DOMINGO 13 DE JULIO
DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO
“MISERICORDIOSOS COMO EL PADRE”
Deuteronomio 30,10-14; Salmo 68; Colosenses 1,15-20; Lucas 10, 25-37
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
La liturgia de la Palabra que nos regala la Iglesia en este domingo es una invitación a que nosotros meditemos en la necesidad de ser misericordiosos como misericordioso es el Padre del Cielo.
La página del Evangelio que hemos escuchado nos pone frente a la pregunta que hace un maestro de la ley a Jesús ¿Qué he de hacer para heredar vida eterna?
Y Jesús lo lleva a que piense justamente en los mandamientos y en la ley, el camino que desde antiguo Dios había mostrado como camino de felicidad para su pueblo; y evidentemente, tratándose de un maestro de la ley, que en términos nuestros es algo así como un profesor de escuela, un hombre que tiene que ver con la formación de los niños y los jóvenes, él sabe muy bien el contenido de esos mandamientos.
La respuesta del hombre no se hace esperar: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” y “a tu prójimo como a ti mismo”; esa es la síntesis de todo el camino que Dios nos propone como vía a la felicidad.
Sin embargo, no contento con lo dicho este hombre le hace una pregunta a Jesús: y ¿quién es mi prójimo?
En tiempos de Jesús, el pueblo de Israel mantenía aún una mentalidad cerrada en torno a las relaciones con otros pueblos; y por eso muchos consideraban prójimo solamente al que pertenecía al mismo pueblo y practicaba también el camino de la ley.
Y entonces viene el ejemplo de Jesús; un ejemplo como los que sólo a Él se le ocurren: totalmente traído de los cabellos; un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó es asaltado y dejado medio muerto; por su lado pasan tanto un sacerdote como un levita, que evitan entrar en contacto con él posiblemente para evitar resultar impuros, o simplemente por la indiferencia que anestesia tantas conciencias ante el sufrimiento humano. Independiente de cuál sea su motivo, ambos pasan de largo.
Pero aparece en escena un samaritano: un hombre impuro, idólatra, alejado de los mandamientos y excluido del pueblo de Israel y por tanto de la salvación, según la mentalidad de Israel. Pero sólo éste se detiene, levanta al hombre caído, lo lleva a la posada y allí se encarga de él, pagando todo lo que hace falta.
¿Cuál se portó como prójimo?, pregunta Jesús… la respuesta parece obvia: “El que obró la misericordia con él”; “pues ahora vete y has tú lo mismo”, concluye Jesús.
Qué gran lección ésta: la lección del amor, de la solidaridad, la lección de derrumbar las barreras infames del egoísmo, de la indiferencia, del desamor para salir corriendo a levantar al otro; la lección de ser misericordiosos como el Padre.
¿Quieres ser feliz? ¿quieres tener vida eterna? Ama, ama y ama… “un alma en Dios escondida qué tiene que desear, sino amar y más amar y en amor toda encendida tornarse de nuevo a amar, decía con místico acento Teresa de Jesús. Y un amor que no tenga barreras, que no mire clases y condiciones, un amor que se haga prójimo, próximo de todos.
Y es que como dice San Juan, nadie puede decir que ama a Dios a quien no ve si no ama al prójimo a quien ve; es eso lo que en el fondo nos ha descubierto Jesús en la parábola: la falsa piedad de algunos, que creen que con su comportamiento dan gloria a Dios pero que lo único que hacen es apartarse de Él.
Cómo cobran de sentido entonces las palabras del Deuteronomio: “El mandamiento está cerca de ti, cerca de tu corazón”; es el mandamiento del amor, que nos hace libres, que nos hace felices, que nos lleva a la verdadera comunión con Dios.
El mismo Jesús nos enseñó el camino de este amor cuando Él mismo se hizo buen samaritano de nuestra humanidad caída y se hizo hombre para salvarnos; ahora, a nosotros sólo nos queda hacer caso de esa invitación que es casi un mandato del Señor: “Vete y haz tú lo mismo”.
Y Para hacerlo la iglesia nos ha señalado desde siempre 14 caminos, que llamamos obras de misericordia, 14 vías del amor que nos llevan a ser misericordiosos como el Padre: dar de comer al hambriento, bar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar al enfermo, visitar a los presos, enterrar a los difuntos, enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar al que nos ofende, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rezar por los vivos y los difuntos.
Podríamos decir, usando la expresión de San Juan Pablo II: estos son caminos en los que se vive la imaginación de la caridad, que nos debe llevar a obrar la misericordia para hacernos prójimos de nuestros hermanos.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
En este encuentro pedimos que al Señor que nos enseñe realmente a vivir la misericordia a través de donar nuestro amor a manera de Jesús, y ser verdaderos testimonios de entrega.
4. Contemplación:
Que la vivencia de la misericordia nos lleve en realidad a que meditando el misterio del amor de Dios por nosotros, podamos también ser misericordioso con nuestros hermanos.
