DOMINGO 02 DE AGOSTO
DOMINGO DÉCIMO OCTAVO DEL TIEMPO ORDINARIO
“Comieron todos hasta saciarse»
Is 55,1-3 / Sal 145(144),8-9.15-16.17-18 (R.cf.16) / Rm 8,35.37-39 / mt 14,13-21.
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Hoy el evangelio, y la primera lectura que lo prepara, junto con el salmo, describen los dones de Dios bajo la metáfora de la comida y la bebida. El profeta promete, de parte de Dios, bebida y comida que sacian de veras. Luego, Jesús, compadecido de la multitud, le da de comer, multiplicando los panes y los peces.
Todos entendemos que la humanidad tiene hambre y sed no sólo de pan y de agua, sino que existen también otras clases de sed y hambre, de valores más profundos y espirituales. Hoy se nos asegura que Dios nos ofrece el alimento verdadero.
Isaías 55,1-3. Venid y comed
La segunda parte del libro de Isaías, el llamado «libro de la consolación», termina animando al pueblo con palabras de esperanza respecto al futuro, la vuelta del destierro.
Entre las numerosas imágenes que utiliza, hoy leemos la de la comida y la bebida. Los sedientos tendrán agua y vino y leche gratis. Los hambrientos están invitados por Dios a platos sustanciosos, de los que sacian, de los que alimentan de veras. Lo que tienen que hacer los creyentes es «oír, acudir, venir, escuchar, hacer alianza con Dios».
El salmo también sigue con el mismo símil: «abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores». Con el «retrato» de la bondad de Dios que hemos cantado ya varias veces en los últimos domingos -y no deberíamos cansarnos nunca de repetir- se sigue afirmando que Dios es «clemente y misericordioso, bueno con todos…». En una de las estrofas escogidas para este salmo meditativo alabamos a Dios: «tú les das la comida a su tiempo y sacias de favores a todo viviente».
Romanos 8, 35.37-39. Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo
Es breve el pasaje de Pablo, y contiene una exclamación gozosa, a modo de himno entusiasta y convencido: «¿quién podrá apartarnos del amor de Cristo?».
Pablo enumera valientemente los obstáculos que pudiéramos tener para hacer peligrar ese amor de Cristo. Ni los elementos interiores como la aflicción o la angustia, ni los exteriores como las persecuciones o los peligros, ni siquiera elementos sobrenaturales, como los ángeles o los principados, ni el presente ni el futuro: nada podrá separarnos de ese amor.
Mateo 14,13-21. Comieron todos hasta quedar satisfechos
Jesús quiere retirarse con los suyos a un lugar tranquilo, pero la gente le sigue y él, una vez más, se compadece de tantas personas que buscan el sentido de la vida (en otra ocasión dijo que los veía «como ovejas sin pastor»). Están en el desierto. Les atiende, cura a los enfermos y luego da de comer a la gente multiplicando los panes y los peces que le presentan (la comida habitual para los galileos). Es un episodio lleno de simbolismo, en el que seguramente los evangelios ven el paralelo y el cumplimiento perfecto de los milagros parecidos de Moisés o de Elíseo en el AT.
La multiplicación de los panes «es un milagro al que los evangelios le dan mucha importancia: nada menos que seis veces aparece su descripción. De ellas, dos en Mateo, de las que leemos la primera. Probablemente se trata de dos episodios distintos. El número de cinco mil seguramente es un número no estadístico sino simbólico, aunque no sepamos exactamente en qué clave habría que interpretarlo.
II El amor de Dios se ha manifestado en Cristo
La segunda lectura de hoy es un himno lleno de entusiasmo lírico, en que Pablo alaba a Dios por lo que ha hecho por la humanidad: su amor se nos ha manifestado en Cristo Jesús.
Es valiente el apóstol al afirmar que nada ni nadie -todos los seres y fuerzas posibles e imaginables- pueden destruir o apartarnos de ese amor. Con interrogantes retóricos y respuestas muy vivas, expresa Pablo su total confianza en el amor de Dios.
Claro que no se trata aquí del amor que nosotros tenemos a Cristo, que por desgracia es bien frágil y cedería a muchas de estas fuerzas. Sino del amor que Dios nos tiene a nosotros, y que se ha manifestado en Cristo Jesús: ese sí que es invencible. Con la ayuda de ese amor, venceremos todas las dificultades que nos salgan al camino. Como fue venciéndolas Pablo en su agitada vida de apóstol.
Pablo nos infunde esperanza. No es que vayan a faltarnos tentaciones y obstáculos en nuestra particular historia de salvación. Pero con el apoyo de Dios, todo nos es posible. Nada nos puede separar de su amor. Esta es la fuerza más segura que tenemos a favor nuestro. ¿Creemos esto de veras? ¿tenemos esta confianza de Pablo en el amor de Dios? Y si es así, ¿por qué andamos a veces tan poco animados por la vida?
La comida y la bebida de Dios, la comida verdadera
Dios sabe del hambre y de la sed de la humanidad y nos da beber y de comer. La invitación es muy antigua, y nos la ha transmitido Isaías: «Acudid por agua… venid, comed sin pagar vino y leche gratis… comeréis bien.
Lo hemos experimentado de una manera más concreta y plena cuando Cristo Jesús, el Hijo de ese Dios misericordioso, ha pasado por la vida «haciendo el bien» y atendiendo a todos los que pasaban malos momentos. Esta multiplicación de panes -y además, en abundancia: sobra comida: señal de que han llegado los tiempos mesiánicos- se enmarca en toda una vida en que aparece Jesús curando, escuchando, enseñando, consolando, resucitando, perdonando. Además de su poder divino, Jesús muestra una y otra vez un corazón lleno de misericordia.
