DOMINGO 5 DE OCTUBRE
DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO
“AUMÉNTANOS LA FE”
Habacuc 1,2-3.2, 2-4; Salmo 94; 2 Timoteo 1,6-8.13-14; Lucas 17,5-10
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
La liturgia de la Palabra de este día nos invita a reflexionar sobre el valor profundo que tiene para nuestra vida la experiencia de la fe.
Pero comencemos nuestra reflexión de hoy preguntándonos: ¿qué es la fe? ¿en qué consiste eso de tener fe?
La definición más clásica de la fe, es la que muchos seguramente aprendieron en su catecismo, cuando al preguntárseles ¿qué cosa es fe? Se respondía: “creer en lo que no vemos”.
Es una definición que nos dice ya algo: la fe no se reduce a las cosas que podemos ver y tocar, sino que nos lleva al conocimiento de lo invisible, al conocimiento de Dios; sin embargo, debemos decir que la fe es mucho más que esto.
El papa Francisco, en su encíclica sobre la fe nos ha dicho: “La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro”.
Fijémonos cómo aquí hay una visión mucho más completa de lo que significa la fe, que es ante todo una experiencia: la del amor de Dios que inunda la vida, y que se convierte en roca firme y segura sobre la que nos podemos anclar y que nos transforma, que nos hace nuevos.
Esa experiencia de Dios en nuestra vida comienza el día de nuestro Bautismo, cuando experimentamos el más grande milagro del amor de Dios: nos hace hijos suyos, y al sumergirnos en Cristo, nos hace nuevas criaturas.
El día de nuestro Bautismo podemos decir que se enciende en nosotros la luz de la fe. Así nos lo ha dicho el papa Francisco: “Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso”.
Como vemos entonces la fe no se reduce simplemente al conocimiento o a la aceptación de unas ideas o unas doctrinas; la fe es ante todo una experiencia del amor de Dios que viene a iluminar toda nuestra vida, incluso nuestros actos y decisiones.
En este sentido tenemos que decir que la fe no nos lleva a quedarnos quietos, sino que la fe es de suyo un impulso de transformación; así nos lo ha explicado el Señor en el Evangelio: “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar.» Y os obedecería”.
Con esas palabras el Señor nos muestra que la fe es un motor que nos lleva a transformar la vida y la historia. Fijémonos justamente que cuando Señor cuenta la parábola de los siervos en el Evangelio lo que está queriéndonos mostrar es que la fe nos lleva a un compromiso concreto con la vida y con la realidad.
Una fe verdadera es una fe comprometida, es una fe que nos hace sentirnos responsables de nuestra vida; es una fe que se transforma en el celo de unos padres por educar a sus hijos; es una fe que se compromete en construir la paz.
Así, la fe no es una ideología, ni el opio del pueblo como han querido mostrarlo algunos; al contrario, la fe nos lleva a compromisos muy concretos, a hacer lo que tenemos que hacer, pero a hacerlo bien y con alegría, sabiendo que la fuerza de nuestro actuar procede del Señor.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
San Pablo escribiéndole a Timoteo, le ha dicho, como hemos escuchado en la segunda lectura: “Guarda este precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros”; y esa es como la gran invitación que nos hace la Palabra de Dios en este día; a que nos preocupemos por fortalecer nuestra fe, por cultivarla desde la oración personal, desde la participación en los sacramentos, desde la vida misma vivida en coherencia con lo que decimos creer; de esa manera podremos vivir siempre la alegría de tener al Señor con nosotros.
4. Contemplación:
“Auméntanos la fe”, le pidieron los discípulos a Jesús; pidámosle hoy lo mismo nosotros, para que descubriendo el amor de Dios en nuestras vidas, nos comprometamos realmente a transformar el mundo con los valores del Evangelio. Que la fe sea realmente luz en nuestra vida y que ella nos ayude a iluminar las oscuridades de nuestro mundo.
