DOMINGO 11 DE MAYO
IV DE LA PASCUA
“El Cordero, que está sentado en el trono, será su Pastor”
Hechos 13,14.43-52; Salmo 99; Apocalipsis 7,9.14b-17; Juan 10, 27-30
ISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Queridos Hermanos, hoy es domingo, y de nuevo como comunidad cristiana nos reunimos para celebrar el gran acontecimiento de nuestra fe: La Resurrección del Señor. Y en este domingo, el cuarto de nuestro camino pascual, la iglesia nos presenta una figura bien particular: Cristo, Buen Pastor, aquel que cuida de sus ovejas y las protege hasta con su propia vida. Las hermosas lecturas y el evangelio que hemos escuchado hoy, son toda una alabanza al Pastor de los Pastores, son una alabanza a Cristo, porque es Él quien protege a su iglesia y nunca la abandona.
Escuchábamos en la segunda lectura del libro del Apocalipsis: “Ya no sufrirán hambre ni sed, no los quemará el sol ni los agobiará el calor. Porque el Cordero, que está sentado en el trono, será su Pastor y los conducirá a las fuentes del agua de la vida y Dios enjugará de sus ojos toda lágrima”.
Cristo, el cordero que fue llevado a la muerte y que ha resucitado y reina glorioso, es nuestro pastor. Este es el grito de esperanza que la iglesia levanta tiene hoy para todos nosotros; Nuestro Pastor, nuestro guía, nuestro camino es Cristo, es Él quien nos lleva al Padre, es Él quien nos conduce a su Reino, el reino del amor y de la paz donde no hay hambre, ni sed, ni lágrimas, ni tristeza.
Queridos hermanos: Que hermoso escuchar esta lectura del libro del Apocalipsis hoy, cuando nuestro mundo cada vez pierde más la esperanza, cuando nosotros mismos cada vez nos sentimos más hambrientos y sedientos de Dios, cuando cada vez hay más hombres y mujeres tristes y agobiados por la dureza de la vida, por tantos problemas, por tantas inseguridades que nos presenta el mundo de hoy.
Cuántas lágrimas derraman todos los días tantos hermanos nuestros, cansados de tanto luchar; cuánto dolor hay en nuestro mundo, cuanta violencia, cuando sufrimiento. Cuántos de nosotros que estamos hoy aquí, nos sentimos solos, cansados, tristes. Pues para nosotros es esta palabra del Señor; Si nosotros escuchamos hoy su voz, si seguimos su camino, si dejamos que Él sea quien nos guíe; entonces nos llevará a recostarnos en verdes praderas, es decir, nos devolverá la paz, la alegría, la tranquilidad que tanto necesitamos.
Hermanos, todas nuestras inseguridades, todas nuestras angustias, todas nuestras tristezas, tienen solución en Cristo; Él, nuestro Buen pastor está siempre curando a las ovejas más débiles, está siempre buscando la oveja perdida, está esperando que nosotros nos abramos a su amor infinito y a su gran misericordia, para vendar nuestras heridas con amor.
Qué distinto sería nuestro mundo si escucháramos la voz de Cristo¡, ¡Qué distinta sería nuestra vida si abriéramos un espacio para que la misericordia de Dios pueda entrar en nosotros¡.
“Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán Jamás, nadie las arrebatará de mi mano” Estas palabras que escuchamos en el Evangelio son el llamado que nos hace el Señor a que abramos nuestra vida al amor del Señor y todo será distinto; dejemos que el Señor sea nuestro Pastor y nada nos faltará.
¿Qué otra claridad necesitamos? Nosotros, pueblo de Dios, ovejas de su rebaño debemos abrir nuestra vida a Cristo; dejar que su misericordia y su amor actúen en nosotros; debemos dejar que Él, nuestro pastor nos guíe, nos muestre el camino que hay que seguir. Muchas veces por los afanes de la vida nos vamos perdiendo por muchos caminos, y se nos olvida que el único Camino es el de Cristo: Él es nuestro Pastor, Él es el único que puede guiarnos a las aguas puras de su amor, para no seguir bebiendo en las aguas contaminadas que nos ofrece el mundo, y que solo intoxican el alma y destruyen la vida.
Reconozcamos que el Señor es Dios, nos decía el salmo, reconozcamos que Él nos hizo y que somos suyos: su pueblo y ovejas de su rebaño; es decir, dejemos que el Señor sea el centro de nuestra vida, abramos nuestras puertas para que Él pueda entrar a reinar en nuestros corazones y así nuestra vida va a cambiar, así obtendremos la Vida que no se acaba, la vida eterna.
Pero esta fiesta del Buen Pastor tiene un segundo momento. Ya hemos visto como en primer lugar: Cristo, nos invita a abrirnos a su amor y a su misericordia de Pastor, de Buen pastor. Pero el mismo Cristo, en segundo lugar, ha comunicado el ministerio del pastoreo a unos hombres concretos a los que ha hecho pastores de su Iglesia y a los que ha revestido de una fuerza especial, para que sirvan al pueblo santo de Dios en cada comunidad: los sacerdotes.
El sacerdote es pastor al estilo de Cristo; del mismo Señor ha recibido el encargo de pastorear a las ovejas, de cuidarlas, de apacentarlas, de guiarlas. El sacerdote es otro Cristo, que se sigue haciendo presente en la historia de todos los hombres, que se sigue haciendo presente en nuestra historia de hoy.
“Yo te he puesto como luz de los pueblos, para que lleves mi salvación hasta los últimos rincones de la tierra” escuchábamos en la primera lectura, cuando el Señor enviaba a Pablo ya Bernabé a predicar a los gentiles. Y allí, en ese envío del Señor está la tarea fundamental del sacerdote: Ir por todo el mundo, llevando la salvación del Señor a todos los pueblos, anunciándoles su mensaje de amor, mostrándoles su misericordia y su amor, entregándose a ellos.
El sacerdote ha de ser pastor, ha de ser servidor; ha de ser Pastor igual que Cristo; el sacerdote deberá llevar a los hombres hacia Dios, es decir, a la verdad, al amor y al sentido que necesitan sus vidas.
Una de las características principales del pastor debe ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal y como Cristo ama a su iglesia y da la vida por ella. Este es el sentido profundo del sacerdocio, ser presencia amorosa de Cristo, presencia que transforme, que ilumine, que de sentido a la vida de los hombres.
Ser sacerdote significa en palabras de Jesús a Pedro: “apacentar el rebaño” y apacentar quiere decir amar y amar significa, en palabras del papa emérito Benedicto XVI “dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el Santísimo Sacramento”.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
El sacerdote, pastor al estilo de Cristo debe en definitiva, ser mediador entre Dios y los hombres; preparando para los hombres el pan del amor en la Eucaristía, llevando la Palabra, reconciliando con Dios en el sacramento de la reconciliación, y siendo presencia de Dios para el mundo con toda su vida. Por eso esta fiesta coincide en la Iglesia con la jornada de oración por las vocaciones, ya que es una invitación a que roguemos por nuestros sacerdotes, por estos hombres que Dios ha puesto al frente de nuestras comunidad; oremos para que ellos aprendan a querer cada vez más al Señor, para que aprendan a amar cada vez más su comunidad que es el rebaño que Dios les ha encomendado. Roguemos por para que por miedo, no huyan ante los lobos; y roguemos al dueño de la mies para que siga enviando obreros a su mies, y para que nos regale siempre pastores según su corazón.
4. Contemplación:
Que juntos pidamos por los sacerdotes y diáconos que entregan su vida por pastorear las comunidades CER y que sigan siendo portadores de la buena noticia del Reino de Dios.