No sólo hay hambre de pan. Lo que más regaló Jesús a sus contemporáneos fue esperanza y sentido de la vida. El profeta Isaías apunta a cuál es el alimento verdadero: «¿por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?». El profeta nos habla de la Palabra y de la Alianza que nos ofrece Dios. La metáfora de la comida y de la bebida es muy apropiada para hacer comprender otros bienes que nos regala Dios: su cercanía, su perdón, su amor. Como hizo tantas veces Jesús, que utilizó el ambiente de una comida, o a veces la imagen de la misma, para proclamar el perdón y la salvación de Dios.
También a los cristianos de nuestro tiempo nos ofrece Dios la verdadera respuesta a nuestras preguntas y hambres.
Dadles vosotros de comer
Además, nos invita a que nosotros, por nuestra parte, demos de comer a los demás. Los apóstoles tenían buen corazón. De ellos salió la idea de que la gente debía estar ya muy cansada y hambrienta. Era hora de enviarlos a descansar y a alimentarse. Pero para Jesús eso no bastaba.
En un primer momento, parece como si Jesús quisiera poner a prueba a sus discípulos. Les dice: «dadles vosotros de comer». Pero ¿cómo iban a poder dar de comer a tanta gente si tenían sólo cinco panes y dos peces? Menos mal que Jesús está dispuesto a salir al paso del problema con su milagro.
Pero sigue en pie la primera consigna de Jesús: dadles vosotros de comer. No todo lo hace Dios. No todo lo provee Cristo con su milagro. Es interesante el matiz que aporta Mateo: Cristo da los panes y peces multiplicados a los discípulos, y luego estos se los dan a la gente. Los cristianos, los discípulos de Jesús, deben compartir con él su compasión y su sintonía con el hambriento. En todos los sentidos del hambre y de la sed. Los cristianos somos colaboradores de ese Dios y de ese Cristo que quiere saciar el hambre y la sed de la humanidad.
Consigna que sigue en pie para su comunidad eclesial: ¿no es lo que está haciendo en el mundo, hace ya dos mil años? ¿a cuántos ha partido la comunidad cristiana el Pan con mayúscula de la Eucaristía y los demás sacramentos, y el pan con minúscula de la atención sanitaria, del alimento, del consuelo, de la cultura? La Iglesia, o sea nosotros, aprendemos continuamente la lección de solidaridad y buen corazón de Cristo Jesús.
La caridad de Cristo es concreta. La caridad de sus seguidores lo debe ser también: la atención a los enfermos, a los ancianos, a los que física o moralmente tienen hambre y sed, a los familiares o amigos en situación difícil, a los inmigrantes que encuentran difícil la incorporación a nuestra sociedad… Nosotros no podremos hacer milagros. Pero sí podemos atender al que pasa necesidad y dedicarle nuestro tiempo, nuestro interés, y todos los medios, morales y materiales que estén a nuestro alcance. Eso no sólo con los del Tercer Mundo, sino también con los más cercanos a nosotros, empezando por nuestra propia comunidad y familia. A nuestro lado hay personas que tienen sed, que pasan hambre: de agua, de pan, y también de amor y de felicidad y de sentido de la vida.
Muchas personas están verdaderamente en el desierto, perdidas por el mundo, como la gente que seguía a Jesús, con sus carencias de paz, de amor, de comunicación, de seguridad, de sentido de la vida. ¿Conocemos nosotros la situación de nuestro mundo?, ¿sintonizamos con las grandes preocupaciones de la humanidad?, ¿qué hacemos para salir al paso de esa sed y de esa hambre?, ¿se nos ocurre sólo invitarles a que se vayan a comprar comida al pueblo vecino?
En el juicio final, que nos contará Mateo en uno de sus últimos capítulos, la primera prueba o test de si hemos sido buenos discípulos de Jesús y merecemos su Reino va a ser esta: si hemos dado o no de comer al hambriento. Además, él lo interpreta como un gesto hecho (o no hecho) a él mismo: «tenía hambre y me disteis de comer… a mí me lo hicisteis». Vale la pena recoger también el matiz de Isaías: «acudid a por agua también los que no tenéis dinero… tomad sin pagar vino y leche gratis». Dar gratis, porque también nosotros recibimos gratis los dones de Dios.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Tomad y comed, tomad y bebed
En la Eucaristía tenemos nosotros más suerte que los que comieron los panes y peces milagrosamente multiplicados por Jesús. En la Eucaristía tenemos un sacramento admirable, en el que el mismo Jesús se ha querido convertir en alimento para nuestro camino.
4. Contemplación:
Cristo se nos da como la Palabra: es nuestro Maestro, que continuamente nos enseña los caminos de Dios, y se nos da como comida y alimento de vida eterna: partimos el pan y repartimos el vino, que él nos ha dicho -y su palabra se mantiene veraz para siempre- que son su propio Cuerpo y su propia Sangre. Él ya sabía que nuestro camino era difícil. Que muchas veces nos encontraríamos perdidos en el desierto y sufriríamos sus cansancios y hambres. Por eso pensó en este sacramento. En el Padrenuestro pedimos a Dios: «danos hoy nuestro pan de cada día». Ciertamente Dios nos ha dado el mejor Pan: Cristo mismo.
Aldazábal, J. (2004).
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