DOMINGO 21 DE DICIEMBRE
IV DEL ADVIENTO
“Dios por su parte os dará una señal”
Isaías 7,10-14; Salmo 23; Romanos 1,1-7; Mateo 1,18-24
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Unidos a toda la Iglesia, estamos celebrando hoy el cuarto domingo de nuestro Adviento, camino de preparación para celebrar la fiesta de la Navidad.
Y en vísperas ya de celebrar la fiesta del nacimiento del Señor, la liturgia de este día es todo un grito orante que dirigimos al cielo, con aquellas palabras sencillas que aprendimos a cantar desde muy pequeños: Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto¡, palabras que nos recuerdan a todos nosotros la necesidad que tenemos de Dios, de su presencia, de su amor, de su salvación.
Es precisamente esto lo que quiere mostrarnos hoy la Palabra de Dios, que el Señor nos regala para nuestro consuelo y esperanza, ya que toda ella es un anuncio de la cercanía del Señor: “Va a entrar el Señor, Él es el rey de la gloria”, como repetíamos al Salmo responsorial.
Y esta proximidad del Señor, esta entrada suya en el mundo, comienza a develarse precisamente en el texto del Evangelio que acabamos de escuchar: “José, no tengas reparo en tomar a María tu mujer por esposa, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”, decía el ángel en su anuncio.
En María, en su maternidad divina, comienza a brillar el día de la salvación que el Señor había prometido a su pueblo por medio de los profetas; en María, en su seno virginal, tal y como lo anunciaba Isaías, está el Emmanuel, el Dios con nosotros; en María, en su vientre está Jesús, aquel que salvará al pueblo de sus pecados como ha dicho el mismo ángel en su anuncio a José.
Pero ¿qué significado tiene para nosotros todo esto? ¿qué puede significar para los hombres del siglo XXI, el acontecimiento de la encarnación del Señor?
Para responder a esta pregunta, yo quisiera invitarlos a que nos detuviéramos un momento a reflexionar la bellísima primera lectura que hemos escuchado, tomada del libro de Isaías: la señal que el Señor Dios da al rey Acaz.
Si nosotros nos fijamos en la historia de Israel, podremos descubrir cómo bajo el reinado de Acaz, el pueblo de Israel vive uno de los momentos más difíciles de su historia: un pueblo enemigo, el pueblo sirio se decide atacar Jerusalén, y el pueblo tiene que armarse para enfrentar la amenaza de guerra y de terror que se acerca.
Pero ante un pueblo y un rey que vacilan, llenos de miedo y de incertidumbre ante el enemigo, Dios entra en la historia, brindando una palabra de consuelo, e invita a Acaz a renovar su fe y su confianza en Él, que es el único en quien está y de quien depende la suerte de Israel.
Pero el mismo rey, agobiado por las circunstancias y las preocupaciones, vacila, teme, no se atreve a dar una respuesta de fe y de confianza en el Señor; pero esa falta de fe no detiene la obra salvadora de Dios, sino que por el contrario revela la fuerza de su amor: “El señor por su cuenta os dará una señal: Mirad, la virgen está en cinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros”.
Ante la falta de fe, ante las dudas, ante las incertidumbres, el Señor no abandona a su pueblo, al contrario, en esos momentos de angustia, de desesperanza, Dios mismo nos regala una señal de su amor, viviendo a habitar en medio de nosotros, a construir la historia con nosotros.
Casi que si nosotros nos detenemos a pensar en la situación también dramática que vive nuestra sociedad y nuestro mundo, nosotros descubrimos que el peso de los problemas, cuando vemos tantos rostros de dolor y de sufrimiento, cuando vamos perdiendo la ilusión de un mundo mejor, el Señor nos invita a que nosotros renovemos nuestra fe en Él.
Pero esta no es una tarea fácil, menos cuando nuestra misma sociedad nos ha intentado vender un modelo falso y equivocado de la vida, invitándonos a construir una sociedad sin Dios.
Pero el Señor hoy vuelve a desafiarnos y regalarnos una señal, la misma que dio a su pueblo, la misma que encontramos si miramos al pesebre: allí no encontramos más que el hijo de una mujer humilde, pero que visto con los ojos de la fe, es el Emmanuel, el Dios con nosotros, que viene a salvarnos, a liberarnos del pecado que nos esclaviza, a solidarizarse con nuestro dolor y con nuestro sufrimiento, y a devolvernos la esperanza y la ilusión de que un mundo mejor sí es posible.
Ante un mundo como el nuestro, cargado de tanta soberbia, donde el valor del dinero y de lo material se impone por encima de todo lo demás, donde la violencia impone su ley, trayendo dolor y angustias por todas partes; ante nuestro mundo, ante nosotros, el Señor hace brillar nuevamente el rostro de un niño, del hijo de la doncella, de aquel que viene al mundo como luz del mundo.
Es por eso que la encarnación del Señor es para nosotros todo un desafío: Dios quiere vivir con nosotros, pero cuenta con que nosotros le abramos un espacio en nuestra vida y en nuestro corazón.
Por eso son tan significativas esas palabras de Dios por boca del profeta: “Escucha, casa de David, ¿no os basta con cansar a los hombres que cansáis incluso a mi Dios”; palabras que son todo un reclamo que el Señor nos hace a todos nosotros, para que abramos de una vez por todas un espacio al Señor en nuestra vida y en nuestro corazón.
El Señor ya nos ha dado una señal: “La virgen está en cinta”, y con ello se ha puesto en marcha todo el plan de la salvación que el Señor tiene para nosotros, ahora depende de nosotros que queramos acogerlo en nuestra vida, con la certeza de que “sin Él nada podemos hacer”, sin Él no tenemos esperanza.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Vamos a pedirle al Señor hoy que nos regale el don de la fe, para poder recibirlo a Él en nuestras vidas, para poder comprender en su nacimiento humilde en el portal de belén, la grandeza del Dios que se hace nuestro compañero de camino, del Emmanuel, del Dios con nosotros.
4. Contemplación:
Que ésta preparación nos lleve a celebar con mayor fervor el misterio de su nacimiento, en cuanto más se acerca la fiesta de la Navidad. Amén.
