DOMINGO 19 DE OCTUBRE
DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO
“Orar siempre y sin desfallecer”
Éxodo 17, 8-13; Salmo 120; 2 Timoteo 3,14-4,2; Lucas 18,1-8
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
El pueblo de Israel acababa de salir de Egipto, habían experimentado el brazo poderoso y extendido del Señor que los había liberado de la esclavitud, pero ahora, un nuevo enemigo salía al paso: Amalec que veía en Israel un pueblo fuerte y numeroso, al que veían como enemigo de sus intereses.
Israel debe enfrentarse nuevamente a un pueblo que amenaza su existencia, pero tienen una certeza: no están solos, el Dios que los ha liberado de Egipto no los ha abandonado a su suerte, sino que sigue caminando con ellos.
Por eso mientras los ejércitos avanzan en el campo de batalla, Moisés levanta los brazos al cielo; en un acto de absoluta confianza y esperanza, que son de suyo dos características que identifican a la verdadera oración.
El salmo responsorial que hemos proclamado va en esa misma línea, y nos invita a reflexionar en la necesidad que tenemos de confiar en el Señor.
El orante, que es uno que se siente agobiado y abatido por los problemas, sólo alcanza a mirar a los montes, para descubrir que allí donde todo está perdido y donde ya no hay esperanza, entonces una luz nueva asoma por el horizonte: “el auxilio me viene del Señor”, alcanza a exclamar con la alegría de quien ha encontrado descanso.
Y las imágenes que usa el salmo son bellísimas: nos presenta a Dios como un guardián, que no duerme y no reposa, sino que está siempre vigilante, para no permitir que resbalen las rodillas vacilantes.
Esa misma imagen es la que ha querido presentarnos Jesús en el Evangelio, cuando para señalar a los discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, les ha contado la parábola del juez impenitente que termina por hacer justicia a la viuda luego de que ella casi que lo cansara con sus ruegos; y el Señor exclama al final: Dios, que es mejor que ese juez injusto ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas?
Son unas palabras bellísimas que aseguran el amor y la presencia permanente de Dios como una certeza en la vida y en el corazón; pero que no aseguran como muchas quisiera que la oración sea un acto mágico en el que yo pongo mi voluntad para que Dios la cumpla.
Es algo que tenemos que aprender, porque muy seguramente a todos nos ha pasado que le hemos pedido algo al Señor y entonces va pasando el tiempo y cuando no vemos que se cumpla, entonces lo mejor que tenemos para decir es: “Dios no me escucha”, “Dios se olvidó de mí”.
Quienes dicen eso es porque no han entendido que la oración no es un vehículo de magia, sino más bien una apuesta por la confianza absoluta en Dios, en la que quien ora se arroja en sus manos, sabiendo que de Él sólo recibirá bondad y misericordia.
Por eso la pregunta de Jesús al final del Evangelio: ¿cuándo el Hijo del hombre venga, encontrará esa fe, esa confianza en la tierra?; es una pregunta que inquieta y que incomoda, porque nos invita a revisar muchas veces nuestra oración hecha con mediocridad o llena de la prepotencia de quien quiere que Dios cumpla su voluntad o haga lo que yo quiero.
Una verdadera oración es sobre todo un acto de confianza en la voluntad de Dios que no abandona, y que es luz aún en medio de las oscuridades; porque justamente la fe no nos asegura una vida sin problemas, o una vida cómoda; pero la fe si nos puede asegurar una luz nueva, capaz de iluminar nuestras oscuridades y capaz de que cuando la noche oscura se cierna sobre nosotros, podemos levantar los ojos y mirar a los montes, para descubrir que el auxilio nos viene del Señor.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
El llamado pues de la liturgia de este domingo es a que vivamos una oración que sea como el Señor lo quiere: siempre y sin desfallecer, es decir, una oración constante y perseverante, que nos lleve a experimentar el amor y la misericordia de Dios. Alguien dijo: “la oración no cambia a Dios, sino que cambia a quien ora”; dejemos que en oración Dios nos cambie y nos transforme, y aprendamos a ponernos en sus manos, con la confianza de quien sabe que tiene un padre bueno que quiere lo mejor para sus hijos.
4. Contemplación:
Que hoy en cada uno de los que estamos reunidos en cuanto a esta palabra nos mueva a ser coherente con nuestro sentir y nuestro actuar, donde la justicia debe asemejarse a la de Jesús, pero esto solo es posible con la perseverancia de la oración y ser unidad como comidades eclesiales por el Reino de Dios.
