DOMINGO 05 DE JULIO
14° DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
“Venid a mí los que estáis agobiados, y yo os aliviaré»
Zacarías 9, 9-10; Salmo 144; Romanos 8, 9. 11-13; Mateo 11, 25-30
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Hay días en que la Palabra de Dios nos ofrece una luz amable y un bálsamo para nuestra vida a veces ajetreada y complicada.
Hoy las lecturas nos invitan a alegrarnos en Dios, con sencillez de corazón, a confiar en él, porque es «clemente y misericordioso», «cariñoso con todas sus creaturas». Y porque Jesús, nuestro Maestro, es «manso y humilde de corazón» y nos ofrece alivio y descanso.
A la vez, Pablo nos urge a que los cristianos, fieles a la vida nueva que recibimos en el Bautismo, seamos consecuentes con ella, dejándonos guiar por el Espíritu de Dios, y no por los criterios de este mundo.
Zacarías 9, 9-10. Mira a tu rey que viene a ti modesto
Leemos pocas veces a lo largo del año al profeta Zacarías, aunque se le cita muchas veces en el evangelio. La página de hoy probablemente pertenece al que podríamos llamar «segundo Zacarías», y es un pasaje lleno de alegría y entusiasmo, que prepara lo que escucharemos en el evangelio sobre cómo el yugo del Mesías, de Cristo Jesús, es suave y llevadero.
Zacarías invita al pueblo de Israel a alegrarse, a cantar a su Dios, que nos envía a un rey victorioso, pero humilde, que nos librará de toda esclavitud y guerra. Describe a ese rey cabalgando en un asno, que es como los evangelios describen la entrada de Jesús en Jerusalén el domingo de Ramos: montado sobre un asno.
Por eso también el salmo expresa sentimientos de paz y alabanza: «día tras día te bendeciré», y hace un «retrato» de Dios como «clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad… bueno con todos…».
Romanos 8,9.11-13. Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis
Durante varios domingos leeremos este importante capítulo 8 de la carta a los Romanos, que se podría titular «la vida del cristiano en el Espíritu».
A los que por el Bautismo han entrado a formar parte de la comunidad de Cristo Jesús, les dice Pablo que tienen que vivir una vida nueva, lejos de todo pecado. El binomio que aquí repite, como en otras cartas, es el de «Espíritucarne». Vivir guiados por el Espíritu de Jesús nos lleva a un estilo de vida. «Vivir según la carne», o sea, según los criterios meramente humanos, nos aleja de ese estilo de vida que Cristo Jesús quiere de nosotros.
Mateo 11, 25-30. Soy manso y humilde de corazón
Mateo no sólo nos dice aquí que Jesús rezaba, sino que nos transmite el contenido de esa oración. Esta vez se trata de un himno de alabanza, de bendición a Dios Padre, a quien llama «Padre» y «Señor de cielos y tierra».
El motivo de esta bendición es que Dios ha «escondido» los misterios del Reino a los que se creen sabios, y los ha «revelado» a los sencillos de corazón. Jesús considera como un éxito que los entendidos de su época no le acepten, mientras que la gente sencilla, sí le sigue.
También habla de sí mismo, de su profunda relación con Dios Padre. Es un resumen de «cristología». Además invita a todos a seguirle, por cansados y agobiados que estén, porque en él encontrarán paz y descanso: él es «manso y humilde de corazón».
Vivir guiados por el Espíritu de Jesús
Si el domingo pasado ya hablaba Pablo de las consecuencias de haber sido bautizados en Cristo, incorporados a su misterio de muerte y resurrección e injertados en él, hoy saca las consecuencias respecto a la vida nueva que se espera de los bautizados. Lo hace sirviéndose, como hace en otras cartas, del binomio «carne-Espíritu».
Aquí «carne» no se refiere al cuerpo humano (lo «carnal» en su dimensión sexual, por ejemplo), sino a las fuerzas meramente humanas, materiales, que sólo saben llevarnos al pecado, con todos los «frutos de la carne» (que describe en Gálatas 5). El «Espíritu» es el Espíritu Santo de Dios, el que resucitó a Jesús de entre los muertos y que quiere resucitarnos también a nosotros: «vivificará también vuestros cuerpos mortales». Seguir al Espíritu como criterio de vida nos llevará a la plenitud de la vida en Cristo.
