DOMINGO 23 DE NOVIEMBRE
DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO
“ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS”
2 Samuel 5, 1-3; Salmo 121; Colosenses 1, 12-20; Lucas 23,35-43
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
La primera lectura que hemos escuchado nos lleva a recordar el episodio de la asamblea de Hebrón, en la que las tribus de Israel, se reúnen en torno a la figura de David para ungirlo como rey de Israel, según lo había señalado el Señor.
Y la verdad es que David fue un rey a carta cabal, que por encima de sus propios pecados y limitaciones, supo siempre señalar a Israel el camino que los conducía hacia el Señor. No en vano, en la Sagrada Escritura aparece siempre como el prototipo del rey bueno y justo, del rey según el corazón de Dios.
A este David Dios le hizo una promesa: que suscitaría entre sus descendientes uno que sería el rey de la paz, que reuniría de nuevo a todo el pueblo y que como Hijo de Dios, traería su presencia al pueblo. Y desde entonces en Israel fue creciendo la esperanza de ese Mesías prometido que instauraría definitivamente el reinado de Dios en medio de los hombres.
Como respuesta de esta promesa viene Jesús, a quien hoy en la Liturgia Solemne de este último domingo del año litúrgico, proclamamos en su título de rey del universo.
Pero a la vista salta que Jesús no es un rey convencional, que su reinado lejos de ser al estilo del reinado de David, está por fuera de toda pompa y de todo lo que la realeza conlleva. Y entonces, podríamos preguntarnos ¿qué tipo de rey es Jesús? ¿Cuál es su reino?
Lo primero que tenemos que decir para responder a esta pregunta es que desde el comienzo de su ministerio público, Jesús presentó su misión entre los hombres como el anuncio de la llegada del Reino de Dios.
Un reino que puso en marcha por medio de gestos y palabras con las que invitaba a los hombres a entrar por el camino de la conversión, es decir, a abrirle de par en par las puertas a Dios para dejar que Él viniera a habitar en medio de ellos y de esta manera se pusiera en marcha el proyecto de la nueva creación hasta el día en que Dios fuera todo en todos.
Cuando leemos los Evangelios lo único que encontramos es justamente la pasión de Jesús por este proyecto de instaurar el Reino de Dios; un Reino que se basa en los principios de la violencia, de la imposición, del dominio, sino todo lo contrario, un Reino que pasa por la lógica del grano de mostaza, es decir que está escondido, actuando en la sencillez del corazón del hombre que se abre a su acción.
Seguramente un proyecto como este desilusionó a muchos en Israel, que esperaban con anhelo la llegada de un mesías salvador que viniera como un gran rey a someter a los pueblos y a dominarlos políticamente. El relato del Evangelio que hemos escuchado nos muestra justamente esto: ante el título de rey de los judíos puesto colocado en la cruz, las únicas respuestas son las burlas de muchos, que se escandalizan de un rey crucificado.
Pero el camino de Dios no es el de la gloria humana, al contrario, su Reino según nos dice Jesús sólo lo poseen y los viven los pobres de espíritu, los sencillos de corazón, como aquel ladrón, que en el instante final de su vida alcanzó a ver lo que nadie veía, y alcanzó a descubrir en el crucificado el rostro misericordioso de Dios que le ofrecía su perdón; y porque se mostró arrepentido, y deseoso de ver a Dios, alcanzó el gozo del Reino, de la presencia de Dios en su vida.
San Pablo nos ha dicho en la segunda lectura que Jesús, por su sangre derramada en la cruz nos ha sacado de las tinieblas para trasladarnos al Reino de su Padre Dios; y esto es lo paradójico de este día: que el crucificado es el rey, que la cruz es su trono, que las reverencias son las burlas, y que los homenajes que acoge con agrado son los de un corazón humilde y sencillo, dispuesto a dejarse transformar.
Celebrar hoy a Jesús como rey del universo, es proclamar que con Él ha comenzado el cambio más extraordinario que jamás pudo imaginarse en la historia de los hombres; que con Él Dios mismo ha entrado en la historia para señalar el camino que nosotros debemos seguir. Jesús es el Reino de Dios: en Él se ha realizado como en ningún otro el proyecto amoroso del Padre; en sus actitudes de amor, de comprensión, de cariño, de acogida, se deja traslucir la gloria de un reinado que no brilla por el poder de las armas, sino por la sencillez del amor.
Más tarde, cuando ofrezcamos los dones en el altar escucharemos en el prefacio de la misa una descripción bellísima de lo que es el Reino de Dios: el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.
Es a eso a lo que nos está llamando Dios, a que nosotros comencemos a vivir también la lógica del reinado de Dios y a que entrando por el camino de la conversión abramos de par en par las puertas de nuestra vida a la acción de Dios que puede hacer de nosotros hombres nuevos.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Por eso pidámosle al Señor un corazón dócil para escucharlo y para acoger su gracia en nosotros; que viviendo todos los días en la verdad, la santidad, la justicia, el amor y la paz, hagamos desde ya realidad eso que un día gozaremos en el Cielo: la majestad omnipotente del amor de Dios.
4. Contemplación:
Guía esta comunidad que se reune hoy entorno a esta palabra para vivir este momento con el deseo de vivir en miras de trabajar por el Reino de Dios.
