DOMINGO 22 DE MARZO
V DE LA CUARESMA
“Vayamos también nosotros a morir con él”
Ezequiel 37,12-14; Salmo 129; Romanos 8,8-11; Juan 11,1-45
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
- En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Hemos llegado al quinto domingo de la Cuaresma, ya el próximo domingo estaremos dando inicio a la conmemoración anual de la Semana Mayor, que nos conduce a la celebración del triduo de la Pascua de nuestra redención.
Y mientras se acerca el momento gozoso de la Pascua, la Iglesia, por medio de la Liturgia de la Palabra de este día nos invita a continuar nuestra meditación en torno al misterio del Bautismo que renovaremos en la solemne vigilia Pascual.
Y si hace quince días fue el signo del agua, y hace ocho días el de la luz; hoy las lecturas nos invitan a comprender el Bautismo desde la óptica de la muerte y la resurrección.
No hay duda de que el misterio más grande y que más dudas nos genera como seres humanos es el de la muerte, en primer lugar por lo inescrutable que es, porque así quisiéramos no podemos conocer nada respecto de ella, sino que aparece sin ser invitada y arranca de un tajo el don de la vida; y sobre todo porque desafía nuestra relación con Dios, a quien muchas veces le preguntamos ¿por qué mueren las personas que amamos? ¿Por qué mueren las personas buenas y no los malos?
Son las mismas preguntas que rondaban en el corazón de Marta de Betania, que en un doloroso reclamo y llena de pesar sólo alcanza a decirle al Señor: ¡Si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto!
Sin embargo, Jesús aprovecha esta ocasión para abrir los ojos de la fe y permitir que Marta descubra el misterio más profundo de la existencia cristiana: “Yo soy la resurrección y la vida, le dice, el que cree en mí, aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”.
Las palabras que Marta de Betania escuchó sintetizan todo el misterio de la fe, que se nos ha abierto en el misterio Pascual de Cristo; y es que con su Resurrección hemos descubierto que no estamos condenados a la muerte, que la muerte no tiene la última palabra en nuestra existencia; sino que como nos ha dicho San Pablo en la segunda lectura de hoy: “si en nosotros habita el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos, Él mismo nos resucitará a nosotros”.
Este es el misterio más hondo de nuestra realidad cristiana: en el Bautismo hemos muerto con Cristo y si nos hemos sumergido en el misterio de su muerte, tenemos la esperanza cierta de que también un día nos uniremos al misterio de su resurrección, cuando Dios sea todo en todos.
Por el Bautismo hemos sido hechos hijos de Dios y herederos de la vida eterna. Por eso el día de Pascua escucharemos a San Pablo decir: “si hemos resucitado con Cristo, busquemos los bienes de allá arriba, no los de la tierra”; porque visto desde la fe, el desenlace de nuestra vida no es la triste muerte, sino la vida eterna que nos aguarda en el cielo.
Y Jesús, después de revelarle este misterio a Marta le pregunta: ¿crees esto? Y ella respondió: “Sí Señor, yo creo que Tú eres el Mesías”; también a nosotros en la noche de Pascua se nos preguntará si creemos en Jesucristo muerto y resucitado, que es Señor de vivos y muertos y que como ha abierto para nosotros las puertas del Cielo; y ese día responderemos “Sí, creo”; como diciendo con ello que nos adherimos a esa promesa de la vida eterna, que aguardamos por la fe y que sabemos Dios nos concederá.
Pero hay un segundo elemento que nos regala este Evangelio para nuestra reflexión, y es el hecho de que Pascua, cada Pascua es siempre la memoria del paso de la muerte a la vida; y nosotros estamos llamados a que en esta Pascua que se acerca podamos también morir; en palabras de Pablo, que podamos crucificar en la cruz de Cristo nuestro hombre viejo para poder resucitar a una vida nueva.
Y en este sentido resulta muy significativa la expresión de Tomás al enterarse de la muerte de Lázaro: “Vamos también nosotros a morir con él”; es una expresión que nosotros deberíamos repetir muchas veces en el camino de esta Cuaresma que estamos viviendo; porque si de verdad queremos vivir una verdadera Pascua, es decir, si queremos recibir la vida nueva que el Señor nos regala, pues hay aún muchas cosas a las que necesitamos morir; por eso que bueno que hoy pensáramos realmente: ¿a qué quiero morir? Tal vez necesitemos sepultar nuestro egoísmo, nuestra pereza, nuestras tristezas, nuestra impaciencia, nuestro pesimismo, nuestra falta de fe, nuestras envidias, nuestros malos deseos, nuestras impurezas, nuestros rencores.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Por eso, si queremos de verdad resucitar, pues “Vamos también nosotros a morir con Él”.
4. Contemplación:
Que Dios nos de la gracia de una verdadera conversión para gozar también de la vida nueva que Él nos regala, anticipo de la vida eterna que gozaremos en el Cielo.
