DOMINGO 21 DE JUNIO
12° DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
“No hay lugar para el miedo»
Jr 20, 10-13 / Sal 69(68), 9-10.14.33-34 (R. 35,10) / Rm 5,12-15 / Mt, 10,26-33.
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Los domingos del Tiempo Ordinario -que ocupan 34 semanas, más de la mitad del año- no presentan siempre características muy específicas, como algunos de los tiempos fuertes.
Pero constituyen, ya desde el primer siglo, el entramado más firme de nuestra vivencia cristiana a lo largo del año. Son el momento privilegiado:
a) de experimentar nuestra pertenencia a la comunidad cristiana, b) de vivir el «día del Señor», con la conciencia gozosa de que está presente, aunque no le veamos, c) de escuchar la Palabra en la lectura, sobre todo, del evangelio, pero también de los pasajes principales del AT y del NT, y d) de alimentarnos con el Cuerpo y Sangre de Cristo, el sacramento que él pensó precisamente para darnos fuerza en nuestro camino, y así salir de nuevo a «la vida» con más ánimos y energía.
Jeremías 20,10-13. Libró la vida del pobre de manos de los impíos
Leemos hoy una de las «confesiones» de Jeremías. Es un profeta que ha padecido en su propia carne el drama de su pueblo y la persecución de que ha sido objeto él como portavoz de Dios: «oía el cuchicheo de la gente: pavor en torno».
Pero, eso sí, ha intentado ser fiel a su vocación profética, y no ha perdido la esperanza en la ayuda de Dios: «mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo».
Es lógico que el salmo se tome de uno de los que expresan esta angustia existencial del justo en medio de una sociedad hostil: «que me escuche tu gran bondad, Señor… mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor».
Romanos 5,12-15. No hay proporción entre el delito y el don
Sigue contraponiendo Pablo lo que sucedía antes de Cristo y lo de ahora. Lo que provocó en la historia el primer Adán y lo que ha conseguido para , todos el segundo y definitivo Adán: «por un hombre entró el pecado en el mundo y, por el pecado, la muerte», y así «la muerte reinó desde Adán hasta Moisés». Pablo no explica por qué el pecado del primer Adán se nos comunicó a todos. Para él lo que sí es seguro es que por Jesús, Cabeza de la nueva humanidad, hemos recibido la reconciliación y la vida.
Además, «no hay proporción entre el delito y el don»: es mucho más abundante lo que nos ha conseguido Jesús que lo que perdimos por Adán.
Mateo 10, 26-33. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo
Cuando se escribió el evangelio de Mateo debía haber larga experiencia ya de malentendidos y persecuciones. Por eso él incluye aquí -siguiendo el «discurso misionero» que iniciamos el domingo pasado- las palabras que dice Jesús a los suyos para que no se desanimen: «no tengáis miedo a los hombres … que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma» ni la libertad interior.
Más aún: «si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo». Testimonio por testimonio: no quedará sin recompensa nuestra fidelidad a Cristo. Y al revés: «si alguien me niega ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre». A eso sí que tendríamos que tener miedo: a defraudar a Cristo Jesús en nuestra vida.
Todos pasamos momentos de dificultad Jeremías es un personaje del AT que sintetiza en su vida lo que le puede esperar a un profeta fiel a Dios: su mensaje resultó incómodo a todos, sobre todo a las autoridades, y por eso le persiguieron, le interpretaron mal, le detuvieron y golpearon. Hoy leemos cómo se queja ante Dios de que le espían, le quieren poner traspiés e intentan acabar con él.
Cuando fue llamado por Dios a ser su profeta, no había cumplido todavía los veinte años, es el modelo de una persona que vivió intensamente la vocación profética y tuvo que echar mano de toda su fe para no perder la esperanza y seguir confiando en Dios. Él sí que pudo decir, ya en el AT, como Pablo en el NT, «sé de quién me he fiado», «el Señor está conmigo, como fuerte soldado».
Jeremías representa a tantas personas a quienes les toca sufrir en esta vida, pero que tienen su confianza puesta en Dios y siguen adelante su camino, tantas personas que pueden decir con el salmo de hoy: «por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro, pero mi oración se dirige a ti, Dios mío». Tal vez no nos perseguirán y nos llevarán a la cárcel o al pozo lleno de fango, como a Jeremías, pero sí caemos a veces en esa sutil red de indiferencia y de burla que nos rodea y que puede minar nuestros ánimos.
Todos pasamos momentos de dificultad en nuestra vida de creyentes. A veces esas dificultades nos vienen de dentro, de nosotros mismos: el cansancio, la tendencia hacia lo fácil, la flojera en nuestras convicciones. Otras, de fuera: la sociedad en la que vivimos no nos ayuda precisamente a ser fieles a los caminos de Dios. Jesús no nos prometió que todo nos saldría bien y nos resultaría fácil. Al revés: nos aseguró que tendríamos dificultades, los discípulos igual que el Maestro.
