DOMINGO 19 DE JULIO
16° DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
“¿Por qué permite Dios tanta cizaña?»
Sabiduría 12, 13. 16-19, Salmo 85, 5-6. 9-10. 15-16ª, Romanos 8, 26-27, Mateo 13, 24-43
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Siguiendo con la serie de parábolas que Mateo reúne en su capítulo 13, y de la que el domingo pasado leíamos la primera, la de la semilla que es la Palabra de Dios, escuchamos hoy tres más, sobre todo la del trigo y la cizaña.
Una pregunta aparece continuamente en nuestra historia: ¿por qué permite Dios tanto mal, tanta malicia?, ¿por qué no castiga a los malhechores que cometen tantas injusticias?, ¿por qué permite que la cizaña crezca junto con el trigo, los malos con los buenos?
La respuesta de las lecturas de hoy es que Dios tiene paciencia, que respeta la libertad del hombre, y nos enseña a ser también nosotros más pacientes.
Sabiduría 12,13.16-19. En el pecado, das lugar al arrepentimiento
En este libro de la Sabiduría, uno de los últimos del AT, tal vez un siglo antes de Cristo, leemos hoy una página que ensalza la bondad de Dios para con su pueblo, demostrada continuamente en la historia.
La idea central es que, aunque Dios es todopoderoso y puede hacer lo que quiera, y no tiene que responder de su actuación ante nadie, sin embargo, «juzga con moderación y gobierna con gran indulgencia», y al pecador siempre le «da lugar al arrepentimiento». Esta lectura prepara hermosamente la lección que nos dará Jesús con su parábola del trigo y la cizaña.
El salmo, una vez más, como hace dos domingos, canta la bondad de Dios. Nos hace repetir «tú, Señor, eres bueno y clemente». Llama a Dios «rico en misericordia», «Dios clemente y misericordioso, rico en piedad y leal».
Romanos 8, 26-27. El Espíritu intercede con gemidos inefables
Sigue Pablo sacando las consecuencias de nuestro Bautismo, que ya nos dio la vida divina como en embrión, pero que tiene que crecer y madurar, ayudado por el Espíritu de Dios.
En la breve página de hoy nos dice cómo el Espíritu es quien sale en ayuda de nuestra debilidad y nos enseña a rezar, porque nosotros «no sabemos pedir lo que nos conviene». Más aún, es el Espíritu quien ora por nosotros y en nosotros: «el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables».
Mateo 13, 24-43. Dejadlos crecer juntos hasta la siega
Hoy Jesús nos propone tres parábolas muy breves, que conviene leer íntegras, aunque se entretiene más en la tercera, la del trigo y la cizaña, que luego explica -o aplica- a nuestra vida eclesial. Al menos, si se lee sólo la de la cizaña, habría que unirle la explicación de Jesús.
La primera es la del grano de mostaza, una semilla minúscula que da origen a un arbusto bastante grande. La segunda, la de la levadura, que a pesar de su pequeño volumen, tiene capacidad de hacer fermentar toda la masa de harina.
La tercera es la del trigo que siembra el campesino, pero que crece junto con la cizaña, una mala hierba particularmente dañina para las plantas, que ha sembrado de noche «el enemigo». Los labradores preguntan al amo si será mejor arrancar esa cizaña. El amo prefiere esperar a la cosecha para hacer la separación, no vayan a arrancar también el trigo. En efecto, las raíces de la cizaña se entrelazan fuertemente con las del trigo.
Más tarde, aparte, a sus discípulos, les explica Jesús más detenidamente la tercera parábola, la de la cizaña.
II
El Espíritu ora en nosotros
El aspecto que Pablo toca hoy, en la carta a los Romanos, es que el Espíritu, que nos ha comunicado su vida desde el Bautismo, nos ayuda a rezar, más aún, ora por nosotros y en nosotros, con gemidos inefables.
Es el Espíritu quien nos hace recordar todo lo que Jesús nos había enseñado (cf. Jn 14,26), y quien también nos enseña a orar y nos mueve a decir la oración más breve y más densa del cristiano: «Abbá, Padre» (en el Catecismo se insiste mucho en que es el Espíritu quien nos anima en nuestra oración: basta leer CCE 2766).
Es el Espíritu quien inspiró los libros sagrados de la Biblia y quien en la primera parte de la Eucaristía hace que esa Palabra revelada llegue a nosotros con fuerza. Es él quien en la segunda parte es invocado para que transforme el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre del Señor Resucitado, que quiere ser nuestro alimento. Y quien vuelve a ser invocado más tarde para que transforme a la comunidad, «a cuantos participamos» de ese Cuerpo y Sangre, para que seamos un solo cuerpo y un solo espíritu.
La fuerza transformadora de la Palabra de Dios
Ya el domingo pasado se nos proponía la fuerza interior de la Palabra de Dios, comparada con la que tiene una semilla sembrada en tierra. Hoy se nos habla del grano de mostaza que es pequeño pero produce un arbusto en el que pueden anidar los pájaros, y de la levadura, que tiene fuerza para transformar la masa de la harina y hacerla fermentar, convirtiéndola en sabroso pan.
