DOMINGO 18 DE ENERO
II DEL TIEMPO ORDINARIO
“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”
Isaías 49,3.5-6; Salmo 39; 1 Corintios 1,1-3; Juan 1,29-34
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Cuando Abraham subía hacia la cumbre del monte Moria, donde según la orden de Dios debía sacrificar a su hijo, Isaac, que no sabe nada de lo que ocurre alcanza a percibir que en su caminata llevan todo lo necesario para el sacrificio: leña, fuego, cuchillo, pero falta lo fundamental: el Cordero; y entonces Isaac le pregunta a su padre: ¿dónde está el Cordero para el sacrificio? Y Abraham, sin querer revelarle a su hijo que él es el que debe ser sacrificado según la orden de Dios, prefiere responderle: “Dios proveerá el cordero”.
Y en verdad que Dios proveyó el cordero, pues cuando Abraham estaba en la cumbre del monte Dios logró probar su fe cuando se disponía a sacrificar a su hijo, y entonces detiene el ritual y le ofrece a Abraham un cordero enredado entre las zarzas, que muere es sacrificado en lugar de Isaac.
Sin embargo, ese cordero sacrificado ese día en la cumbre del monte Moria, era sólo una figura del verdadero Cordero que Dios iba a enviar para que con su sacrificio quitara el pecado del mundo.
También en la noche de la Pascua, cuando Israel se disponía a salir de Egipto, Moisés recibió la orden del Señor de que los israelitas sacrificaran un cordero y que comieran su carne, mientras con su sangre rociaban los dinteles de las puertas de los lugares donde se encontraban, para que el ángel exterminador pasara de largo.
Y en verdad que la sangre de aquel cordero libró a los primogénitos de Israel de la muerte y permitió la liberación del pueblo de la esclavitud; sin embargo, también aquí ese cordero era sólo una figura del verdadero Cordero de Dios, que con su sangre derramada quitaría el pecado del mundo.
También muchas veces los sacerdotes de Israel ofrecieron en los altares y en el templo de Jerusalén muchos corderos como sacrificio de expiación por los pecados del pueblo y como oblación que garantizaba la comunión con Dios. Y de hecho, cada año escogían un chivo expiatorio sobre el que se imponían las manos para cargarle todos los pecados del pueblo, y luego de enviarlo al desierto, su muerte garantizaba el perdón que Dios ofrecía a su pueblo.
Sin embargo, todos esos corderos y chivos expiatorios eran sólo signo de aquel que bien profetizó Isaías será como cordero llevado al matadero que cargaba con los pecados de su pueblo, que nos curaba con sus heridas y que asumía el castigo por nuestra salvación.
Todos esos corderos eran en definitiva la imagen de Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como nos lo presenta Juan el Bautista en el Evangelio de hoy, indicándonos con ello la misión a la que fue enviado por el Padre: en Jesús, Dios se ha hecho cordero, para reconciliarnos, para salvarnos.
Esas palabras de Juan son nada menos que el anticipo del misterio de la cruz donde se inmolará el verdadero Cordero, que con su sangre ha lavado nuestros pecados.
En Jesús Dios se ha puesto de nuestra parte, y al hacerse Cordero ha emprendido la lucha contra el pecado que nos esclaviza, que nos ata, que nos domina, para liberarnos definitivamente de la atadura del mal.
Sin embargo, es triste ver con qué facilidad nosotros vivimos y nos acomodamos a las estructuras de pecado y con ello anulamos la acción de la gracia en nosotros; tal vez a eso se refería San Pablo cuando dijo: “hay unos que se muestran enemigos de la cruz de Cristo”; que dejan en vano la gracia del amor que Dios nos ha manifestado al entregarnos el Cordero que quita nuestros pecados.
La liturgia de este día se convierte entonces en un llamado de atención que nos hace el Señor para que también nosotros emprendamos la lucha contra el pecado y contra el mal que nos separan de su amor, y dejándonos reconciliar con Dios podamos ser contados entre los seguidores del Cordero triunfante que muriendo nos ha redimido y resucitando nos ha dado vida nueva.
En unos momentos en el altar presentaremos al Cordero de Dios… pero debemos pensar que para recibirlo hace falta que de verdad dispongamos nuestro corazón, que emprendamos el camino de la conversión y la lucha contra el pecado en nosotros.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Tenemos una certeza: Él nos ayuda con su gracia y nos fortalece con el alimento de su Cuerpo y de su Sangre; pero pidámosle que de verdad, reconociendo su amor y su gracia, nos ayude a que su gracia no quede en vano en nosotros, sino que de verdad produzca frutos de salvación.
4. Contemplación:
Que María, llamada por la tradición de la Iglesia la Cordera sin mancha de la que nació el Cordero Inmaculado, nos ayude a acoger la salvación que nos regala su hijo con frutos de conversión y cambio en nuestra vida.
