DOMINGO 26 DE OCTUBRE
DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO
“OH DIOS, TEN COMPASIÓN DE ESTE PECADOR”
Eclesiástico 35, 12-14.16-18; Salmo 33; 2 Timoteo 4,6-8.16-18; Lucas 18,9-14
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
La tradición de la Iglesia nos ha dicho que San Lucas, el Evangelista, era además médico y pintor; y esta última faceta suya parece quedar perfectamente demostrada al leer el Evangelio de hoy, que más que una lectura, es un cuadro maravilloso, que un crítico de arte seguramente diría, es uno de los modelos más grandes del claro-oscuro, de los contrastes, del juego de luces.
Pero detengámonos a contemplar la escena, para que comprendamos bien todo esto: fijémonos que es un cuadro dividido en dos: “dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano”.
Desde esa sola indicación sabemos que se trata de dos extremos: un fariseo, un hombre estudioso de la ley, un maestro de Israel, un cumplidor fiel y escrupuloso de los mandamientos de Dios; y del otro lado un publicano, un recaudador de impuestos, un vendido según la mentalidad de Israel, uno que se ha doblegado al servicio del detestable poder extranjero, y aparte de eso, uno que es considerado ladrón.
El contraste no puede ser más patente; no en vano es como un cuadro en claro-oscuro: en la parte clara brilla la figura del fariseo, del hombre bueno a los ojos de la ley; en la parte oscura, como mostrando lo siniestro de su personaje, la figura del publicano. Y ambos reunidos en un mismo lugar: el templo, el lugar sagrado de Israel, donde está la presencia de Dios; el lugar de la oración y del diálogo con el Señor.
Y San Lucas nos retrata perfectamente la oración de cada uno: “el fariseo, erguido, oraba así en su interior: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.»
Es una oración muy significativa, y que pone más brillo a su imagen: él se presenta como el hombre perfecto e irreprochable ante los ojos de Dios, de hecho le da gracias por no ser ladrón, injusto, adúltero o recaudador, que son los grupos de pecadores que se distinguen en Israel.
Quizá por ser tan bueno, San Lucas lo dibuja orando erguido, como para que todos podamos descubrir en él aquel que se siente irreprochable ante los ojos de Dios.
En el otro extremo del cuadro ora el publicano que, “en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
Es una oración bastante más distinta: este no está de pie, es más, en los detalles del cuadro alcanzamos a ver que no se atreve a levantar los ojos al cielo, porque no se considera digno; y solo atina a decir: Ten compasión de mí que soy un pecador.
Quizá por pecador está en la parte oscura del cuadro, quizá por pecador ni siquiera merezca levantar los ojos al cielo, quizá por pecador ni siquiera merezca ser escuchado por Dios.
Pero misteriosamente San Lucas, en uno de esos detalles nos dice: “os digo que el publicano bajó a su casa justificado, y aquél fariseo no”. Es algo que nos sorprende, porque el aparentemente perfecto era el fariseo; sin embargo, una vez más, Dios no mira las apariencias, sino lo profundo del corazón.
¿Por qué la oración del fariseo es desechada? Porque su oración no es más que una muestra de su soberbia y de su autosuficiencia; el no ora tanto para agradar a Dios o para implorar su misericordia, sino para mostrarse muy bueno, para tratar de justificarse, para ser alabado por los demás; en definitiva su oración lo único que hace es engrandecerse a sí mismo, casi opacando a Dios; por eso San Lucas, como buen pintor en medio de la claridad aparente que envolvía al fariseo, pintó oscuro su corazón, porque allí no cabía Dios.
Y ¿por qué la oración del publicano fue aceptada? Porque él fue capaz de reconocer que en verdad necesitaba de Dios; porque supo reconocer sus limitaciones, porque reconoció su pecado que es la mayor grandeza que puede tener cualquier persona a los ojos de Dios, porque la oración del pobre y del humilde traspasa las nubes como nos ha dicho el libro del Eclesiástico en la primera lectura. Y San Lucas, que no pierde detalle, en medio de la oscuridad de este personaje, rodeó su corazón de luz, la luz que viene del amor y de la misericordia de Dios que es capaz de amar al pecador y de invitarlo todos los días a cambiar su vida.
La lección es clara: “todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”; recordemos que esta imagen fue pintada, nos decía el Evangelio a propósito de unos que teniéndose por buenos desechan a los demás. La verdadera humildad nos debe llevar a reconocer que ante los ojos de Dios no somos mejores que nadie, porque Él no mira nuestras glorias humanas, que en el fondo son opacas y oscuras; Él sabe mirar el corazón, y por eso nos invita a que humildemente nos reconozcamos pecadores y nos acojamos a su amor; es decir, a que dejemos que su amor brille en medio de nuestras oscuridades para que de esa manera su gracia pueda obrar en nosotros.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
En este encuentro pidamos en oración que el Señor no enseñe a siempre ser sinceros en nuestra oración, recordando que el sondea nuestro corazón y es ahí donde hay un encuentro personal de amor.
4. Contemplación:
Guía nuestros pasos y que este encuentro de comunidad nos exhorte a examinarnos cómo estamos orando y si nuestra sinceridad de boca coincide con la del corazón.
