DOMINGO 19 DE ABRIL
III DE LA PASCUA
“LO RECONOCIERON AL PARTIR EL PAN”
Hechos 2, 14.22-23; Salmo 15; 1 Pedro 1,17-21; Lucas 24,13-35
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
- En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
- En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Estamos celebrando el tiempo de Pascua; el tiempo que da sentido a nuestra vida de fe, pues como nos dice San Pablo, “si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe y vana sería nuestra predicación”.
La Pascua nos invita a vivir la novedad de ese anuncio que escuchábamos en el día de la Resurrección: “NO ESTÁ AQUÍ, HA RESUCITADO”, y que nos pone frente al gran misterio de la fe que celebramos.
Los primeros que tuvieron la experiencia del significado de la resurrección fueron los discípulos. Los evangelios no tienen miedo alguno en presentárnoslos como estaban tras la muerte de Jesús: estaban desconcertados. Los mismos evangelios, en el relato de la pasión nos han mostrado como todos huyeron, abandonando a Jesús; ellos estaban amedrentados, se encerraron por miedo a los judíos, las mismas mujeres, huyen del sepulcro llenas de temor; los apóstoles estaban llenos de temor y de dudas; estaban incluso decepcionados como lo vemos en el camino de Emaús que hemos leído en el Evangelio de hoy.
Para los apóstoles no bastaba lo que habían visto, no bastaban los milagros para no quedar desconcertados por la muerte del maestro; estaban decepcionados: la condena a muerte de Jesús los había trastornado de tal manera que habían perdido la esperanza. “nosotros esperábamos que Él fuera el liberador de Israel, pero van ya tres días desde su muerte” dicen los discípulos de Emaús, como queriendo mostrar que con la muerte de Jesús todo había acabado, la aventura con Jesús había terminado, estaban llenos de nostalgia, de temor, de angustia, de desesperanza.
¿No vivimos nosotros de la misma manera? ¿No nos hemos dejado arrastrar por la cultura de la muerte que nos rodea y hemos comenzado a perder la esperanza en Jesús?, viendo tanto dolor que hay en los rostros de tantos hermanos nuestros, tantas angustias, tantos sufrimientos, tanto mal que parece apoderarse del mundo, seguramente nosotros nos hemos comenzado a dejar arrastrar por el miedo, por el temor, y vamos perdiendo la esperanza.
Pero es un consuelo leer los evangelios de la resurrección, porque Jesús no se escandaliza de esta fragilidad de los discípulos, al contrario se acerca a ellos con todo el amor y les da tiempo para que puedan entender lo que ha pasado; es lo que pasa con los discípulos de Emaús, a quienes se les acerca como caminante, para revelarles su presencia resucitada.
Fijémonos cómo después de que ellos le han contado de los sucesos que han ocurrido en Jerusalén, Él comienza por explicarles las escrituras.
Es una insinuación muy interesante del Evangelio: Jesús deja que la Palabra hable al corazón de estos hombres, les permite que la Palabra ilumine su corazón, sus dudas, sus miedos… es tan fuerte lo que encuentran en la Palabra, que al final del relato dicen: “acaso no ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras”.
La Palabra de Dios es siempre un lugar privilegiado para encontrarnos con Cristo resucitado: a través de ella Él sigue iluminando nuestra vida y hablando a nuestras diversas situaciones. Luego, cuando Él hace ademán de seguir adelante, y ellos le dicen esas bellísimas palabras: “quédate con nosotros Señor”; detrás de ese gesto se esconde una nueva insinuación del Resucitado: a Él no sólo lo encontramos en la Palabra, lo encontramos también cuando somos capaces de acoger en nuestra casa al hermano que sufre, cuando compartimos con el necesitado, cuando somos caritativos y solidarios; porque en nuestros hermanos que sufren está escondido el rostro de Cristo crucificado que sigue sufriendo en el dolor de nuestros hermanos.
Luego viene el compartir de la mesa, y allí, al partir el pan, se les abren los ojos y lo reconocen. Fijémonos cómo es significativo desde este texto descubrir que la mejor presencia del resucitado, la más elocuente, es sin duda su presencia Eucarística.
En el pan partido y compartido Él se hace nuestro alimento, Él nos fortalece; en la Eucaristía Él sigue acompañándonos todos los días hasta el fin del mundo.
Y finalmente tras reconocerlo, ellos vuelven a Jerusalén, ahora en una alegre procesión y al llegar encuentran a la comunidad reunida que también ha tenido la experiencia del Resucitado.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
En la comunidad, donde dos o tres se reúnen en el nombre de Jesús, allí también Él se hace presenta, para consolarnos con el afecto de nuestros hermanos. Qué bueno que nosotros acojamos esta insinuación que nos hace hoy la Palabra de Dios, que en medio de las dificultades, problemas y angustias de cada día sepamos descubrir la presencia del Señor que nos habla en su Palabra, que se nos muestra en el rostro de tantos hermanos que sufren, que nos fortalece con su presencia Eucarística y que nos abraza en el afecto de la comunidad.
4. Contemplación:
Que esta Pascua sirva para que, haciendo experiencia del Señor resucitado, podamos decir como los discípulos: “Es verdad, resucitó el Señor”, Aleluya
