DOMINGO 07 DE SEPTIEMBRE
DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
“EL QUE SE ENALTECE SERÁ HUMILLADO”
Sabiduría 9,13-38; Salmo 89; Filemón 9b-10.12-17; Lucas 14,25-33
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión
Acabamos de escuchar en el Evangelio una página que nos sorprende por sus exigencias y su radicalidad.
Para comprenderla, no debemos olvidar el contexto en el que se encuentra: Jesús va de camino hacia Jerusalén con sus discípulos; Él, nos ha dicho el Evangelista unos capítulos atrás tomó este camino con decisión, sabiendo incluso que lo llevaría a pasar por la prueba de la cruz; y ahora, como lo hemos visto en este Evangelio, quiere invitar a que sus discípulos hagan lo mismo.
Podríamos decir que el centro de este texto son las dos comparaciones que Jesús usa, para indicar a sus discípulos la radicalidad que exige el camino de su seguimiento: un hombre que antes de construir una torre debe calcular si tiene con qué terminarla, no sea que la gente termine burlándose de él porque empezó a construir y no pudo acabar; o el rey que antes de ir a enfrentar a un ejército de 20000, tiene que calcular si con los 10000 soldados que tiene puede vencerlos, sino antes de ser derrotado, debe enviar una embajada a pedir la paz.
Sin dos imágenes muy significativas que se resumen en una sola expresión: calcular, echar cálculos; que es la manera como Jesús indica a sus seguidores que quien quiere ser realmente discípulo suyo tiene que arriesgarse a ir hasta el final, asumiendo todas las exigencias que implica el camino del seguimiento.
Con ello Jesús nos muestra con claridad que no quiere entre sus discípulos actitudes de medias tintas o de mediocridades. Es inclusive curioso que Jesús se muestre tan radical, cuando lo que está haciendo es tratar de formar a sus seguidores, pues mostrarse tan radical seguro debió espantar a muchos de los que lo seguían pensando solamente en sus milagros y prodigios.
Pero Jesús no teme ser radical, y con ello nos muestra que el camino de su seguimiento implica un compromiso serio y exigente, pero a la vez feliz.
¿Y cuáles son las exigencias de Jesús?
“Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”.
Es algo que aparentemente suena a un contrasentido, pues parece que Jesús en lugar de defender la familia invitara a despreciarla; pero no se trata de eso; a lo que Jesús invita es más bien a aprender a vivir una vida libre de apegos, que lo único que hacen es robarnos la libertad; y más bien darle a Dios el primer lugar de nuestra vida.
No nos digamos mentiras; muchas veces en la vida sufrimos porque hacemos depender nuestra felicidad de las personas que amamos; y entonces, tal vez alguno nos defraude o se vuelva ingrato con nosotros y entonces nuestra vida se viene a pique; incluso muchas veces también hacemos depender nuestra felicidad de las cosas materiales, que hoy están y tal vez mañana no, y entonces nos equivocamos, poniendo nuestro corazón en las cosas pasajeras; por eso otra de las exigencias del Señor es: “el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”.
A lo que nos invita el Señor es a aprender a descubrir en Dios el tesoro más grande, y a darle a Él el primer lugar en el corazón; así nunca nos veremos defraudados como si nos pasa muchas veces con los amores humanos.
Y luego, el Señor va más allá: “Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”. Se trata de una exigencia todavía más radical: tomar la cruz, es decir, asumir la vida de cada día con esfuerzo, con responsabilidad, para hacer de ella un camino de salvación.
La cruz casi siempre nos duele, nos estorba, nos fastidia, se nos convierte en una carga insoportable; pero debemos entender que sólo asumiéndola cada día podremos alcanzar la salvación que el Señor nos ofrece.
No sé si ustedes alcanzan a pensar qué extrañas suenan estas palabras exigentes de Jesús, cuando nosotros en nuestra vida de fe nos conformamos con lo mínimo, con ir a la misa por cumplir y de pronto orar por ahí de vez en cuando.
Pero lo que el Señor nos muestra es que el verdadero discípulo no es sólo el que participa de la Eucaristía o hace una oración; sino que el verdadero discípulo es el que aprende a vivir su vida, toda su vida, desde la óptica y la perspectiva de Dios.
Y en la primera lectura que hemos escuchado el autor del libro de la sabiduría nos ha dicho que si queremos vivir nuestra vida de esta manera, necesitamos estar asistidos por la fuerza del Espíritu Santo, que es quien nos ayuda a hacer realidad en nosotros la voluntad de Dios.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Toda esta liturgia debe transformarse en oración y petición: Que el Espíritu nos ayude a asumir la cruz con alegría, y que nos de la capacidad de poner a Dios en el centro, para así poder caminar por los senderos de felicidad que el Señor tiene para nosotros.
4. Contemplación:
Que la fuerza del Espíritu nos ayude a ser verdaderos discípulos, capaces de ir hasta el final.
