DOMINGO 28 DE SEPTIEMBRE
DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO
“NO OS DOLÉIS DEL DESASTRE DE JOSÉ”
Amós 6,1a.4-7; Salmo 145; 1 Timoteo 6,11-16; Lucas 16,19-31
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
El profeta Amós continúa en este domingo haciéndonos una radiografía de su tiempo; un tiempo de aparente calma y prosperidad para el reino de Israel; pero un tiempo también que como el profeta lo denuncia es e grandes y dolorosos contrastes.
Fijémonos cómo hoy el profeta nos ha descrito el lujo y los excesos a los que llegaba la clase rica y dirigente: “lechos de marfil, comidas de carnes suculentas, vinos generosos, instrumentos musicales, perfumes”… y mientras tanto, los pobres son abandonados a su suerte, y tienen que venderse por un par de sandalias como nos lo decía el domingo anterior.
Lo que el profeta denuncia es justamente eso; una sociedad que vive en medio de grandes contrastes sociales; y donde mientras unos gozan de las bondades de la prosperidad, otros pasan hambre y necesidades, y lo peor de todo es que el sufrimiento de los pobres pasa indiferente para aquellos que se divierten en sus banquetes y lujos; por eso el profeta les recrimina: “no os doléis del desastre de José”.
José aquí representa al hermano pequeño, al hermano pobre, al indefenso; justamente aquel que es desatendido, olvidado, ignorado por todos; pero José es aquel de quien Dios no se olvida; fijémonos cómo en el salmo responsorial Dio se nos ha presentado justamente como el que mira el sufrimiento de los últimos, de los pobres, de los necesitados: “el Señor hace justicia a los oprimidos, él da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos… sustenta al huérfano y a la viuda”; son expresiones que nos muestran que Dios es uno que pone sus ojos justamente en los que nadie los pone; y esto es así porque él no se fija en las apariencias, sino en el corazón.
Ahora bien, la misma denuncia que hacía el profeta Amós en la primera lectura, es la que ha hecho Jesús en el Evangelio, al contarles a los fariseos esa parábola del rico y el pobre Lázaro.
Es una parábola en la que Jesús nos invita a contemplar los contrastes: el rico que vestía de lino y púrpura, mientras el pobre estaba todo vestido de llagas; el rico que banqueteaba espléndidamente y el pobre que anhelaba al menos las sobras.
Lázaro no estaba lejos del rico, de hecho, estaba en su portal; pero el rico nunca tuvo una mirada de compasión o de piedad; al contrario, los únicos que se fijaban en el pobre Lázaro eran los perros que pasaban por la calle.
Esa es tal vez la imagen más escandalosa de todas: los perros se acercaban a lamerle las llagas; mientras el rico nunca fue capaz de acercarse, de salir de sí mismo.
Ahora bien, hay un detalle muy significativo: después de la muerte, cuando Jesús nos presenta a Lázaro en el seno de Abraham y al rico sufriendo los tormentos, es el momento en que el rico alza la mirada y ve a Lázaro.
Es un detalle maravilloso: es la primera vez que el rico ve a Lázaro; nunca lo vio mientras estuvo a su puerta, nunca lo vio cuando necesitaba su consuelo y su amor; y ahora que lo ve, le pide al menos un poco de agua para calmar sus tormentos, cuando en vida nunca fue capaz de darle un poco de agua o de pan para calmar su sed.
Y lo que le responde Abraham es más diciente todavía: “Hay un abismo entre nosotros y vosotros”; ese abismo es justamente el abismo que el rico construyó con su egoísmo, con su indiferencia; es el abismo que hizo que aunque Lázaro estaba tan cerca, a su puerta, siempre estuviera lejos de su corazón.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Qué gran lección la de este Evangelio: los abismos, las diferencias, las separaciones las construimos nosotros; somos nosotros los que con nuestro egoísmo, nuestra indiferencia, nuestra prepotencia, nuestra falta de amor podemos hacer que en este mundo muchos sigan muriendo de hambre, de sed, de soledad, de tristeza; o somos también nosotros lo que podemos comenzar a cerrar las brechas que nos separan tendiendo puentes de solidaridad, de amor, de cercanía, de caridad.
Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al necesitado, vestir al desnudo, visitar al enfermo, socorrer a los presos, enterrar a los muertos; enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que está en error, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos de los demás y rogar a Dios por vivos y difuntos, esas obras de caridad corporales y espirituales, pueden ser la diferencia entre un mundo lleno de abismos o un mundo de hermanos, germen y semilla del reino de Dios.
4. Contemplación:
Que el Señor nos regale ojos de misericordia para saber fijarnos en el dolor del que sufre a nuestro lado, y que nos dé un corazón grande para acogerlo con el abrigo de nuestro amor y el bálsamo de nuestra caridad.
