DOMINGO 8 DE FEBRERO
V ORDINARIO
“Entonces brillará tu luz como antorcha”
Isaías 58,7-11; Salmo 111; 1 Corintios 2,1-5; Mateo 5,13-16
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Los domingos anteriores, la liturgia de la Palabra ha comenzado a presentarnos el misterio de Jesús; se nos ha dicho que es el Cordero de Dios y que ha venido de parte de Dios a anunciar la llegada de su Reino en medio de los hombres; pues bien, la liturgia de este fin de semana se enfoca ahora en la figura de los discípulos, a los que Jesús comienza a revelarles el proyecto de lo que Él quiere que ellos sean.
Y para indicarles el camino que han de seguir, el Señor utiliza dos imágenes muy significativas que hemos escuchado en el Evangelio: ser sal de la tierra y ser luz del mundo.
La imagen de la sal es bien significativa, ella es usada normalmente para dar sabor a las comidas, y en la antigüedad, en ausencia de refrigeradores, era también usada para preservar los alimentos.
Ambos usos, aplicados a la imagen del Evangelio, resultan bien interesantes: en primer lugar, los cristianos somos llamados a dar sabor al mundo; pero no un sabor cualquiera, sino el sabor de Dios.
Tal vez era esta la imagen que se usaba antiguamente cuando en el día del bautismo a los niños se les daba a probar por primera vez la sal, como mostrándonos que la existencia cristiana tiene un sabor distinto al de los demás, porque tener a Dios en la vida y en el corazón tiene que dar un sentido distinto a la vida.
Lástima que tantos cristianos tantas veces nos vamos mimetizando con el mundo y con su estilo de vida, y vamos perdiendo el sabor… lástima que esa cultura de la deshonestidad, de la corrupción, de la mentira, de la violencia vaya calando en nuestra vida y nos vaya haciendo perder el sabor… cuántos de nosotros hemos perdido el sabor de Dios, y entonces como dice el Señor en el Evangelio: “si la sal pierde su sabor no sirve más que para tirarla y que los demás la pisen”.
Hay tantos cristianos que tristemente han destruido el proyecto que Dios tenía para ellos, cambiándolo por los proyectos del mundo, esos que ofrecen felicidad aparente pero que luego dejan vacía la vida… esos cristianos ya no sirven para nada, han perdido su sabor, ya no son verdaderos discípulos del Señor.
Lo mismo pasa con la imagen de la sal que sirve para preservar: los cristianos estamos llamados a preservar los valores del Reino; de hecho, tenemos en nuestra vida el mejor de los tesoros que es la experiencia de Dios y tendríamos que custodiarla para que las tentaciones no la echen a perder. Sin embargo, cuántas veces en lugar de preservar los valores del Reino nos aferramos más bien a nuestras situaciones de pecado que en lugar de preservar pudren.
Y la imagen de la luz es igualmente llamativa: es curioso que los domingos anteriores hayamos escuchado repetidas veces que a Jesús se le llamaba y se le identificaba como la luz; pues bien, Él nos ha comunicado su luz, es el bellísimo signo que se usa aún hoy en el bautismo, cuando se enciende la luz del cirio pascual que se entrega a los padres y padrinos.
La luz de Dios se ha encendido en el corazón de cada uno de nosotros… y como dice el Evangelio, no se enciende una lámpara para meterla debajo del cajón, sino para alumbre a todos los de la casa.
Los cristianos estamos llamados a ser luz que transmita esperanza, que ilumine tantas oscuridades y tantas tristezas de nuestro mundo, que saquen a la luz las obras de cuantos habitan en tinieblas para dejar que la luz de Dios pueda seguir llegando a muchos.
No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte, decía el Señor en el Evangelio, mostrándonos con ello que los cristianos estamos llamados a ser en medio de tantas oscuridades una ciudad luminosa, capaz de irradiar la luz y la presencia de Dios a los demás.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
¿Y cómo podemos ser luz? El profeta Isaías en la primera lectura nos lo explicaba muy bien: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces brillará tu luz como la aurora”.
En un mundo lleno de indiferencias e injusticias, los cristianos debemos brillar por la caridad, y por la coherencia de vida, que nos ayude a ser un verdadero testimonio de la presencia de Dios.
4. Contemplación:
Que el Señor nos ayude a ser sal y luz, a ser verdaderos testigos de la fe que profesamos, entonces los hombres que nos vean podrán dar gloria al Padre del cielo.
