DOMINGO 12 DE JULIO
15° DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
“Les habló en parábolas»
Isaías 55, 10-11; Salmo 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Durante tres domingos, a partir de hoy, escucharemos una serie de parábolas de Jesús sobre la vida cristiana, que Mateo ha reunido en el capítulo 13, en el tercero de los «discursos» o «sermones» que ofrece en su evangelio (ya hemos escuchado el sermón de la montaña y el discurso de la misión).
Estas parábolas, tomadas casi siempre del ambiente doméstico o de la vida del campo, que era el que más conocían sus oyentes, pero que fácilmente podemos entender también los que vivimos en la ciudad, son relatos pedagógicamente construidos que le sirven a Jesús para transmitir los mensajes del Reino, con comparaciones llenas de expresividad. Pero, como dice él mismo, ante estas parábolas, algunos «oyen y no entienden», o «miran y no ven». Mientras que a otros «se les ha dado conocer los misterios del Reino», precisamente a la «gente sencilla» de la que nos hablaba en el evangelio del domingo pasado.
Hoy, y preparada por la breve comparación que hace Isaías de la Palabra de Dios con la lluvia que empapa la tierra y la hace fértil, escuchamos la conocida parábola del sembrador y de la eficacia mayor o menor de la semilla, que Jesús compara con la Palabra de Dios. Vale la pena proclamar serenamente la versión larga de este evangelio, porque contiene también la «homilía» del mismo Jesús.
Isaías 55,10-11. La lluvia hace germinar la tierra
El profeta -seguramente el «segundo Isaías»- invita a la esperanza. Con la comparación de la lluvia, que fecunda la tierra y le hace producir fruto, nos asegura que la Palabra de Dios es siempre eficaz y fecunda. Así nos prepara para escuchar el evangelio, con la parábola del sembrador y la eficacia de la semilla que es la Palabra de Dios.
También el salmo sigue con la comparación poética de la vida del campo: la tierra, la acequia de agua, el riego, la llovizna suave que empapa los terrones, los brotes y, por fin, la cosecha que llena de gozo al campesino: «las colinas se orlan de alegría… los valles se visten de mieses que aclaman y cantan».
Romanos 8, 18-23. La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios
Sigue hablando Pablo de las consecuencias del Bautismo, por el que hemos entrado en la vida de Cristo Jesús y somos movidos por el Espíritu.
Ya tenemos «las primicias del Espíritu» en nosotros. Pero ahora queda todo un proceso de crecimiento, que Pablo describe con fuerza y esperanza incluso cósmica: «la creación, expectante, aguarda la plena manifestación de los hijos de Dios». El apóstol se sirve de una comparación muy expresiva, la del parto: «la creación entera está gimiendo con dolores de parto». Aunque ahora tengamos que sufrir, la perspectiva futura es optimista, porque esperamos la liberación de toda esclavitud y la libertad de los hijos de Dios. Como los dolores del parto -los «gemidos»- de una mujer anuncian la alegría del nacimiento de una nueva vida.
Mateo 13,1-23. Salió el sembrador a sembrar
La parábola del sembrador, la primera de la serie, en sí es muy breve, describiendo el proceso desde la siembra hasta la cosecha, con el dispar éxito de la semilla que el sembrador siembra en el campo en cuanto a los frutos finales, por culpa de los pájaros, o del sol, o de los espinos.
Pero Jesús, después, nos ofrece él mismo lo que se podría llamar la «homilía» de la parábola, aplicándola a la escucha de la Palabra de Dios por parte de los creyentes, y las diversas circunstancias y actitudes nuestras que hacen que esa Palabra, que de por sí es eficaz y siempre salvadora, produzca más o menos fruto.
La Palabra es eficaz
Se puede entender la parábola de Jesús desde dos perspectivas. Una, más optimista, que parece ser su sentido original: a pesar de todos los obstáculos que los humanos le ponemos, la Palabra de Dios está llena de vigor y siempre produce fruto y, a la larga, es fecunda. O se puede ver desde el otro lado, más pesimista: por muy eficaz y llena de fuerza interior que sea la Palabra de Dios, el Maligno nos la roba o nosotros mismos le ponemos tantos obstáculos, que le podemos restar eficacia.
La comparación de Isaías es muy clara y apunta a la primera línea: la lluvia y la nieve empapan la tierra y la hacen fecunda. Así la Palabra de Dios cumple siempre su misión: «no vuelve a Dios vacía». Nuestras palabras humanas muchas veces sí son estériles y vacías. Lo que se dice en Hamlet: «palabras, palabras, palabras». Pero la de Dios siempre es cercana y despierta y eficaz. Como la del Génesis: «dijo, y se hizo». Es siempre Palabra creadora, vivificadora. Es como la semilla que contiene en sí misma una potencia admirable que dará lugar a un proceso de germinación y al fruto.
