HOMILIA DOMINGO 18 DE MAYO
V DE LA PASCUA
Hechos 14,21b-27; Salmo 144; Apocalipsis 21,1-5a; Juan 13,31-33ª.34-35
“Amaos también entre vosotros”
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Una bellísima página del Evangelio nos regala la Iglesia en el marco de este domingo, quinto del camino de nuestra Pascua. Se trata de una página cargada de sentimientos: estamos en el marco de la cena de despedida de Jesús; el conmovedor gesto del lavatorio de los pies ha puesto de relieve en la mente de los discípulos la novedad absoluta del camino de su maestro y Señor que se ha abajado como el esclavo, mostrándoles con ello la paradójica grandeza del servicio: “El que quiera ser el primero debe hacerse el último y el servidor de todos”, había dicho en otra ocasión el maestro.
Y ahora, como si algo faltara, en el ambiente de intimidad y amistad que rodea aquel momento de la boca del Señor salen unas palabras que suenan al testamento espiritual de su vida: Este es mi mandamiento “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”.
Un mandamiento tan nuevo como antiguo, porque es verdad que ya la antigua ley de Moisés prescribía el amor a Dios y al prójimo como síntesis de la experiencia de la alianza, tal y como Jesús lo había sintetizado alguna vez; pero es del todo nuevo por la forma de aquel amor: amar como Jesús que es amar hasta la cruz, que es amar hasta dar la vida, que es amar como ama Dios.
Y hay todavía más, Jesús agrega: “la señal por la que reconocerán que son mis discípulos es que se amen los unos a los otros»; es una expresión tan bella como fuerte, sobre todo si entendemos eso de señal en el sentido de que se trata de un sacramento, es decir de algo que haga realmente presente a Jesús en medio de la comunidad de sus discípulos y aún en medio del mundo, y eso es justamente el amor.
No se trata pues de una simple sensibilería, no se trata de un amor novelesco; se trata de una actitud interior que une a los creyentes mismos con Dios. No en vano el mismo San Juan, hablándonos de la realidad íntima de Dios nos dice en su primera carta que Él es amor, y entonces nosotros si vivimos el amor de verdad lo que hacemos es realizar en nosotros la vida de Dios.
San Agustín lo explica así: “Quizá la novedad de este mandato consista en el hecho de que nos despoja del hombre viejo y nos reviste del nuevo; porque renueva en verdad al que lo oye, mejor dicho, al que lo cumple, teniendo en cuenta que no se trata de un amor cualquiera, sino de aquel amor acerca del cual el Señor, para distinguirlo del amor carnal, añade: Como yo os he amado”.
Un detalle más del Evangelio nos ayuda a profundizar en este misterio: comenzaba el texto diciéndonos que Judas había salido del cenáculo; no es un detalle menor, es la muestra de que el camino del amor al estilo de Jesús no es fácil, y muchos tienen amores humanos que los llevan a traicionar, a defraudar, a vender el amor; otros por el contrario, como el discípulo amado nos muestra el verdadero camino del amor: la cruz.
La segunda lectura que leíamos nos presentaba la visión de Juan de Patmos, en la que contempla la nueva Jerusalén, sinónimo del cielo y de la presencia definitiva de Dios, y que él describe como el lugar en donde Dios mismo enjugará las lágrimas de todos los ojos, y ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Se trata en otras palabras de la plenitud de la presencia del amor que llena de alegría, de paz, y de gozo el corazón.
“El amor todo lo vence” cantaba el poeta Virgilio; “El amor hace nuevas todas las cosas” podemos cantar con alegría los cristianos parodiando el final de esa lectura, en donde la novedad absoluta de la presencia de Dios en la historia se representa por el final del llanto, del luto y del dolor, que es todo aquello que duele al corazón que ama.
Ahora bien, no podemos dejar simplemente que este mensaje se vaya en bonitas palabras, sin que trascienda la vida; para ello la primera lectura nos ha invitado a contemplar las maravillas de la expansión del Evangelio que crecía de día en día, aún en medio de los más diversos pueblos.
¿Qué lo hacía atrayente? Sin duda que la experiencia del amor de Dios que lo impregnaba todo y que se convertía en el lenguaje universal del Evangelio.
Y ahí esta nuestro compromiso: el mundo de hoy necesita más que nunca testigos creíbles del Evangelio, hombres y mujeres capaces de testimoniar con su vida la novedad de la resurrección; y para hacerlo sólo basta una palabra: amor. El amor que es siempre un testimonio irrefutable de la presencia transformadora de Dios.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
El mundo necesita padres de familia capaces de anunciar a sus hijos el amor de Dios con sus actitudes de concordia y comprensión; necesita de esposos que enseñen la grandeza del amor vivido en la fidelidad y entrega mutua; necesita jóvenes apasionados que señalen el camino del amor apasionado por la vida; necesita de héroes capaces de amar hasta el extremo, hasta la cruz, hasta dar la vida, para enseñar que en medio de los caminos efímeros del mundo, hay algo más grande que el poder, que el tener, que el aparecer, más grade incluso que la muerte: el mismo amor.
Una antigua canción resumía el mandamiento nuevo de Jesús diciendo: “Al final una tarde inventaste el amor”; pues bien, también nosotros con la imaginación de la caridad estamos llamados a inventar un mundo nuevo, donde la experiencia del amor haga presente a Dios y en su nombre construya el cielo, ya desde esta tierra.
4. Contemplación:
“Un alma en Dios escondida ¿qué tiene que desear sino amar y más amar, y en amor toda encendida tornarse de nuevo a amar?, se preguntaba la gran Teresa de Jesús en un arrebato místico. Como ella un verdadero cristiano ¿qué más tiene que hacer sino anunciar el Evangelio que es amar y más amar y en amor todo encendido tornarse de nuevo a amar?, y no con cualquier amor, sino con el de Jesús, que es hasta que duela, que es hasta dar la vida.
