DOMINGO 14 DE JUNIO
11° DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
“Enviados a sanar»
Éx 19,2-6a/Sal 100(99),1-2.3.5(R.3c)/Rm 5,6-11/Mt 9,36–10,8
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Lo más característico de este domingo es que en el evangelio llegamos a una sección que ocupará tres domingos, con el segundo de los grandes «discursos» que nos trae Mateo, el «discurso apostólico» o «de la misión», que habla de los consejos que da Jesús a los colaboradores que él ha elegido y enviado. Hoy leemos el envío de los doce apóstoles. Jesús busca colaboradores que le ayuden, ya en su tiempo, y luego para siempre, en el anuncio y la extensión del Reino de Dios.
Es una página del evangelio siempre de actualidad, porque también ahora «la mies es abundante, pero los trabajadores, pocos». Como ya en el AT se pedía al pueblo de Israel que fuera «misionero» en medio de los otros pueblos.
Éxodo 19, 2-6a. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa
Como preparación al evangelio de la misión de los apóstoles, leemos en el AT una página en la que Moisés recuerda al pueblo, de parte de Dios, la misión que tiene Israel en medio de las naciones: «seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos: seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa». Serán, por tanto, mediadores de salvación para con los demás pueblos.
El salmo nos invita a aclamar al Señor y servirle. El motivo es doble: por una parte, «el Señor es bueno y su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades», y, por otra, «nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño».
Romanos 5, 6-11. Si fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón seremos salvos por su vida!
Pablo sigue desarrollando su tesis fundamental: es Cristo quien nos salva.
Si cuando todavía éramos «pecadores» y «estábamos sin fuerza», porque éramos paganos y no conocíamos a Dios, sucedió el gran acontecimiento de que «Cristo murió por los impíos y nos reconcilió con Dios», mucho más ahora, que ya somos creyentes, podemos «gloriarnos en Dios, por Nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido la reconciliación».
Mateo 9,36 – 10,8. Llamando a sus doce discípulos, los envió
Cuando Jesús, dedicado a su ministerio por los caminos de Palestina, vio que «las gentes estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor», es cuando dijo: «la mies es mucha, los trabajadores (los braceros), pocos», les encargó a sus discípulos que rogasen «al Señor de la mies para que envíe trabajadores a su mies», y envió a los doce apóstoles a participar de su misma misión.
El número doce es ciertamente simbólico: serán los representantes en la Iglesia -nuevo Israel- de las doce tribus del Israel antiguo.
A esos doce se les encarga algo muy comprometido: deben anunciar que el Reino de los Cielos está cerca, pero a la vez deben curar a los enfermos, liberar a los poseídos por el demonio y hasta resucitar muertos. Todo ello desinteresadamente «lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis». De momento, esta misión queda restringida a los pueblos de Judea y Galilea, sin entrar en Samaría ni pasar a otros países paganos. Al final, antes de la Ascensión, sí recibirán el encargo de que vayan a evangelizar a «todas las naciones».
II Toda la comunidad, pueblo sacerdotal y profético
Un aspecto menos conocido de la historia de Israel es que ya en el Antiguo Testamento este pueblo elegido tenía una misión universal. Dios elige al pueblo o a los profetas, no pensando en ellos solos, sino para «enviarlos» a una misión hacia fuera. Hace Alianza con el pueblo, pero hoy le dice que debe cumplir una misión concreta en medio de los pueblos de la tierra: dar a conocer a los otros el amor de un Dios que es salvador, liberador, como lo ha sido para con ellos, los israelitas; el pueblo elegido debe ser signo y mediador de la salvación de Dios.
La dinámica que aparece es fundamental para el que quiere ser testigo. Primero se es testigo presencial, se «ve» una actuación de Dios, y luego se da testimonio de lo visto ante los demás: «habéis visto lo que he hecho… ahora pues, seréis un reino de sacerdotes y una nación santa».
Ahora es todo el pueblo cristiano, toda la comunidad de bautizados, la que participa del «sacerdocio» mediador de Cristo y de su «profetismo». Ser sacerdotes significa ser mediadores. El Mediador y Sacerdote y Profeta único y auténtico es para siempre Cristo Jesús. Pero él mismo envió a los doce apóstoles, y en otras ocasiones a 72 discípulos, o sea, a todos sus discípulos, a colaborar con él en el anuncio y la realización del Reino en este mundo, hasta el final de los tiempos.
Decir que el pueblo cristiano es un pueblo de sacerdotes significa, ante todo, que le debemos llevar a Dios, de parte del resto de la humanidad, nuestras alabanzas, súplicas, protestas, sacrificios; y que, además, debemos transmitir a la humanidad, de parte de Dios, el anuncio del Reino y la Buena Noticia del amor que Dios nos tiene y que se ha manifestado en Cristo Jesús.
Decir que la comunidad es sacerdotal es decir que no se encierra en sí misma, que no ha recibido los dones de Dios para gozarlos ella, sino para difundirlos en el mundo. La comunidad es misionera. Como lo tuvo que ser Israel, pero mucho más ahora la Iglesia de Jesús.
