse presente, sólo basta entonces un corazón disponible, un corazón que no cierre los ojos de la fe, sino que quiera mirar con amor, para reconocer a Cristo, el vencedor de la muerte, que se acerca para sacarnos de nuestros sepulcros, de nuestras oscuridades y a llevarnos a su luz admirable, al amparo de su gracia.
4. Contemplación:
Contemplando la misericordia divina, que se nos ha manifestado en la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo para nuestra salvación, sintámonos también nosotros enviados a vivir el amor y la misericordia con nuestros hermanos, siendo verdadero testimonio de Cristo resucitado por nuestras actitudes de misericordia.
Que también nosotros podamos decir: “Hemos visto al Señor”, y que en nuestra vida cotidiana se manifieste que hemos sido en verdad alcanzados por la misericordia de Cristo Resucitado.