Todas estas comparaciones ponen en evidencia la pequeñez del comienzo -el grano de mostaza, la levadura- y los resultados mucho más grandes, el arbusto y la masa fermentada. Sobre todo pone en evidencia la fuerza interior que tiene el Evangelio y la Palabra de Dios, capaz de transformar el universo. Los creyentes debemos tener confianza en él. Es él quien hará brotar y crecer el Reino, aunque haya empezado de una forma tan sencilla y humilde.
¡Cuántas veces, en la historia de la Iglesia, admiramos obras gigantescas de apostolado que tuvieron orígenes bien modestos, humana y económicamente! Pero la eficacia viene de Dios.
El estilo de las obras de Dios
Las dos comparaciones de la semilla de mostaza y de la levadura nos enseñan también cuál es el estilo de la actuación de Dios.
No es el estilo de la violencia, ni de la espectacularidad. ¿Qué ruido hacen la semilla y la levadura para realizar el admirable proceso de la transformación que producen? El Reino actúa calladamente y con eficacia, porque tiene una fuerza interior que hace pasar a la semilla desde su estado inicial a la madurez del fruto y a la levadura le da la capacidad de transformar una masa de pan. El Reino que vino a implantar Jesús nació en un pueblo insignificante, fue rechazado por las autoridades y el mismo Jesús acabó ajusticiado. Pero ese Reino tenía una fuerza tal que germinó y creció y se ha convertido en un árbol gigantesco que ofrece la salvación a toda la humanidad.
Los creyentes en Jesús, la Iglesia, también deberíamos seguir un estilo de actuación parecido, no basado ni en el poder, ni en el prestigio, ni en la organización admirable de las instituciones, ni en las estadísticas triunfalistas. Los seguidores de Jesús no buscamos aplausos ni pregonamos nuestros éxitos, ni queremos ser protagonistas. Más bien seguimos la consigna que él nos dio: que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha.
Una familia que, con sencillez y constancia, ejerce de «levadura» a su alrededor. Unos jóvenes que dan testimonio, dando ejemplo de honradez y de fidelidad cristiana a sus compañeros en el mundo de la escuela o del trabajo.
Una comunidad religiosa o parroquial que ilumina y transforma, con paciencia y humildad, la sociedad que tiene alrededor. El Reino de Jesús actúa en silencio. Como actúa la semilla sembrada en tierra o como la levadura que actúa dentro de la masa de harina: con eficacia, apoyadas en Dios.
Dios tiene paciencia: no quiere arrancar ya la cizaña
La comparación de la cizaña la aplica el mismo Jesús a la vida cristiana y al proceso del Reino de los cielos. El sembrador es Cristo; el campo, el mundo; el trigo, los buenos («los ciudadanos del Reino»); el enemigo que siembra mala hierba, el diablo (no sólo «roba» la semilla, como en la parábola del domingo pasado, sino que él mismo siembra mala hierba); la cizaña, «los hijos del mal»; la siega, el final de los tiempos; los segadores, los ángeles…
Jesús aborda aquí la coexistencia del bien y del mal en este mundo, o sea, la coexistencia de los buenos y los malos, del bien y del mal, en este mundo y también en la Iglesia y en nuestro ambiente familiar o social más cercano. En el mundo conviven los buenos y los malos. Hay quien dedica todas sus energías a ayudar a los demás, a curar sus males, a hacer progresar el bienestar, a atender a los enfermos o a los ancianos. Pero hay quien no tiene ningún escrúpulo en producir la muerte y en aprovecharse de los demás para su propio provecho.
Se trata, como en el caso de los muchos salmos que hablan de «los malos», de las personas cínicas, malvadas, que se ríen de todos, también de Dios, y aplastan a quien pueden para salir airosas en lo suyo. Baste recordar todos los géneros de terrorismo, o el negocio del narcotráfico, o los muchos episodios de genocidio que siguen dándose en el mundo, o los casos de violencia doméstica o de género que nos azota cada vez con más fuerza.
Todo eso no lo quiere Dios, ciertamente. A Dios no le gusta que haya cizaña, ni que triunfen los «corruptores y mal vados». Pero tampoco quiere suprimirlos con una intervención drástica. Como dice el libro de la Sabiduría, aunque Dios es todopoderoso, y lo podría hacer, no castiga al malo: «tu soberanía universal te hace perdonar a todos», «juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia». Uno se explica por qué uno de los nombres que más a gusto aplican los musulmanes a Dios es el de «el Pacientísimo».
Jesús quiere que se deje el juicio y la separación para el día final, sin precipitarse. Propone una perspectiva más a largo plazo. El Juez es Dios, y es él quien hará justicia. Nosotros no tenemos esa misión. Lo nuestro es seguir trabajando, sin perder la paciencia ni la esperanza, respetando la libertad de las personas, dándoles un voto de confianza. No vaya a ser que, queriendo arrancar lo malo, arranquemos también las posibilidades de bien que tienen todos, también los que podemos considerar malos. El ideal no es una Iglesia de sólo santos.