Es lo que nos ha hecho repetir el salmo responsorial: «la semilla cayó en tierra buena y dio fruto». Ojalá que el ciento por uno.
No da fruto automáticamente
Pero por muy poderosa que sea esa Palabra, no actúa automáticamente.
Es hermosa y comprensible para todos la comparación de la semilla que cae en los surcos preparados en el campo y que está destinada a dar una cosecha lo más abundante posible. Así es la Palabra de Dios que nos es proclamada y que escuchamos y acogemos los creyentes, por ejemplo en la celebración de la Eucaristía.
Pero la semilla no siempre produce igual fruto: si cae en el camino o entre espinos o entre piedras, producirá mucho menos que si en tierra buena. Y aún la que cae en el terreno previsto, depende de si encuentra una parcela más o menos abonada o más o menos profunda, para que el fruto sea de treinta o sesenta o ciento por uno.
Así es la Palabra que escuchamos. Dios la siembra en nosotros con la misma ilusión con que un campesino siembra su semilla en el campo. Pero Jesús nos dice qué suerte dispar puede tener en nosotros el proceso de asimilación de esa Palabra. Por parte de Dios siempre es eficaz, y salvadora. Pero por parte nuestra, no.
La semilla que cae en el camino, y se la llevan los pájaros, dice Jesús que es la Palabra que hemos oído, seguramente con buena voluntad, pero viene el Maligno y nos la arrebata. La que cae entre piedras y no puede echar raíces y acaba por quedar reseca por el sol implacable, dice Jesús que es como la Palabra que no puede echar raíces en algunas personas, por lo superficiales que son, y sus buenos propósitos se van al traste ante cualquier pequeña dificultad. La semilla que cae entre espinos, es la Palabra que es ahogada por la seducción de las riquezas y las demás preocupaciones de nuestra vida.
Cada uno sabrá qué obstáculos encuentra en su caso la Palabra poderosa y salvadora de Dios para no producir los frutos que se esperaban. Esto les puede pasar no sólo a los que están alejados de la fe, sino también a los creyentes, que van acogiendo la semilla de la Palabra, pero a la vez se dejan llenar la mente de mil preocupaciones que les hacen olvidar lo que han escuchado, se «distraen» con otras palabras que también escuchan, son inconstantes o superficiales, y así no puede producir fruto.
La Palabra nos interpela muy personalmente, si la dejamos resonar. Nos ilumina, nos juzga, nos ayuda a discernir, nos estimula, no nos deja en paz. Pero pueden ponerse en marcha, casi insensiblemente, mecanismos de autodefensa que impiden que tomemos en serio lo que nos ha dicho Dios.
Salió el sembrador…
Ante los muchos casos de fracaso en la tarea de evangelización, no podemos caer en la tentación de dudar de la fuerza interna que pueda tener la Palabra misma. Como dice Isaías, siempre produce algún fruto, no vuelve a Dios vacía.
Pero sí podemos detenernos a pensar si el defecto puede estar en el sembrador, o en su «falta de puntería» al no arrojar la semilla en el campo, o sencillamente en la ausencia de sembradores. Es una palabra de ánimo para los diversos «sembradores» que también ahora hacen falta para dar a conocer el plan salvador de Dios: los misioneros, los predicadores, los catequistas, los padres cristianos, los maestros que quieren educar también en la fe…
No siempre producirá efecto nuestro esfuerzo. Como tampoco fueron sólo éxitos los que cosechó el mismo Jesús, o el infatigable Pablo. Pero, sean cuales sean los resultados inmediatos, tenemos que ser generosos en la tarea de evangelización y sembrar con ilusión a diestro y siniestro, comunicar a cuantos podamos la Palabra salvadora de Dios. Ella es la que producirá fruto.
El sembrador no siempre es el que cosecha a corto plazo. Una persona puede recibir la semilla del evangelio en un retiro, en la experiencia de una visita del Papa, en la peregrinación a un santuario, en el coloquio con una persona creyente. Es la semilla. Nosotros tenemos que favorecer el que exista este contacto. Debemos procurar que no caiga entre espinos o entre piedras o en el camino, sino en tierra buena. Dios será quien riegue y haga crecer esa semilla, hasta producir fruto.
Lo que nos toca a nosotros es sembrar con ilusión, aunque no veamos resultados. Es Dios quien salva, y su Palabra, nos dice Jesús, es eficaz.
