DOMINGO 15 DE JUNIO
SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
“EL AMOR DE DIOS HA SIDO DERRAMADO EN NUESTROS CORAZONES”
Proverbios 8,22-31; Salmo 8; Romanos 5,1-5; Juan 16,12-15
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Yo quisiera invitarlos a que comenzáramos nuestra reflexión de hoy, haciéndonos una pregunta: ¿qué tenemos en común todos los que estamos reunidos hoy en este templo?, ¿por qué siendo todos tan distintos en cuando a la edad, a las ocupaciones y a los estilos de vida, nos reunimos en un mismo lugar?
Y la respuesta no es otra que la fe que juntos profesamos; como bien lo dice San Pablo en la carta a los efesios: “Un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo, un solo Dios y Padre”.
Todos los que estamos aquí reunidos en este Domingo, lo hacemos porque cada uno, a su manera y desde sus posibilidades, ha podido tener una experiencia de Dios, se ha encontrado con Dios en su vida, y producto de ese encuentro ha brotado la fe, que es la respuesta adecuada del hombre a la presencia y a la acción de Dios.
Nos reunimos aquí, unidos en la diversidad, porque todos nosotros profesamos una misma fe, que no es solo nuestra, es la fe de la toda la Iglesia, que nos gloriamos de profesar.
Y precisamente la liturgia de este día, quiere invitarnos a que profundicemos en la experiencia de nuestra fe, y por eso nos presenta la Solemnidad de la Santísima Trinidad, que es el fundamento de la fe de la Iglesia.
Celebrar a la Santísima Trinidad, es celebrar a Dios, que es Padre, que es Hijo y que es Espíritu Santo, es decir, que es comunidad de amor, eso es lo que estamos diciendo cuando repetimos esa fórmula que aprendimos desde pequeños: “Tres personas distintas, pero un solo Dios Verdadero”.
Es el misterio de la fe, que nosotros hemos podido conocer, precisamente porque Dios, en su infinito amor, ha querido revelarse, ha querido darse al hombre, ha querido dejarse conocer por nosotros. San Pablo lo sinterizaba maravillosamente en la segunda lectura que escuchábamos, cuando nos decía: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”.
Y casi que nosotros podríamos decir que nuestra fe, como nos dice el apóstol San Juan es fruto justamente de encontrarnos con ese amor “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él”.
Hemos conocido el amor de Dios que se nos ha revelado, hemos experimentado a Dios como Padre que se hace cercano a nosotros en su Hijo Jesús, y que siempre nos acompaña con la presencia del Espíritu Santo.
Cada uno de nosotros, aunque de formas distintas, ha tenido esa experiencia de Dios, ha tenido y tiene ese encuentro con Él, cada uno ha podido experimentar de algún modo su amor, su providencia, su misericordia, y de ese encuentro ha nacido su fe.
Si nos fijamos, cada ocho días, cuando en la Eucaristía nosotros profesamos nuestra fe, al rezar el Credo, lo que estamos haciendo es no es simplemente repetir una fórmula abstracta, que muchas veces no compremos, sino que lo que estamos haciendo es decir que también nosotros hemos experimentado en nuestra vida a ese Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que por eso nos unimos a la fe de la Iglesia.
Una fe, que como bien nos lo recordó el Papa Benedicto XVI, no es un simple código de doctrinas o una propuesta moral, la fe es algo más, tal vez algo que no se pueda definir, pero es algo que cada uno de nosotros ha experimentado, y de lo que cada uno de nosotros puede dar testimonio.
Tal vez alguno de los que está aquí pueda decir que ha vivido esa experiencia de Dios durante toda su vida, cuando desde niño aprendió de sus padres a amar a Dios; otros habrán sentido de un modo especial esa presencia de Dios en sus vidas cuando experimentaron su ayuda en una dificultad o en un peligro; otros habrán visto su fe probada en algún momento, cuándo se preguntaron si de veras Dios existía, pero en medio de la noche oscura, ha brillado para ellos la presencia de Dios que ha acrecentado su fe.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Señor en este encuentro de comunidad, estamos aquí, para cantar la misericordia del Señor, para proclamar su amor, para contar lo que Él ha hecho por nosotros, se nuestra guía y que esta fiesta de la Santísima Trinidad sea la oportunidad para que nuestra comunidad se fortalezca en el amor de Dios para buscar aún más el Reino de Dios.
4. Contemplación:
Celebrar esta solemnidad de la Santísima Trinidad en el marco del año de la esperanza, tiene que llevarnos a tomar en serio esa experiencia de Dios que hemos vivido, y gustar de la alegría de haber sido alcanzados por ese amor de Dios que se ha derramado en nuestros corazones. Sólo nos queda pedirle a Él que nos ayude a que nuestra esperanza no desfallezca ni tropiece, al contrario que todos los días podamos amarlo más, y que siempre podamos experimentar su amor y su cercanía. Que podamos reconocer su amor, y crecer todos los días en nuestra fe. Y que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo, estén siempre con nosotros.
