DOMINGO 02 DE NOVIEMBRE
CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
Creados para la vida
Lam 3,17-26; Salmo 130; Rom 6,3-9; Juan 14, 1-6
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Ayer recordábamos a todos los Santos. Hoy, a todos los Fieles Difuntos. Las dos fechas están, lógicamente, cercanas. El hecho de rezar por los difuntos es antiquísimo: ya lo hacían los judíos en el Antiguo Testamento, aunque dedicarles este día, después de la fiesta de los Santos, es relativamente reciente. Fue san Odilón, abad de Cluny, en Francia, quien lo determinó por primera vez, hace ahora mil años, en 998. La costumbre de que hoy cada sacerdote pueda celebrar tres misas la introdujeron los dominicos en Valencia, en el siglo XV. Sólo en el siglo XVIII se aceptó en la liturgia romana.
El Misal no fija unas lecturas concretas para este día: pone a disposición de las comunidades todas las que hay en el apartado de exequias del Leccionario. Disponemos, por tanto, de una gran riqueza de lecturas y salmos para poder elegir.
Aquí hacemos una doble opción para cada una de las tres lecturas, seleccionándolas de entre las que nos parecen más apropiadas a la circunstancia: no celebramos las exequias de una persona concreta, sino que las recordamos a todas y, además, con un tono pascual, a partir del acontecimiento de la muerte y la resurrección de Cristo. Naturalmente, cada comunidad puede elegir otras, de entre las que propone el Leccionario para los Difuntos.
1. a) Lamentaciones 3,17-26: «Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor»
La muerte nos atemoriza y nos llena de interrogantes: «No hago más que pensar en ello y estoy abatido». Pero ya en el Antiguo Testamento triunfaba la esperanza: «La misericordia del Señor no termina, no se acaba su compasión… El Señor es bueno para los que en él esperan y lo buscan. Es bueno esperar la salvación del Señor». ¡Cuánto más nosotros, que conocemos la salvación de Dios en Cristo Jesús! El salmo 22 nos infunde los mismos sentimientos de confianza: «El Señor es mi pastor, nada me falta. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan».
2. b) Romanos 14,7-9.10-12: «En la vida y en la muerte somos del Señor»
Para Pablo, el punto de referencia es siempre Cristo Jesús: a partir de él se entiende la vida y, también, la muerte del cristiano. Todo lo que nos pasa, nos pasa en comunión con Cristo, ya desde el día de nuestro Bautismo: «Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor». Son palabras que podemos repetir serenamente: desde su sencillez nos dan la clave para entender en profundidad también el hecho de la muerte. «Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos». La Pascua de Jesús fue seria, dramática, pero fue, para él, la puerta a la vida, y, para nosotros, la fuente de la salvación y de la victoria.
El Salmo 41 expresa la actitud de esperanza que tenemos, buscando la vida verdadera con la misma sed que la cierva las fuentes de agua: «Mi alma tiene sed del Dios vivo, ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?».
3. b) Juan 14,1-6: «En la casa de mi Padre hay muchas estancias»
La esperanza es la gran suerte que tenemos los cristianos. «No perdáis la calma… me voy a prepararos sitio». ¡Qué consoladora es esta promesa de Jesús! Cuando pensamos en los difuntos y en nuestra propia muerte, humanamente no sabemos resolver el misterio, pero Jesús nos ha dicho que no tengamos miedo, que al final del camino no hay muerte sino vida, y que él es quien nos prepara esa vida. El P. Arrupe, ante la inminencia de su muerte, expresó así su admirable fe: «La muerte la veo como el último amén de esta vida y el primer aleluya de la nueva vida».
4. a) Nos va bien celebrar este día de los difuntos. Nos recuerda que somos peregrinos, que vamos caminando hacia un destino como «ciudadanos del cielo», que no tenemos aquí morada permanente sino que estamos destinados a una vida definitiva mucho mejor.
b) La muerte es algo serio. Muchas veces, cuando nos toca de cerca, nos llena de dolor y nos infunde miedo cuando pensamos en ella. Nos plantea interrogantes y sigue siendo un misterio. También Cristo lloró por la muerte de su amigo Lázaro y tuvo miedo ante su propia muerte.
Pero lo que nos distingue de los demás es que miramos la muerte con fe. La Pascua de Cristo ilumina este hecho, no resolviendo el misterio, sino dándole sentido a su vivencia; y, así, llena de esperanza nuestra mirada al futuro. La «evangeliza», la impregna de la Buena Noticia de la vida, a pesar de las apariencias en contra. No sabemos cómo, pero la última palabra no la tiene la muerte. Dios nos ha creado para la vida. Lo mismo que la cruz de Cristo no fue el final, sino el paso a la nueva existencia gloriosa.
c) Los textos de la misa -y los de la Liturgia de las Horas, como la página de san Ambrosio sobre la muerte de su hermano- nos ayudan a ver la muerte desde la perspectiva de la muerte de Cristo, el «primogénito de entre los muertos»: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá»; «que, al confesar la resurrección de Jesucristo, tu Hijo, se afiance también nuestra esperanza de que todos tus hijos resucitarán».
En cada Eucaristía recordamos a los difuntos, y no sólo hoy. En la Plegaria Eucarística nos sentimos unidos a los «que nos han precedido con el signo de la fe y duermen el sueño de la paz», a quienes «durmieron con la esperanza de la resurrección» y «descansan en Cristo». Además, recordamos a los que no fueron cristianos, atodos los difuntos, «cuya fe sólo Dios llegó a conocer».
Por todos ellos pedimos al Señor que les conceda el lugar del consuelo y que sean recibidos en su Reino y puedan ver la luz del rostro de Dios.
La mejor oración que podemos elevar por los difuntos es la Eucaristía. Por eso, en las oraciones le decimos a Dios: «Que nuestros hermanos difuntos, por cuya salvación hemos celebrado el misterio pascual, puedan llegar a la mansión de la luz y de la paz»; «alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que murió y resucitó por nosotros, te pedimos, Señor, por tus siervos difuntos…».
J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 7
Los Santos con lecturas propias
Barcelona 1999 . Pág. 161 – 165