Con dolores de parto
Es valiente y poderosa la comparación que aporta Pablo para hacernos entender el proceso dinámico que espera a los cristianos desde el inicio del Bautismo hasta la plenitud de la vida eterna. Estamos todos, el cosmos y cada uno, en gestación, como en dolores de parto.
Ya poseemos las primicias del Espíritu, pero esperamos la plenitud, la maduración, la «plena manifestación de los hijos de Dios», «la libertad gloriosa», «la redención de nuestro cuerpo». Es una visión dinámica y comprometedora de la vida cristiana. La comparación de la mujer que espera un hijo la puso el mismo Jesús: «La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora. Pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto, por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo» (Jn 16,21). Pablo dice que no hay ni punto de comparación entre lo que nos toca sufrir aquí abajo con la gloria que Dios nos prepara en la vida definitiva.
Uniendo esta imagen de las dificultades con la de la siembra y la cosecha, recordemos el salmo 125, que dice que los campesinos «al ir iban llorando, sembrando la semilla; al volver vuelven cantando, trayendo las gavillas». Sembrar a veces cuesta, y también seguir cuidando el campo. Pero la alegría de la cosecha supera y da por bien empleados todos los sudores del camino.
En la Plegaria Eucarística IV del Misal miramos esperanzados hacia el final de la historia, cuando «junto con toda la creación, libre ya del pecado y de la muerte», esperamos todos gozar definitivamente de la plenitud de gloria y de vida con Dios.
Invitación a la vigilancia
La parábola de hoy incluye una advertencia a los creyentes: tienen que vigilar, porque el Maligno puede robarnos esa semilla de la Palabra de Dios que hemos escuchado. En medio de la vida ajetreada de hoy, y con tantas voces discordantes, puede suceder esto con facilidad.
Pablo nos viene avisando de que la semilla del Bautismo debe ir creciendo y madurando en nuestra vida. Según la enseñanza de Jesús, nosotros mismos somos el campo en el que puede suceder una historia de fecundidad o de esterilidad. Nosotros mismos, no los pecadores de este mundo o las gentes que no tienen todavía mucha formación religiosa, debemos, no sólo escuchar la Palabra, sino acogerla, asimilarla, «guardarla», intentar vivir según ella, para producir el fruto que Dios espera de nosotros.
Nos podemos hacer con sinceridad la pregunta: ¿cómo es que esa Palabra de Dios, que escuchamos tantas veces, y con buena voluntad, no produce frutos en nosotros? Ciertamente no es que la rechacemos, sino que algo la ahoga y la hace ineficaz. La semilla quiere crecer, brotar, dar fruto. Pero tenemos que vigiliar para no ponerle dificultades. Para eso necesitamos estar despiertos, vigilantes.
El mundo de hoy -no hace falta que el Maligno actúe de un modo explícito tentándonos- tiene a veces más cercanía y fuerza que la misma Palabra. La vigilancia sobre nuestro «campo» es necesaria. A veces un niño es educado en la fe, y la vive con gozo, y puede seguir haciéndolo en la adolescencia, pero luego entra el joven en la Universidad o en el mundo del trabajo, y según en qué compañías de amigos caiga, puede enfriarse su fe y alejarse de la Palabra. Alguien ha «robado» esa semilla que tenía sembrada. Espinos, pájaros, el sol, el Maligno…
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
La Palabra que nos dirige Dios es a la vez don y responsabilidad, regalo y compromiso. La Palabra es eficaz de por sí. Pero necesita que se cuide el terreno. No actúa milagrosamente. La Palabra respeta la libertad de cada persona, y cada uno debe poner de su parte su actitud de acogida y de asimilación. Como en los campos se colocan estratégicamente unos espantapájaros para ahuyentar a las aves que pueden robar la semilla, en nuestra vida deberíamos poner todos los medios para que las voces y los afanes de este mundo no hagan estéril la semilla de la Palabra de Dios que quiere actuar en nosotros. Cada uno sabrá cuáles son los «pájaros» o las «zarzas» o las «piedras» o «el Maligno» que inutilizan en nosotros la fuerza salvadora y transformadora de la Palabra.
4. Contemplación:
Al final del capítulo de las parábolas, que hemos empezado a escuchar hoy, Jesús pregunta a los suyos: ¿habéis entendido todo esto? Ojalá podamos responder nosotros que sí, que no sólo hemos oído la historia, sino que hemos comprendido y aceptado su intención y su interpelación para nuestra vida. Entonces se cumplirá otra bienaventuranza que Jesús añade hoy a su lista: «dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen”.
Aldazábal, J. (2004).
Enséñame tus caminos 8.
Domingos ciclo A.
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