HOMILIA DOMINGO 25 DE MAYO
VI DE LA PASCUA
Hechos 15,1-2.22-29 Salmo 66; Apocalipsis 21,10-14.21-23; Juan 14,23-29
“El Espíritu os lo enseñará todo”
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Vamos avanzando en el camino de nuestra Pascua; ya el próximo domingo vamos a estar celebrando la ascensión del Señor al cielo, y estaremos aguardando junto con toda la Iglesia el don del Espíritu que vendrá sobre nosotros en Pentecostés.
Pero antes de celebrar estos misterios, la Iglesia nos invita hoy a que volvamos nuestra mirada al resucitado, para descubrir cuál es la tarea, cuál es el mensaje que Él nos deja como síntesis de su vida.
En el Evangelio hemos leído un aparte del capítulo 14 de San Juan; este texto está en el marco del gran discurso de despedida que el Evangelista pone en labios de Jesús, después de lavar los pies de sus discípulos.
Se trata de las instrucciones finales que el maestro regala a los suyos para que comprendan bien lo que deben hacer después de que ocurran todos los acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección, y que en el texto que leímos en este domingo suenan también a promesas.
La primera de ellas es bien particular: quien me ama guardará mis mandamientos, y mi Padre lo amará y vendremos a él y habitaremos en él”.
Desde el Antiguo testamento Dios habitaba en medio de su pueblo escogido; era una presencia que se servía de los símbolos como el arca o de las fuerzas naturales como la columna de nube y fuego en el desierto, para manifestar siempre su cercanía y presencia. Y sobre todo el templo de Jerusalén era el signo de esa presencia de Dios que estaba en medio de su pueblo, en su ciudad y en su monte santo.
Sin embargo, ahora Jesús nos invita a pensar que Dios no habita más en los lugares físicos; y que el nuevo templo donde reposa su gloria es el corazón del discípulo, a quien San Juan identifica con el que guarda los mandamientos, es decir, con aquel que acoge con fe a Jesucristo que es la Palabra eterna de Dios pronunciada en el corazón de la historia.
Bien lo había explicado el Señor a la samaritana, cuando junto al pozo de Sicar había sido interrogado por ella sobre dar culto en el monte Garizim o en el monte Sión; a lo que el Señor le respondió que llegarían días en que se daría culto en Espíritu y verdad.
Se refería el Señor a sus discípulos, aquellos que acogen la Palabra de Dios, la interioriza, la llevan al corazón y la hacen vida; éstos son los que ahora son el templo vivo de la gloria de Dios.
Y esta misteriosa unión o inhabitación de Dios en el creyente se hace más clara todavía con la segunda promesa del Señor: “vendrá el Espíritu y os lo enseñará todo”.
Es justamente la promesa que marca los días finales de la Pascua, cuando la Iglesia aguarda el cumplimiento de la promesa del Señor que no abandona a su Iglesia sino que la asiste con la fuerza del Espíritu Santo.
Pero desde siempre la Iglesia nos ha enseñado que con el Bautismo también nosotros nos convertimos justamente en templos del Espíritu, en sagrarios de su presencia renovadora y transformadora.
Y porque poseemos las primicias del Espíritu es por lo que podemos llamar a Dios: Padre; y porque tenemos las arras del Espíritu podemos reconocer a Jesús como Señor; es el Espíritu la guía, el maestro de la fe, la brújula en el camino de nuestra experiencia cristiana.
Pero aquí bien vale la pena recordar aquella insinuación de Pablo: “no entristezcáis al Espíritu”; que es un llamado a dejarlo actuar en nuestra vida, a dejar que nos ayude a acercarnos a Dios, a no obstaculizar su acción en nosotros, a ser verdaderamente templos de su gloria.
Y finalmente, la última promesa es ya un fruto del Espíritu: la paz. “mi paz os dejo, mi paz os doy, pero no la doy como la da el mundo”; se trata de una paz que no se reduce a la ausencia de conflicto, como muchas veces la pensamos; es la paz verdadera, la de un corazón que ama, que está libre de rencores, de ataduras, que vive los valores del Reino, que construye la civilización del amor.
Ahí está todo el proyecto de vida que nos propone el Señor: guardar sus mandatos para permitir que Él, junto con el Padre y el Espíritu habiten en nosotros, y de esa manera nos convirtamos en presencia de Dios, semilla de un Reino de paz. Cristo resucitado nos ha amado y nos ha escogido, no dejemos que nuestras tibiezas y egoísmos apaguen la llama de su amor en nosotros; al contrario que seamos instrumentos de su paz, que allí donde haya odios sembremos amor, donde haya injuria perdón, donde haya duda fe, donde haya desesperación esperanza, donde haya oscuridad luz, donde haya tristeza alegría; de esa manera el mundo conocerá que somos discípulos de Cristo Resucitado.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Señor que este momento que acabamos de vivir en comunidad nos lleve a buscarte con corazón sincero, poniendo en ti toda la esperanza y nos afiance en el camino de la búsqueda del Reino.
4. Contemplación:
Que esta palabra que resuena en nuestros corazones, nos lleve a transformar nuestra vida, la de nuestras familias para que en nuestro encuentro que celebramos tu ascención a los cielos, podamos ser una comunidad más humana donde reine tu paz.
