DOMINGO 14 DE SEPTIEMBRE
DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO
“Este acoge a los pecadores y hasta come con ellos”
Éxodo 32,7-11.13-14; Salmo 50; 1 Timoteo 1,12-17; Lucas 15,1-32
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
La liturgia de la Palabra que la Iglesia nos regala en este domingo podríamos sintetizarla toda en una sola palabra, en una invitación: conversión; es decir, un llamado que nos hace el Señor a descubrir la novedad de su amor y su misericordia, y a acoger en ella nuestros pecados, acompañados con un verdadero propósito de cambio y de conversión.
Y para mostrarnos esta realidad se nos han regalado textos absolutamente maravillosos que nos invitan a contemplar a profundidad este misterio de la misericordia divina.
La primera lectura que hemos escuchado es quizá uno de los textos más curiosos y llamativos de todo el Antiguo Testamento; es un texto que los autores espirituales han coincidido en llamar el texto de la “conversión de Dios”.
El contexto es bien particular: Moisés ha subido al monte a encontrarse con Dios, quien le entrega los mandamientos para que el pueblo pueda conocer el camino de la felicidad que Dios le ofrece; pero mientras tanto, el pueblo que se había quedado aguardando el regreso de Moisés, al ver que tardaba, se hicieron un becerro de metal al que llamaban: “Este es tu Dios Israel”.
Tan rápido el corazón de Israel parecía olvidarse de las maravillas que Dios había obrado en favor suyo y ahora lo cambiaba por un ídolo de fundición.
Al ver esto Dios no puede menos que entrar en cólera, como el amante defraudado y traicionado; y por eso le cuenta a Moisés lo que va a hacer: “Deja que envíe mi fuego hasta que los consuma”; pero entonces interviene Moisés: “¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta?” y entonces le recuerda el misterio de la elección amorosa de Israel, cuando le dice: “Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo, «Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo”.
¿Qué es lo que hace Moisés? Le recuerda a Dios que por amor escogió a ese pueblo; a ese que era el más pequeño de los pueblos, y lo invita a mantener su amor a pesar de haber sido defraudado por Israel. Y entonces el texto dice de manera maravillosa: “Dios se arrepintió de su amenaza”; es decir, Dios se convirtió.
Es una bellísima imagen que nos lleva a nosotros a reconocer la grandeza del amor de Dios, que a pesar de que tantas veces lo defraudamos, lo abandonamos, lo traicionamos; él siempre se muestra como un Dios amoroso lento a la cólera y rico en piedad.
Y este misterio del amor de Dios, tiene una nueva y maravillosa imagen en el texto del Evangelio que hemos escuchado; y que comienza mostrándonos una imagen que ya de por sí derrocha misericordia: Jesús que acogía a los pecadores y comía con ellos.
Es el amor de Dios que en Jesús ha salido a buscar la oveja perdida, que ha comenzado a barrer para hallar la moneda extraviada, que se asoma todos los días para ver si el hijo ingrato ya viene de regreso a la casa.
Es significativo que con ello nos muestra San Lucas que Dios no lucha contra el pecador, pero sí contra el pecado; y que se alegra cuando uno de sus hijos es capaz de dejarse alcanzar por él.
Es la experiencia que hoy nos cuenta Pablo en la segunda lectura, y que nos dice que él mismo vivó, cuando pasó de ser un blasfemo, un perseguidor y un insolente, a ser ministro de la misericordia de Dios. Y el mismo Pablo lo sintetiza maravillosamente al decirnos que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y entre ellos él es el primero.
Pablo siente cómo la misericordia lo ha transformado, le ha dado una vida nueva, lo ha hecho un hombre nuevo. Es lo mismo que sintió el hijo pródigo cuando al llegar a casa no encontró reproches y reclamos, sino un abrazo, un bezo y una fiesta cargada de alegría por su regreso.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
¿Qué nos queda entonces a nosotros? La liturgia de este día parece ser un clamor a que nosotros descubramos ese llamado que el Señor nos hace a dejar que su gracia realmente pueda penetrar en nosotros y comenzar a transformarnos. Que nuestro pecado no nos haga más indiferentes a su amor.
4. Contemplación:
Nos queda decirle al Señor como en el salmo: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado”. Nos queda acogernos a su perdón manifestado en el Sacramento de la reconciliación donde nos espera el Señor; ojalá no aplacemos más ese encuentro nuestro con la misericordia de Dios, para vivir la fiesta del amor, esa que se goza más por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión.
