DOMINGO 08 DE MARZO
III DE LA CUARESMA
“Agua que salta hasta la vida eterna”
Éxodo 17,3-7, Salmo 94, Romanos 5,1-2.5-8; Juan 4,5-42
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
- En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
San Pablo en la segunda lectura que hemos escuchado nos ha dicho que por medio de la fe, recibida en el Bautismo hemos tenido acceso a la gracia de Dios que se manifiesta en nosotros. Esta es una certeza que tendríamos que tener todos nosotros como cristianos: que no hay día en nuestra vida tan grande como el día de nuestro Bautismo, porque es el día en el que sumergiéndonos en el misterio Pascual de la muerte de Cristo, hemos sido llamados a la vida eterna por el Espíritu Santo, que como dice San Pablo en esa lectura, se ha derramado en nuestros corazones para hacernos hijos de Dios.
Justamente ese misterio de la participación en la vida divina por el Bautismo es el que renovamos cada Pascua, cuando en la Vigilia Pascual hacemos la renovación de nuestros compromisos bautismales, con los que nos adherimos a la vida de la fe que nos permite ser hijos en el Hijo por la gracia del Espíritu.
La Cuaresma, que es ese camino que hacemos hacia la Pascua quiere justamente invitarnos a nosotros a renovar nuestra vida cristiana en vistas de la renovación de nuestro bautismo en la noche de Pascua, y por eso, la liturgia de la Palabra de estos últimos tres domingos de Cuaresma nos invitará a nosotros a hacer un itinerario por lo que significa el Bautismo en nuestra vida cristiana, para que comprendiendo su grandeza, nos preparemos realmente para renovar su gracia en nuestra vida.
Es por eso que la Liturgia de la Palabra de este domingo se centra en la imagen del agua, el signo por excelencia del bautismo, y la fuente de donde ha brotado la vida divina en nosotros.
Fijémonos como el texto del Evangelio que acabamos de escuchar justamente se teje como un diálogo en torno a las imágenes del agua y la sed.
Jesús llega hasta el pozo de Sicar, el pozo que Jacob había dado a sus hijos, y extenuado del viaje, y ante el sofocante calor del medio día, siente sed, por lo que aguarda que alguna de las mujeres, que eran las que tradicionalmente llegaban al pozo a sacar el agua para sus casas, le diera de beber.
Sin embargo, en el transcurso del relato el Evangelista juega con la imagen de la sed para mostrarnos que en realidad la verdadera sed no es la de agua, sino la sed de una vida plena y feliz que experimenta la Samaritana.
Ella lleva muchos años buscando como ser feliz, de hecho, como se lo revela Jesús, ha tenido cinco esposos, y con ninguno ha podido alcanzar calmar el ansia de felicidad que tiene.
Esa imagen de los cinco maridos es muy significativa, se trata de una mujer que ha buscado, que ha luchado ser feliz, pero aún no encuentra la manera; y entonces ella, como lo dice el verso de una canción tiene hambre y sed, pero no es un hambre de pan ni es la sed de agua, son motivos de vivir lo que le faltan.
¿No nos pasa lo mismo a nosotros que tantas veces vamos por la vida con ansias de alcanzar la vida plena y feliz pero sin poder hallarla? Y lo peor de todo es que siempre se nos presenta una tentación: buscar la felicidad por caminos fáciles, por caminos que no conducen a ninguna parte.
En este sentido era muy significativa la imagen de la primera lectura: el pueblo de Israel que ha salido de la esclavitud de Egipto siente sed, y eso lo hace pensar que el camino es difícil, y entonces quiere volver atrás. Es algo escandaloso: prefieren estar en la esclavitud de Egipto, prefieren buscar una felicidad cómoda que luchar por la felicidad verdadera.
Eso es lo que le revela Jesús a la Samaritana, que sus búsquedas de felicidad sólo tienen una respuesta adecuada: y esa respuesta es sólo Dios, a quien hay que adorar en espíritu y en verdad, es decir, a quien hay que abrirle la vida por completo, porque lejos de Él nunca tendremos la vida plena y feliz, estaremos siempre sedientos y cansados, como tierra reseca, agostada, sin agua, para usar la imagen de uno de los salmos; en cambio, cuando tenemos a Dios en la vida, nuestra vida cobra todo su sentido, tanto que se convierte en un manantial que salta hasta la vida eterna.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
No hay que buscar la felicidad lejos de Dios, hay que buscar más bien el pozo del amor de Dios y refrescarnos con el agua de su amor, la única agua que puede apagar realmente nuestra sed.
Esa agua la hemos recibido en el bautismo, y la volveremos a recibir en la noche de Pascua cuando se derrame el agua sobre nosotros; pero la recibimos también en la Reconciliación, que es agua que nos limpia y purifica.
4. Contemplación:
Acerquémonos pues a esta agua, acerquémonos al Señor que puede darnos el agua viva, y pidámosle que nos ayude a sentir el gozo de que su presencia y su amor, calmen nuestra sed de felicidad y nos regalen motivos para caminar hacia el encuentro con Él.