Significa que todos los cristianos -una comunidad religiosa en medio del barrio, una comunidad parroquial, una comunidad diocesana en su región son como fermento de amor en este mundo. Que son puente entre Dios y la humanidad. La Iglesia no se hace propaganda de sí misma, no se anuncia a sí misma, sino a Dios. Significa que todos, los casados y los religiosos, los jóvenes y los mayores, los misioneros y los que se han quedado aquí, se esfuerzan por ser en su ambiente testigos del amor que nos tiene Dios. Ese fue el encargo final de Jesús, en el momento de la Ascensión: «seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría, y hasta los confines del ‘ mundo».
En la Introducción al Misal Romano (en su última edición, del 2002, IGMR 5), el papa Pablo VI, después de afirmar la identidad de los «ministros ordenados», se entusiasma hablando de todo el pueblo cristiano como pueblo sacerdotal: «Se trata nada menos que del pueblo de Dios, adquirido por la Sangre de Cristo, congregado por el Señor, que lo alimenta con su Palabra. Pueblo que ha recibido el llamamiento de presentar a Dios todas las peticiones de la familia humana. Pueblo que, en Cristo, da gracias por el misterio de la salvación ofreciendo su sacrificio. Pueblo, finalmente, que por la comunión de su Cuerpo y Sangre se consolida en la unidad…».
Ante una mies que es abundante, ante un trabajo que es inmenso -a cada generación hay que evangelizarla, porque nadie nace cristiano-, es admirable la colaboración, generosa y eficaz, que aportan tantos laicos a la evangelización y a la vida de la Iglesia: las familias como hogar y escuela de virtudes humanas y cristianas, la escuela con su nobilísima misión de la formación humana, los religiosos y religiosas, cada uno desde su carisma propio, y los que trabajan en los medios de comunicación, los que se dedican al mundo sanitario, cada cristiano en su ambiente de vida y trabajo, los numerosos colaboradores laicos de la labor misionera, lejos de la patria…
Los apóstoles de entonces…
Pero, dentro de esa comunidad que toda ella participa del sacerdocio salvador de Cristo, él mismo estableció a algunos con un ministerio especial. Empezando por los doce apóstoles, que ahora tienen como sucesores a los miembros del colegio episcopal de la Iglesia, ayudados en su ministerio, de modo especial por los presbíteros y los diáconos.
La palabra «apóstol», en griego, significa «enviado». Los primeros apóstoles, a los que Mateo enumera de dos en dos, por un recurso literario sencillo y expresivo, eran doce. Algunos han sido famosos, empezando por Simón Pedro. De otros no sabemos apenas nada respecto a lo que hicieron después de Pentecostés. Uno tiene el mismo nombre que Pedro, Simón, apodado el «zelota» o «fanático». Hay también dos que se llaman Judas, uno de los cuales fue el que traicionó al Señor.
Lo primero que tuvieron que aprender los apóstoles de la primera comunidad fue a «estar con» Jesús, aprender su estilo de vida, imitarle en sus actitudes: en este caso, su capacidad de compasión y de amor a la gente. Con dos expresivas comparaciones tomadas de la vida del campo -las ovejas sin pastor y un campo de mies que necesita más «braceros» para la cosecha- expresa Jesús la situación de su pueblo y la necesidad de que sus colaboradores se pongan con decisión a la tarea.
Ante todo les dice que nieguen a Dios, que es el Señor de la mies, para que él envíe operarios a su mies. Parecería que lo más urgente era ponerse a trabajar, pero Jesús dice que lo primero es rezar…y los de ahora
También hoy mucha gente está cansada, desorientada, como ovejas sin pastor, buscando el sentido de la vida. Los ministros de la comunidad, y la comunidad entera, deberían comprobar ellos mismos la cercanía y el amor universal que mostró Jesús. Pero además debería ser evidente que los ministros de la comunidad «ven» la situación de bastante gente necesitada de ayuda y se llenan de dolor y compasión por ellos. Que aman a su comunidad, como Jesús, que se preocupan por ella, que dedican sus mejores horas y años a tratar de ayudar a todos. El verbo que Mateo emplea para esa «compasión» de Jesús, apunta a una «conmoción del corazón», de las entrañas, en sintonía con el que sufre, con la gente, a la que compara a un rebaño disperso, desorientado, sin pastor.
En el versículo anterior al pasaje de hoy (Mt 9, 35) -versículo que no leemos en esta selección- se afirma que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas y proclamando el evangelio del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia». Empalma con esa noticia su compasión por la gente y la movilización que emprende de sus discípulos.
A los ministros de la comunidad siguen dándoles Cristo Jesús también hoy, en el siglo XXI, ese mismo encargo:
a) anunciar el Reino, comunicar la Buena Noticia de la salvación y del amor de Dios a todos, tratar de convencerles de que Dios actúa a nuestro favor, que está siempre presente en nuestra vida, que en Cristo Jesús, como nos ha dicho Pablo, hemos sido reconciliados con Dios y hemos alcanzado la posibilidad de la salvación;
b) curar a los enfermos, limpiar a los leprosos, cuidarse de los que sufren; lo que hizo él, Jesús, según los evangelios, que siempre tuvo tiempo para los enfermos y los marginados de la sociedad, es lo que encarga a sus ministros;
c) expulsar demonios y resucitar muertos.
