DOMINGO 31 DE AGOSTO
DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO
“EL QUE SE ENALTECE SERÁ HUMILLADO”
Eclesiástico 3,17-18.20.28-29; Salmo 67; Hebreos 12,18-19.22-24a; Lucas 14,1.7-14
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión
Una nueva lección da Jesús a sus discípulos en el marco de su camino hacia Jerusalén, esta vez a propósito de la actitud que descubre en algunos que al entrar a un banquete buscan los primeros puestos.
El problema real que el Señor descubre en ellos es la actitud interior que los mueve a esto: quieren ser reconocidos por un deseo de sentirse superiores a los demás, de aparecer como importantes; es la muestra de su orgullo, de su autosuficiencia, de su prepotencia.
También nosotros con facilidad lo hacemos: nos gusta ser reconocidos, algo apenas normal si pensamos en el hecho de que todos queremos progresar y ser mejores cada día; el problema es cuando nos aprovechamos de nuestra preparación académica, de nuestros títulos, de nuestro estrato, de nuestra situación económica o social para sentirnos superiores a los demás, para mirarlos por encima de sus hombres, encumbrándonos en las alturas de nuestros falsos honores.
Ante esto el Señor propone un camino muy concreto: el camino de la humildad; el camino de reconocernos todos como hermanos, y de saber que aunque humanamente nos separen títulos y honores, ante los ojos de Dios nadie es más que nadie.
Incluso el Señor va más allá, cuando propone a quien lo ha convidado que la próxima vez no invite a sus parientes o vecinos ricos, que por puro protocolo terminarán retornándole la invitación, con lo que ya habrá recibido su paga; más bien le dice que invite a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; para ganarse así una recompensa en el cielo.
Es una lección curiosa, que sólo entiende un corazón humilde: la lección de la gratuidad, de dar sin esperar nada a cambio; de hacer mío el dolor de quien sufre y tratar de ayudarlo a alivianar su dolor.
Pero hay algunos que tan encumbrados andan en sus pedestales humanos, que no alcanzan a ver el dolor y el sufrimiento de quienes padecen a nuestro lado.
Humildad y gratuidad, dos actitudes que se deben conjugar en el rostro del discípulo del Señor; una que nos haga capaz de sentirnos hermanos, de no mirar al otro como creyéndonos superiores; y la otra que nos haga pensar que nuestras grandezas humanas no nos deben hacer sentir más, sino que nos deben cualificar para el servicio a los demás, que es la verdadera grandeza a los ojos de Dios, pues “todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.
En este mismo sentido nos hablaba el autor del libro del eclesiástico que escuchábamos en la primera lectura, y que nos ofrece como todo un testamento espiritual para quienes deseen seguir el camino del bien y de la sabiduría; nos decía: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios”.
Fijémonos la lógica que nos presenta: la humildad es la verdadera grandeza, la pequeñez nos hace grandes ante los ojos de Dios; obviamente que es un mensaje que parece ir en contravía del mundo, que parece no responder a la lógica de la competitividad que nos ha llevado a ver en los otros competidores y no hermanos; pero esta es la única lógica que cabe en el Evangelio.
Justamente es la lógica que vivió Jesús en su vida; San Pablo la ha sintetizado maravillosamente en esa expresión “Él siendo rico se hizo pobre por nosotros”, y cuando nos presentó en la carta a los filipenses el camino de la salvación como un camino de kénosis, de abajamiento, de humillación, que pasó por despojarse, por no aferrarse a su naturaleza divina, sino hacerse hombre; y llegó hasta la muerte y muerte de cruz.
Así Jesús, haciéndose el último de todos, nos alcanzó la salvación y los elevó de nuevo a la condición de hijos de Dios; y por eso “se le concedió el nombre sobre todo nombre”, como concluye maravillosamente San Pablo.
Los hombres siempre hemos querido ser grandes, ser reconocidos; pero si queremos hacerlo, el único camino verdadero es el de la humildad, el del servicio, el de ser pobres de espíritu, y así poder poseer el Reino de Dios.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Señor enseñanos a ser coherente con nuestro camino de fe en la búsqueda del Reino, y que nuestra comunidad sea la oportunidad para trabajar y crecer en el amor y ayúdanos a hacernos pequeños para recibir todo tu generocidad.
4. Contemplación:
Que al ejemplo de Jesús seamos capaces de seguir el plan salvífico del Padre, aunque algunos lo rechacen o se autoexluyan de el.
