DOMINGO 31 DE MAYO
SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
“NOSOTROS HEMOS CONOCIDO EL AMOR QUE DIOS NOS TIENE Y HEMOS CREÍDO EN ÉL»
EXODO 34, 4b-6.8-9; Daniel 3, 52-56; 2 CORINTIOS 13, 11-13; JUAN 3, 16-18
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Yo quisiera invitarlos a que comenzáramos nuestra reflexión de hoy, haciéndonos una pregunta: ¿qué tenemos en común todos los que estamos reunidos hoy en este templo?, ¿por qué siendo todos tan distintos en cuando a la edad, a las ocupaciones y a los estilos de vida, nos reunimos en un mismo lugar?
Y la respuesta no es otra que la fe que juntos profesamos; como bien lo dice San Pablo: “Un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo, un solo Dios y Padre”.
Los que estamos aquí reunidos en este Domingo, lo hacemos porque cada uno, a su manera y desde sus posibilidades, ha podido tener una experiencia de Dios, se ha encontrado con Dios en su vida, y producto de ese encuentro ha brotado la fe, que es la respuesta adecuada del hombre a la presencia y a la acción de Dios.
Nos reunimos aquí, unidos en la diversidad, porque todos nosotros profesamos una misma fe, que no es solo nuestra, es la fe de la toda la Iglesia, que nos gloriamos de profesar.
Y precisamente la liturgia de este día, quiere invitarnos a que profundicemos en la experiencia de nuestra fe, y por eso nos presenta la Solemnidad de la Santísima Trinidad, que es el fundamento de la fe de la Iglesia.
Celebrar a la Santísima Trinidad, es celebrar a Dios, que es Padre, que es Hijo y que es Espíritu Santo, es decir, que es comunidad de amor, eso es lo que estamos diciendo cuando repetimos esa fórmula que aprendimos desde pequeños: “Tres personas distintas, pero un solo Dios Verdadero”.
Es el misterio de la fe, que nosotros hemos podido conocer, precisamente porque Dios, en su infinito amor, ha querido revelarse, ha querido darse al hombre, ha querido dejarse conocer por nosotros. Eso era lo que nos decía Jesús en el Evangelio de hoy: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo”.
“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él”, así sintetiza maravillosamente San Juan, lo que significa la experiencia de la fe cristiana.
Hemos conocido el amor de Dios que se nos ha revelado, hemos experimentado a Dios como Padre que se hace cercano a nosotros en su Hijo Jesús, y que siempre nos acompaña con la presencia del Espíritu Santo.
Cada uno de nosotros, aunque de formas distintas, ha tenido esa experiencia de Dios, ha tenido y tiene ese encuentro con Él, cada uno ha podido experimentar de algún modo su amor, su providencia, su misericordia.
Y es que eso es Dios; así lo dice con claridad el apóstol San Juan: “Dios es amor”; y así lo escuchábamos en la primera lectura de este día, cuando el Señor, al pasar frente a Moisés y mostrarle su gloria, se llama a sí mismo: “El Señor, El Señor, Dios clemente y compasivo”.
Y porque hemos experimentado su amor, porque también un día el pasó frente a nosotros revelándonos su gloria, por eso “Hemos creído en Él”.
Si nos fijamos, cada ocho días, cuando en la Eucaristía nosotros profesamos nuestra fe, al rezar el Credo, lo que estamos haciendo es no es simplemente repetir una fórmula abstracta, que muchas veces no compremos, sino que lo que estamos haciendo es decir que también nosotros hemos experimentado en nuestra vida a ese Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que por eso nos unimos a la fe de la Iglesia.
Una fe, que como bien nos lo recordó el Papa Benedicto XVI, no es un simple código de doctrinas o una propuesta moral, la fe es algo más, tal vez algo que no se pueda definir, pero es algo que cada uno de nosotros ha experimentado, y de lo que cada uno de nosotros puede dar testimonio.
Tal vez alguno de los que está aquí pueda decir que ha vivido esa experiencia de Dios durante toda su vida, cuando desde niño aprendió de sus padres a amar a Dios; otros habrán sentido de un modo especial esa presencia de Dios en sus vidas cuando experimentaron su ayuda en una dificultad o en un peligro; otros habrán visto su fe probada en algún momento, cuándo se preguntaron si de veras Dios existía, pero en medio de la noche oscura, ha brillado para ellos la presencia de Dios que ha acrecentado su fe.
En fin, que por eso todos estamos aquí, que por eso nos reunimos cada ocho días en este lugar, para cantar la misericordia del Señor, para proclamar su amor, para contar lo que Él ha hecho por nosotros.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Sólo nos queda pedirle a Él que nos ayude a que nuestra fe no desfallezca ni tropiece, al contrario que todos los días podamos amarlo más, y que siempre podamos experimentar su amor y su cercanía; era eso también lo que pedía Moisés al Señor en su plegaria: “Si he hallado gracia a tus ojos, dígnate caminar en medio de nosotros; aunque seamos un pueblo de dura cerviz, perdona nuestra culpa y nuestro pecado y tómanos como posesión tuya”.
4. Contemplación:
Que Dios camine en medio de nosotros y que podamos reconocer su amor, y crecer todos los días en nuestra fe. Y que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo, estén siempre con nosotros.