La misión de los ministros es decir y hacer, palabras y acción, anunciar el Reino y construirlo con las obras. Dios aparece en el AT como creíble porque ha intervenido y ha salvado a su pueblo de la esclavitud. Cristo se presenta en el NT creíble, porque además de anunciar doctrinas hermosas, da de comer, sana y dedica su tiempo a los demás. A la Iglesia comunidad y a sus ministros les podrá creer el mundo de hoy si, además de predicar, hacen, actúan, dan ejemplo de entrega por los demás. Las palabras pueden mover, pero los ejemplos arrastran y tienen un lenguaje que todos entienden.
El mundo de hoy sigue necesitando la buena noticia de Jesús. Los jóvenes y los mayores. Los de la vieja Europa y los de las comunidades más jóvenes del Tercer Mundo. Los seguidores de Jesús deben tener capacidad de compasión, de «com-padecer», padecer con el que padece. Como Cristo nunca pasaba al lado de una persona que sufría sin dedicarle su tiempo y su ayuda, a veces milagrosa, sus ministros -y, en general, todos los cristianos- no pueden desentenderse de ningún dolor, de ninguna injusticia que ven a su alrededor.
¡Cuántas personas, a nuestro alrededor, están extenuadas y desorientadas! Si saliéramos un poco más de nuestro mundo y recorriéramos los caminos, como Jesús, nos daríamos cuenta de las necesidades de la gente. También hoy la mies es mucha y muchos están como ovejas sin pastor. Es bueno recordar el comienzo de la Gaudium et Spes del Vaticano II: «el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo» (GS 1).
Ahora no va Jesús por nuestras calles. Pero vamos nosotros, y se debería escuchar la voz y ver las obras de los seguidores de Jesús, de su Iglesia. Todos estamos comprometidos en la evangelización, unos como responsables de la comunidad, desde su ministerio ordenado, y otros desde su condición de cristianos, «sacerdotes» mediadores de la esperanza y de la alegría de Dios para con los demás.
Por una parte, un cristiano proclama el Reino, o sea, evangeliza. Pero, por otra, intenta curar a las personas de sus dolencias, orientarlas en su búsqueda, expulsar los males de todo género que afligen a la gente, comunicar esperanza… Lo mismo que hizo Jesús en su vida. Y todo ello, «gratis», por convicción, con el gozo de sentirse colaboradores de Cristo, que es quien también ahora, desde su existencia de Resucitado, ofrece salvación y vida a toda la humanidad.
En verdad, se puede decir que la comunidad de Jesús, en los dos mil años que lleva de existencia, dentro de sus defectos y fallos, se ha dedicado con admirable generosidad a un anuncio misionero a todas las generaciones, y se ha ocupado de un modo meritorio en la tarea de liberar a las personas de sus males, físicos y morales.
Redimidos y reconciliados por Cristo
Nosotros, probablemente, no nos hemos convertido recientemente del paganismo, como los lectores de la carta de Pablo. Pero la lección y la invitación a la alegría es igual: Cristo se entregó por todos nosotros cuando todavía ni existíamos, y nos reconcilió de una vez por todas con Dios. Esa ha sido la mejor «prueba de que Dios nos ama: que Cristo, cuando todavía éramos pecadores, murió por nosotros».
La iniciativa siempre ha sido de Dios. En verdad podemos estar contentos, «gloriarnos», estar orgullosos, dice Pablo, y dar gracias a Dios y a Cristo Jesús porque nos han elegido para la salvación. El amor de Dios que hemos experimentado en Cristo Jesús es el origen de todo. Los milagros que él / hizo para mostrar que el Reino estaba ya presente, eran movidos por el amor. La escena de hoy, con el envío de los doce apóstoles, está motivada en Mateo por la situación que veía Jesús en las gentes que le rodeaban: «se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor». Entonces es cuando envió a los doce.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Jesús, antes de enviar a los doce a predicar, les dice que «rueguen» al Señor de la mies para que envíe operarios a su mies. Antes que nuestros esfuerzos y talentos, está la iniciativa de Dios, y tenemos que estar unidos a él si queremos que nuestro trabajo sea eficaz.
Dios quiere la salvación de todos. Nosotros tenemos la suerte de estar en la comunidad de Jesús, la comunidad de los salvados por Cristo Jesús. En nuestras celebraciones lo principal que hacemos, antes de pedir cosas, es alabar y dar gracias a Dios por su infinito amor.
4. Contemplación:
¿Se nota que estamos orgullosos de ese amor de Dios?, ¿que nos sentimos agradecidos por la salvación que Cristo Jesús nos ha conseguido en su Cruz?.
José Aldazábal