Para Pablo, esta es cuestión muy importante: «si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis». Se trata de dos dinamismos que actúan en cada uno de nosotros y tiran de nosotros hacia estilos de actuación muy diferentes. Pablo constata en sí mismo esta doble «ley», exclama: «¿quién me librará?» y se da confiadamente la respuesta: «¡la gracia de Dios!».
Por el Bautismo hemos recibido ya la vida nueva que nos da el Espíritu. Ahora se trata de vivir conforme a esa vida nueva, guiados, no por criterios humanos -la «carne»- sino por el Espíritu.
Un retrato consolador de nuestro Dios
En la primera lectura y en el salmo se nos presenta una vez más un hermoso «retrato» de Dios, que nos mueve a una actitud de confianza en él.
Zacarías nos habla de un rey victorioso, justo, pero humilde. Parece una paradoja, Los reyes poderosos iban montados a caballo, acompañados de carros de combate, con arcos preparados en las manos. El rey mesiánico, no. Viene cabalgando un asno y viene a traer paz: «dictará paz a las naciones».
En el salmo se especifica cómo es ese Dios en quien creemos y a quien alabamos, con una definición no filosófica, sino muy cercana a la vida: «el Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad… el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus creaturas… el Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan».
El mejor retrato de cómo es Dios lo sabemos por su Hijo, Jesús. El es quien nos lo revela en su identidad, cuando en las parábolas le describe como el padre del hijo pródigo o el pastor que va en busca de la oveja perdida.
Soy manso y humilde de corazón
Pero, sobre todo, cuando se nos dice cómo es Dios es cuando al mismo Jesús se le ve a lo largo del evangelio perdonando, curando, animando a todos. Jesús aparece en verdad como «manso y humilde de corazón», comprensivo, tolerante, acogedor, que acepta a las personas como son, aunque les invite a dar pasos adelante, que sintoniza con los que sufren, que nunca pasa al lado de uno que le necesita sin detenerse y dedicarle su tiempo, que parece que tiene predilección por los despreciados por la sociedad de su tiempo.
Decir que Jesús es «manso y humilde» no significa tampoco que todo le es igual. El no sólo anuncia perdón y salvación: también se indigna a veces y eleva la voz denunciando las injusticias y lo que sabe que va contra el bien del pueblo, y sabe coger el látigo y expulsar a los mercaderes del Templo. Jesús tiene convicciones firmes. Es recio en su camino.
Hay días en que escuchamos de sus labios palabras que nos hablan de la exigencia de su seguimiento, o ataques duros contra los orgullosos. Pero hoy se completa su imagen con esta invitación a la confianza y la afirmación de la bondad de Dios.
En verdad, Jesús puede decir las palabras que escuchamos hoy, «venid a mí todos los que estáis cansados y yo os aliviaré… yo soy manso y humilde de corazón», porque en realidad actuó así durante toda su vida. En el evangelio aparece como el que perdona delicadamente a la pecadora, y nos habla del padre que perdona y acoge al hijo aventurero, y del pastor que se alegra del reencuentro con la oveja descarriada.
Venid a mí los que estáis fatigados
Después de bendecir a Dios porque revela los misterios más profundos a la gente sencilla, Jesús hace una invitación que después de dos mil años resuena todavía con una fuerza inmensa de esperanza: «venid a mí los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré… cargad con mi yugo y encontraréis vuestro descanso».
Parece una paradoja el que Jesús nos invite a cargar con su «yugo», una metáfora que puede recordarnos esclavitud y total dependencia. Jesús se quejó una vez de que los doctores de la ley, en Israel, cargaban fardos pesados en los hombros de los creyentes. Él, no. Nos dice que si cargamos con ese yugo él nos aliviará y nos dará descanso. Porque él es «manso y humilde de corazón».
Esto no significa que el estilo de vida que nos enseña Jesús, su Evangelio, no es exigente. Ciertamente no nos presenta un programa de vida dulzón, sino empeñativo. Lo que aquí dice, «cargad con mi yugo», se parece mucho a lo que nos había dicho: «tome su cruz y sígame».