¿Por qué no interviene más Dios para poner orden en este mundo? ¿por qué no castiga a los malvados y les impide seguir haciendo el mal? Dios tiene paciencia. Dios cree en el hombre. Le concede siempre un voto de confianza. No le quiere privar de la libertad. Como ha dicho el libro de la Sabiduría, «en el pecado, das lugar al arrepentimiento».
¿Tenemos un corazón misericordioso, como el de Dios?
Deberíamos copiar esta actitud de bondad y misericordia en nuestra manera de tratar a los demás. En el libro de la Sabiduría hemos leído, hablando de la bondad y misericordia de Dios: «obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano».
Ante todo, no deberíamos extrañarnos ni asustarnos demasiado porque veamos que existe el mal en la Iglesia o en el mundo. Así como hay mala hierba dentro de cada uno de nosotros, no nos debería poner nerviosos el ver que hay también cizaña en la comunidad cristiana y en la sociedad, en las familias y en las comunidades religiosas. Todos somos débiles, y hay mil tentaciones a nuestro alrededor. En nosotros mismos también coexisten el bien y el mal, la tendencia al bien y la seducción del mal. Alguien que no es precisamente Cristo Jesús siembra «de noche» semillas que no son trigo bueno.
Tampoco deberíamos considerarnos demasiado maniqueísticamente a nosotros mismos («yo», o «nosotros los cristianos») como «el trigo», y a los otros («tú», o «los no cristianos») como «la cizaña». Como si la culpa la tuvieran siempre los demás, y nosotros, siempre, la razón. Nos cuesta entonar el «mea culpa» o hacer autocrítica. Nuestra primera reacción es la tentación de la intransigencia, y hasta el deseo de eliminar al adversario. Jesús nos enseña a dejar el juicio a Dios.
Los que trabajan por el Reino, los sembradores de la semilla, los predicadores, los cristianos «practicantes», no deberían tener tendencias integristas y fiscalizantes, ni precipitación en querer separar a los malos de los buenos. En el evangelio se nos cuenta algunas veces la actitud de impaciencia e intolerancia de los discípulos de Jesús, como cuando no les quisieron acoger en un pueblo de Samaría. La reacción de los discípulos (de los «hijos del Trueno», Santiago y Juan) fue tajante: ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo? Es una reacción visceral, poco conforme al estilo de Dios. Jesús les reprochó su actitud y les dio una lección de paciencia.
Deberíamos aprender de Dios su actitud de generosidad y misericordia, y ser más tolerantes con los que tenemos por malos, con los hijos o los amigos o los miembros de la comunidad que pasan por momentos difíciles. Deberíamos tener una paciencia «escatológica», que concede tiempo a las personas. Como la paciencia infinita de Dios. No somos jueces, ni podemos tan fácilmente condenar a los demás. No porque nos dé igual que se haga el bien o el mal. Lucharemos para que triunfe el bien. Pero no con una actitud intolerante ni violenta. Tenemos que imitar a ese Dios que ya en el AT se nos presenta como clemente y misericordioso, lento al castigo y a la ira, rico en perdón. Un Dios que Jesús nos describió también como el padre que perdona y como el pastor que busca a la oveja perdida y como el sembrador que espera a la cosecha para luego separar la cizaña.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
¿Qué actitud hubiéramos tenido nosotros ante el hijo pródigo que vuelve? ¿Y ante la oveja que se ha descarriado voluntariamente, hubiéramos actuado con el corazón comprensivo que muestra Dios, que muestra Jesús, o con un corazón mezquino? Cuando se nos presenta la ocasión, en la vida familiar o social, ¿hacemos fácil la rehabilitación a los que se arrepienten de sus errores o disparates? ¿Hubiéramos ayudado a Pedro a recuperar su dignidad personal, como hizo Jesús? Un testimonio impresionante es el que dio un hombre alcohólico que intentaba salir de su situación: «lo más difícil para un enfermo alcohólico no es dejar de beber, sino que le crean». A veces, en nuestro entorno, también en el de la Iglesia, un error puede costar a una persona la mala fama el resto de su vida.
4. Contemplación:
Nos gusta meternos a jueces y tomar la justicia por nuestra mano, y no es esa nuestra misión. Lo que nos toca a nosotros es seguir sembrando, y cuidando el campo, y regando, para que la cosecha del Reino sea lo más fecunda posible. Sin pretender un elitismo exagerado, sin recurrir a medidas drásticas ni violentas, sino sabiendo dialogar con los que no piensan como nosotros.
Convivir con el mal no significa aprobarlo, ni que todo nos es indiferente o que tenemos que dejar de luchar a favor del bien. Pero sí hemos de aprender la lección de paciencia y de misericordia infinita de Dios, que se nos ha manifestado en Cristo Jesús. Él nos contó la parábola de la higuera, a la que el dueño, antes de declararla definitivamente como estéril, le concedió tiempo para ver si daba fruto.
Aldazábal, J. (2004).
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