Pero lo que nos lleva al éxito final y a la felicidad verdadera es nuestra fidelidad a Dios a pesar de todo. Que no nos cansemos de ser buenos, que no dejemos de dar testimonio de nuestra fe y de anunciar la Buena Noticia a nuestros contemporáneos, y que lo hagamos gratis, porque gratis hemos recibido los dones de Dios.
Eso no lo hacen sólo el Papa o los obispos, sino cada cristiano en su familia y en su ambiente, superando las propias perezas y los ambientes hostiles.
No tengáis miedo
Tres veces, en el pasaje del evangelio de hoy, nos repite Jesús su invitación: «no tengáis miedo». Parece como el desarrollo de la última de las bienaventuranzas: bienaventurados si os persiguen…
Jesús nos anunció varias veces, por una parte, que íbamos a tener dificultades. Los discípulos no pueden tener mejor suerte que el Maestro: ‘ ser creyentes fieles en medio de este mundo les va a traer dificultades.
Pero, por otra, nos invita a la confianza, por diversos motivos: a) lo escondido no quedará así, sino que lo llegarán a saber todos: el tiempo dará la razón a los que la tienen; b) todos estamos en las manos de Dios: si él lleva cuenta hasta de los cabellos de nuestra cabeza y de los gorriones del campo, cuánto más no cuidará de nosotros, que somos sus hijos; c) los que persiguen a los discípulos de Jesús podrán matar el cuerpo, pero no el alma; si los cristianos están convencidos de lo que creen y lo que anuncian, los podrán meter en la cárcel, pero nadie les podrá arrebatar la libertad interior; d) el mismo Jesús, ante su Padre, dará testimonio de nosotros si nosotros le hemos sido fieles.
El mejor ejemplo no lo tenemos ni en Jeremías ni en Pablo, sino en el mismo Jesús, objeto de contradicciones, que acabó en la cruz, pero nunca cedió, no se desanimó y siguió haciendo oír su voz profética, anunciando y denunciando, a pesar de que sabía las consecuencias que eso iba a traerle. Así salvó a la humanidad y fue elevado a la gloria de la resurrección.
Las pruebas y dificultades de la vida no nos deben extrañar ni asustar: ni las que nacen de nosotros mismos ni las que nos vienen de fuera. La comunidad de Jesús lleva un mensaje que, a veces, choca contra los intereses y los valores que promueve este mundo. No nos tenemos que cansar, ni avergonzarnos de dar testimonio de Cristo, sino seguir anunciando, en lo escondido y a plena luz, a los cercanos y a los lejanos, la buena noticia de la salvación que Dios nos ofrece.
Siempre ha resultado difícil ser buen creyente, ser sacerdote o religioso o misionero, ser una familia cristiana, un joven practicante y comprometido. Todo eso son opciones que comportan con frecuencia dificultades en no pocos ambientes. Pero es una misión muy noble y que vale la pena de cumplir superando los inconvenientes. «No tengáis miedo»: con constancia, con valentía, sin respetos humanos, los cristianos de hoy, precisamente porque el mundo está más duro de oído, debemos anunciar la buena noticia con una voz más alta y una vida más creíble.
El primer Adán y el segundo
Pablo contrapone a Adán y a Cristo Jesús: por el primero entró el pecado y la muerte en el mundo. Por el segundo, la gracia y la vida. Y si fue abundante el pecado, más lo fue, y desbordante, la gracia que nos conquistó Jesús.
Cada uno de nosotros es hijo del primer Adán y también hermano e imagen del segundo. Sentimos la debilidad y a la vez experimentamos la fuerza de Jesús. ¿Qué aspecto triunfa más en nuestra vida: ¿el pecado o la gracia, el hombre viejo o el nuevo?, ¿la desobediencia o la obediencia, la muerte o la vida, Adán o Cristo?
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Por muchos fracasos que hayamos experimentado, no debemos perder la confianza en Dios. Son muchos más los signos del amor que él nos tiene y que se ha manifestado en Cristo Jesús. La solidaridad con Adán es grande, pero mayor la solidaridad que Dios nos ofrece en su Hijo.
4. Contemplación:
En varios momentos de nuestra oración decimos: «tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros». Hemos de sentirlo desde dentro, cuando lo decimos, y pedirle a Dios que nos ayude a vencer las herencias del primer Adán en nuestra vida y nos haga pasar, con el nuevo Adán, a la plenitud de su vida.
José Aldazábal