Ese «yugo» y esa «cruz» que él nos invita a llevar son llevaderos, no por nuestras fuerzas, sino con su ayuda: «venid a mí y yo os aliviaré… encontraréis vuestro descanso». Jesús es un maestro y un pastor «manso y humilde de corazón»: no nos va a exigir más allá de nuestras fuerzas. «Encontraréis vuestro descanso». Lo que nos dice (amar a Dios y amar al prójimo) no es en sí nada fácil. Pero con su ejemplo y su ayuda, es llevadero y factible. «Mi yugo es llevadero y mi carga, ligera». Como el Cireneo le ayudó a él a llevar la cruz, él, Jesús, nos ayudará a nosotros a llevarla y a vencer al mal en nuestras vidas.
Nos viene bien escuchar hoy estas palabras de Jesús, que nos aseguran su cercanía y nos hablan del amor de Dios, porque la vida nos agobia con su ritmo y va gastando nuestra capacidad de esperanza, y a veces hasta nos hace dudar del amor de Dios.
Son los sencillos los que entienden… y son felices
Es bueno que aceptemos también otra lección del evangelio de hoy: la invitación a ser sencillos de corazón, porque así sabremos captar mejor la presencia de Dios en nuestra vida y seremos más felices.
Jesús se alegra de que la gente sencilla de su pueblo, que no son tan rebuscados en sus motivaciones ni tan esclavos de sus prejuicios, saben captar los misterios del Reino. Los que entienden a Jesús son los que no son autosuficientes, los que no están Henos de sí mismos. Los que se creen sabios dejan escapar las cosas más importantes, porque creen saberlo todo y se fían de sí mismos.
Cuántas veces, en las páginas de la Biblia, los que a los ojos de este mundo aparecen como ignorantes o pobres personas, son las que demuestran haber alcanzado la verdadera sabiduría, los que captan las cosas de Dios y se dejan llenar de su felicidad: los sencillos, los «anawim, los pobres de Yahvé», los que saben que necesitan de Dios, los que saben escuchar y admirarse y sorprenderse de las obras de Dios en la vida de cada día.
A lo largo de la vida de Jesús, las buenas gentes -no por ignorantes, sino por personas de sentido común y buena voluntad- supieron reconocer a Jesús como el profeta de Dios, mientras que los letrados y fariseos buscaron mil excusas para no creer. Un caso notorio fue el contraste entre el ciego curado por Jesús (Juan 9), sin cultura humana, pero capaz de razonar con lógica y sacar las consecuencias del milagro, cosa que no pudieron o no quisieron hacer los fariseos y autoridades que le interpelaban. Pero es más entrañable todavía el ejemplo de la Madre de Jesús, que en su Magníficat canta a Dios porque ha mirado complacido la humildad de su sierva y porque a los pobres «los llena de bienes», mientras que a los que se creen ricos y sabios «los despide vacíos».
También ahora, hay muchos hombres y mujeres que no han ido a la universidad, pero con una intuipión admirable saben comprender con serenidad gozosa los designios de Dios y los aceptan en su vida. ¡Cuántos familiares nuestros, que tal vez no han tenido mucha formación humana ni religiosa, nos han dejado ejemplo de profundidad en su fe y en su vida! En la Plegaria Eucarística IV del Misal damos gracias a Dios porque Cristo Jesús «anunció la salvación a los pobres».
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Pidamos tener la fuerza de no desautorizar a los doctos y a los profesores. También los que tienen cultura humana y religiosa pueden ser «sencillos de corazón», porque no se enorgullecen de su sabiduría, y no se fían tanto de su erudición sino que saben que la sabiduría y la salvación auténticas vienen de Dios.
4. Contemplación:
¿Somos nosotros sencillos de corazón? ¿sabemos admirar y agradecer las obras de Dios? ¿o somos tan retorcidos y llenos de nosotros mismos que no sabemos escuchar a Dios ni creemos necesitar su salvación? Si fuéramos un poco más sencillos, no amantes de grandezas, si tuviéramos «ojos de niño» y un corazón más humilde, tendríamos mayor armonía interior, una paz más serena en nuestras relaciones con los demás, una sabiduría más profunda y una fe más estimulante y activa. Seríamos mucho más felices. Encontraríamos de veras paz y descanso en Cristo Jesús.
Aldazábal, J. (2004).
Enséñame tus caminos 8.
Domingos ciclo A.
CENTRO DE PASTORAL LITURGICA.
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