DOMINGO 05 DE ABRIL
DOMINGO DE RESURECCIÓN
“Su vida está escondida con Cristo en Dios”
Hechos 10, 34a.37-43; Salmo 117; Colosenses 3, 1-4; Juan 20, 1-9
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
La Liturgia de la Palabra que nos regala la Iglesia en este día Solemne de Pascua comienza con una proclamación fuerte y profunda en labios del apóstol Pedro, cuando en casa de Cornelio proclama el misterio de Jesús, a quien dice: lo mataron colgándolo de la cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día.
Ese es el misterio que hoy estamos celebrando con alegría en la Iglesia: el misterio del amor infinito del Padre que ha madrugado al sepulcro a resucitar a su Hijo Jesucristo. Este es el motivo de la alegría de la Iglesia que hoy todos cantamos al entonar de nuevo el Aleluya, que es el himno con el que cantamos las alabanzas del Señor y celebramos que su diestra es poderosa, como nos decía el Salmo responsorial que hemos proclamado.
Sin embargo, debemos pensar que la liturgia de este día nos invita no sólo a contemplar el misterio de la Resurrección de Jesús, sino a pensar que también en nosotros y en nuestra vida, su Resurrección debe decirnos algo, debe generar en nosotros también una vida nueva. San Pablo nos lo ha dicho de una forma directa: “ustedes han resucitado con Cristo”; para el apóstol la Pascua que celebramos no es sólo la de Cristo, sino también que nosotros estamos llamados a pasar con Él, a dejar que su Resurrección nos transforme.
Y San Pablo agrega que resucitados con Cristo debemos “buscarlos bienes de arriba”, “Poner todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra”; y con ello nos invita a que nosotros comprendamos que la vida de resucitados no comenzará el día que vayamos al encuentro del Señor en el cielo, sino que comienza aquí y ahora si de verdad nos decidimos a pasar con Cristo.
Un adagio muy sencillo resume esa invitación: “Si no pasamos con Cristo que pasa, pasamos con este mundo que pasa”. Vivimos en un mundo caduco, en un mundo marcado por el egoísmo, la ambición, las luchas de poder y los deseos de venganza. Este mundo nuestro es el mundo del viejo Adán, dominado por el pecado que rompe nuestra relación con Dios, con los hermanos, con nosotros mismos e incluso con el mundo que nos rodea. Este mundo es un mundo que pasa. El Apóstol San Juan lo dice muy bien en su primera carta: “Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y también sus pasiones”. El problema es que muchas veces no somos conscientes de esto y nos apegamos a lo que el mundo nos ofrece como si fuera definitivo, en lugar de comprender que el poder, el tener, los ídolos que nos fabricamos, los pedestales que nos formamos, todo eso pasa.
Y como dice ese adagio: si nos apegamos a lo que pasa corremos el riesgo de pasar con este mundo que pasa; corremos el riesgo de vivir una vida vacía, una vida que se diluye entre luchas y cansancios.
Pero tenemos otra opción: pasar con Cristo que pasa; es decir, hacer Pascua con Cristo, asumir en nosotros su vida nueva, permitir que en nuestro corazón comience a aparecer el hombre nuevo, ese que está escondido con Cristo en Dios; y entonces podemos comenzar a vivir la vida que no pasa desde aquí y desde ahora, asumiendo la vida de Dios que se manifiesta en el amor, la verdad, la alegría, la paz, la comprensión, la solidaridad, la piedad sincera.
El que pasa con Cristo que pasa, en realidad no pasa, más bien entra en la dimensión nueva de la vida eterna que se ha puesto en nosotros como una semilla desde nuestro Bautismo y que debe comenzar a crecer y madurar con esos frutos de vida nueva.
- Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Hermanos: esta celebración es como un nuevo llamado que nos hace el Señor en estos días de Semana Santa para decirnos que necesitamos permitir que Cristo se forme en nosotros, que su vida sea nuestra vida, que su amor ame en nosotros, que su caridad se exprese en nuestras obras, que su luz resplandezca en nuestras obras, que su paz reine en nuestra vida. Eso es lo que significa pasar con Cristo que pasa.
4. Contemplación:
Que esta celebración nos permita no sólo celebrar la alegría de que Cristo ha pasado de la muerte a la vida, sino que nos lleva a permitir que también en nosotros haya vida nueva, haya Resurrección; es a eso a lo que hemos sido llamados, para que al final, como nos decía la segunda lectura de hoy, cuando se manifieste Cristo, vida de nosotros, entonces también nosotros se manifestó gloriosos, juntamente con él.
Felices Pascuas de Resurrección.
