DOMINGO 17 DE AGOSTO
DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO
“HE VENIDO A PRENDER FUEGO ¡Y OJALÁ ESTUVIERA ARDIENDO¡”
Jeremías 38,4-6.8-10; Salmo 39; Hebreos 12,1-4; Lucas 12, 49-53
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
La página del Evangelio que acabamos de escuchar nos presenta quizá uno de los textos que a simple vista más pueden desconcertar de todo el Evangelio: “¿pensáis que he venido a traer paz?, no, sino división”, son palabras que resuenan y que parecieran ser ajenas al mensaje cristiano que inclusive en boca del mismo Jesús ha llamado “bienaventurados” a los que trabajan por la paz y ha dicho que serán llamados hijos de Dios.
Pero entonces ¿cómo entender esta expresión en boca de Jesús?
Para interpretarlas debemos acercarnos al texto para mirar la riqueza del mensaje que el Señor nos quiere transmitir; comenzaba diciéndonos: “He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”
Jesús se revela a sí mismo como el portador de un fuego, de una luz, de una llama que es la presencia misma de Dios, que quiere venir a reinar en los corazones de los hombres. Y esa pasión suya por el Reino de Dios es tan grande que se convierte en Jesús en una llama que no se puede apagar, sino que se quiere comunicar, que se quiere expandir, que se quiere multiplicar.
Y en ese esfuerzo suyo por hacer real y patente el Reino de Dios por medio de los signos milagrosos, de sus palabras cercanas y afectuosas, de sus gestos de amor y misericordia, llegará hasta el extremo incluso de entregar la vida, como señal irrefutable del amor de Dios manifestado en la historia; por eso nos ha dicho también “Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!”
Sin embargo, y a pesar de la grandeza de ese amor que Jesús manifiesta y de ese fuego y esa pasión con que anuncia la novedad de la presencia de Dios hay muchos que prefieren hacerse los sordos y que se niegan a aceptar ese mensaje suyo.
Bien lo sintetiza Juan en el prólogo de su Evangelio: “la luz ha venido al mundo, pero los suyos, los de su casa no quisieron recibirla; pero a cuentos la recibieron les dio el llegar a ser hijos de Dios”.
Y esos que la han acogido por su manera de ser y por sus actitudes concretas se convierten en signo de contradicción para los demás; en ese sentido se convierten en signo de división, porque por su forma de ser, son mirados por muchos con recelo.
Entendidas así las palabras del Evangelio, comprendemos entonces que más bien lo que el Señor nos está haciendo es un llamado imperativo a que nosotros realmente asumamos con seriedad eso de ser cristianos y viviendo la novedad de Dios en nuestra vida nos comprometamos a ser signos de contradicción para el mundo.
Tristemente vivimos en un mundo que se ha ido acostumbrando a vivir en medio de la deshonestidad, de la corrupción, de la indiferencia, del egoísmo… los cristianos seríamos los primeros a que con nuestra actitud y nuestra forma de vida, fuéramos signo de división y de contradicción; pero tristemente nosotros, los llamados a ser levadura en la masa, y a ser sal de la tierra hemos dejado que la sal, es decir, el tesoro del evangelio, se vuelva soso, y con nuestras actitudes en lugar de fermentar la masa, nos hemos hecho parte del problema.
El Evangelio de hoy es un reclamo: el verdadero cristiano debe traducir en su vida y en sus acciones esa presencia de Dios, de lo contrario el mundo perderá el fuego y la luz que sólo provienen del Evangelio.
Y la segunda lectura que hemos escuchado nos ha mostrado el camino, cuando nos ha dicho: “Una nube ingente de testigos nos rodea”; haciendo referencia con ello al testimonio de los santos, de aquellos hombres y mujeres que por vivir su vida desde la fe han sido un verdadero testimonio; muchos de ellos han sido burlados, despreciados, muchos no han sido tenidos en cuenta; pero su vida ha sido el mejor Evangelio que muchos han podido leer.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Pidamos al Señor que nos de la gracia para que nos “quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retiramos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús”.
4. Contemplación:
Hoy sea la oportunidad para ver la invitación que nos hacen, a que nosotros empeñemos todas nuestras fuerzas en responder con alegría a la invitación del Señor y que con nuestras actitudes encendamos en nuestras vidas el fuego del Evangelio, para hacer que cada día más la presencia de Dios arda e ilumine en medio de nosotros.
