DOMINGO 10 DE AGOSTO
DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO
“LA FE ES LA GARANTÍA DE LAS COSAS QUE NO SE VEN”
Sabiduría 18,6-9; Salmo 32; Hebreos 11,1-2.8-19; Lucas 12, 32-48
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Nos encontramos hoy en la segunda lectura con un pasaje de la carta a los Hebreos, que sintetiza, quizá como ninguno otro el significado más profundo que entraña la actitud de la fe.
Lo primero que hemos de decir es que el autor de la carta, al abordar el tema de la fe no comienza por hacer grandes disertaciones o por tratar de explicar racionalmente o de definir qué es aquello de la fe y las implicaciones que tiene en la vida; quizá con eso ya nos esté queriendo indicar que la fe no consiste simplemente en un cúmulo de verdades que hay que aprender o que hay que intentar comprender o aceptar con el entendimiento; la fe es siempre mucho más que eso.
Y por eso, en lugar de darnos definiciones el autor de la carta a los hebreos comienza más bien por mostrarnos los casos concretos de aquellos que la Sagrada Escritura nos presenta como modelos de fe, como aquellos que asumieron su existencia desde la óptica de la fe: Abraham, Sara, Isaac, Jacob.
Son nombres que nos recuerdan a nosotros el inicio del camino de fe del pueblo de Israel, y que nos llevan sobre todo a pensar en aquellos que supieron vivir su existencia como un caminar detrás de las promesas de Dios, que poco a poco fueron viendo cómo se cumplían.
Pero no son sólo esos nombres, a esa lista innumerable de testigos tendríamos que agregar muchos nombres que las páginas de la historia nos muestran como hombres que han vivido su existencia como un caminar en la fe; incluso si a cada uno le preguntáramos podríamos hacer aquí un elenco interminable de modelos de vida en la fe.
Y es entonces cuando debemos preguntarnos ¿y nosotros? ¿qué significa la fe para nosotros? ¿qué lugar ocupa en nuestra vida?
Para muchos la fe se ha convertido simplemente un objeto de lujo: muchos llevan sus cruces, escapularios, rosarios, pero solamente como producto de una moda. Otros más ven la fe como un refugio seguro en los momentos de tempestad y dificultad, pero en la prosperidad se olvidan con facilidad de Dios. Para otros la fe es una cosa del pasado, algo monótono que sólo interesa a los mayores y que está fuera de lugar en el mundo de hoy.
Pero muy pocos han emprendido en su vida la aventura valerosa de lo que significa realmente acoger al Señor, de lo que significa dejarse guiar por su Palabra, de lo que significa dejarse encontrar por su amor y por su misericordia.
Y es que para vivir la fe no hace falta tener cualidades especiales: Pedro, María Magdalena, Agustín, Francisco de Asís, Rosa de Lima, Madre Laura no era figuras eminentes en su tiempo, pero se atrevieron a vivir la novedad de la presencia de Dios en sus vidas; y entonces todo cambió para ellos: encontraron el tesoro escondido, la perla preciosa, y entonces lo vendieron todo para quedarse con el Señor.
Y el desenlace de sus vidas no pudo ser otro que el llegar a la plena posesión de su esperanza.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
El Señor hoy en el Evangelio cuando nos invitaba a la actitud de la vigilancia; es decir, a que si por la fe tenemos la esperanza de alcanzar las promesas de Dios; pues nuestra actitud debe ser siempre la de estarnos preparados, la de ser administradores fieles y solícitos de los bienes que Dios nos ha confiado, para que cuando Él venga podamos presentarnos ante Él con la conciencia limpia y el corazón dispuesto.
4. Contemplación:
La fe nos lleva a la esperanza, y la esperanza nos llama a la vigilancia: conocemos nuestro destino: Dios nos llama a la comunión definitiva con Él en el cielo; pero no sabemos cuando llegará ese día; y no podemos permitir que nos sorprenda como el ladrón; al contrario necesitamos vivir nuestra vida en una esperanza activa; que nos lleve a comprometernos con nuestra existencia, a vivir en la caridad que nos permite hacernos un tesoro en el cielo; a vivir la conversión que nos dispone todos los días para el encuentro con el Señor. Tenemos una certeza: el Padre ha tenido a bien darnos el Reino… pero eso exige de nosotros una respuesta: que lo acojamos en la fe, que avivemos nuestra esperanza y seamos diligentes en el amor, para que cuando Él llegue nos encuentre velando, con las lámparas encendidas, y nos invita entonces a pasar al banquete del cielo… término de nuestra fe y de nuestra esperanza.
