DOMINGO 07 DE JUNIO
SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI
“ESTE ES EL SACRAMENTO, EL MISTERIO DE NUESTRA FE»
DEUTERONOMIO 8, 2-3.14b-16a; SALMO 147; 1 CORINTIOS 10, 16-17; JUAN 6, 51-58
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Hoy es un día muy especial en nuestra Iglesia; es el día en el que la liturgia nos invita a contemplar a Jesús, presente en las especies del pan y el vino consagrados; es un día para contemplar a Jesús Eucaristía, Sacramento de nuestra fe.
La Solemnidad del Corpus Christi, es el día en que la Iglesia celebra que promesa del Señor, de estar presente para siempre entre nosotros, tiene su cumplimiento en cada altar, en el que un humilde sacerdote ofrece al Padre pan y vino, frutos del esfuerzo y el trabajo de los hombres, y que por la acción del Espíritu, se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Por eso, siempre después de las palabras de la consagración, el sacerdote aclama: “Este es el Sacramento, el misterio de nuestra fe”; con la conciencia de que Cristo mismo se ha hecho presente; y aunque los sentidos fallan, porque aparentemente no vemos más que un trozo de pan y un sorbo de vino, la fe nos abre al gran misterio que es anticipo del Cielo y banquete de los hijos, que a un extraño no se da, como escuchábamos en la bellísima secuencia que acompaña la liturgia de esta fiesta.
Es por eso que los cristianos nos reunimos siempre en torno al altar para celebrar la Eucaristía, y es por eso que con fe, nos acercamos para recibir este alimento que es prenda de vida eterna, pues como lo decía el mismo Señor en el Evangelio de hoy: “Mi Carne es verdadera comida” y “Quien come de este pan vivirá para siempre”.
Esa es la grandeza del misterio que hoy celebramos, que es Dios mismo quien así como lo dice uno de los salmos, “prepara una mesa para nosotros”, y “abre su mano y nos sacia”. Fue esa la experiencia que tuvo el pueblo de Israel, cuando en medio de su dura travesía por el desierto, sintió siempre la protección y la providencia de Dios, que hacía llover para ellos pan del Cielo, el maná, manjar con el que alimentaron su cuerpo y fortalecieron su esperanza en Dios.
Pero ese pan, era sólo el símbolo, la figura de lo que habría de venir, pues como nos lo recordaba el Señor en el Evangelio: “quienes comieron el maná en el desierto murieron”; en cambio, “Quien come el pan que ha bajado del cielo, vive para siempre”.
Y es que ya no sólo se nos da pan, sino que, al comulgar, recibimos a Dios mismo que viene a habitar en nosotros. Él mismo se hace alimento, se hace comida, para fortalecernos en nuestra debilidad, para acompañarnos en nuestro camino, para estar con nosotros.
Es por eso que cuando nos dan la comunión, nos dicen: “Cuerpo de Cristo”, porque es a Cristo mismo a quien comemos, es su Cuerpo, es su Sangre, es Él, presente realmente entre nosotros; y por eso respondemos con el “Amén”, que es toda una profesión de fe, de saber que como nos decía San Pablo hoy en la Segunda lectura, el cáliz de la bendición nos une a Cristo por medio de su Sangre, y el pan que partimos, nos une a Cristo por medio de su Cuerpo.
Lástima que muchos de nosotros no somos conscientes de la grandeza de este Sacramento; lástima que muchos de nosotros no vibramos con la Eucaristía, sino que la hemos reducido a un punto más y quizá de los menos importantes en la agenda del domingo; lástima que muchos se nieguen a creer en la presencia real del Señor en el pan y el vino consagrados, y desprecian la presencia del Señor, y no se acercan a comulgar porque no reconocen la grandeza del misterio que se encierra en la humilde apariencia de una hostia, que ya no es hostia, es Cristo mismo.
Es muy triste ver cómo muchos de nosotros pasamos frente al Sagrario sin detenernos un momento para encontrarnos con el Señor que nos espera; o convertimos el templo en lugar de charlas, sin saber que esta es la Casa de Dios, donde Él está presente. Allí en el Sagrario Él siempre nos espera, nos aguarda para que en oración le presentemos nuestra vida, nuestras alegrías y tristezas; el sagrario es el lugar de su presencia, es la morada de Dios entre los hombres, es la tienda del encuentro con el Señor.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Hermanos, celebrar esta Solemnidad del Corpus Christi, es entonces una invitación que nos hace la Iglesia, a que recuperemos el sentido que tiene para nosotros el celebrar la Eucaristía; es un llamado a renovar nuestra fe en este Sacramento, a recibirlo con amor, sabiendo que recibimos a Dios mismo en nosotros.
Estamos llamados a celebrar con intensidad nuestra Eucaristía; a hacer de nuestra Eucaristía del Domingo el centro de nuestra semana; en fin, a que como cristianos, sintamos y experimentemos la presencia de Dios-con- nosotros, al celebrar este que es el Sacramento, el Misterio de nuestra fe.
4. Contemplación:
En sólo unos momentos Dios mismo se hará presente en medio de nosotros, en este altar, en la apariencia del pan y del vino; acojámoslo con amor y dejemos que la luz de la fe brille en nuestros ojos, para poder decirle con amor, aquellas palabras que repetía Santo Tomás de Aquino: Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte. No veo las llagas como las vio Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame. Amén.
