DOMINGO 09 DE AGOSTO
DOMINGO DÉCIMO NOVENO DEL TIEMPO ORDINARIO
“La tempestad calmada»
1R 19,9a.11-13a / Sal 85(84),9ab+10.11-12.13-14 (R. 8) / Rm 9,1-5 / Mt 14,22-33
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
I La tempestad calmada
Después de la multiplicación de los panes, que leíamos el domingo pasado, Mateo nos cuenta el episodio de la tempestad calmada, cuando las olas y el viento del lago sacudían y hacían casi zozobrar la barca de los discípulos.
Una barca zarandeada por las olas y el viento son un buen símbolo de tantas situaciones personales y comunitarias que se van repitiendo en la historia y en nuestra propia vida. Como la del profeta Elías en el AT. Como la de tantos cristianos que experimentan dificultades y miedos tan grandes como los de los apóstoles.
1 Reyes 19, 9a.ll-13a. Ponte en pie en el monte ante el Señor
Elías, después de un gran éxito, al dejar en evidencia él solo y mandar castigar delante de todo el pueblo a los más de cuatrocientos profetas y sacerdotes del dios falso Baal, sabiéndose perseguido a muerte por la reina Jezabel, tiene que huir al desierto.
En la huida llega al monte Horeb, o Sinaí, donde el pueblo, a la salida de Egipto, había experimentado la cercanía y había firmado la alianza con Dios. Ahí tiene Elías la experiencia de la teofanía de Yahvé, que no se le «aparece» en lo que él podría haber imaginado y que eran los signos tradicionales de la presencia de Dios -el huracán, el terremoto, el fuego- sino en una brisa suave. En ese encuentro recibe el encargo de volver a la ciudad, de nuevo, a seguir ejerciendo su misión profética, se supone que con un ánimo más calmado y unos métodos más suaves.
El salmo habla también de un Dios lleno de paz y misericordia: «muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación», «Dios anuncia la paz», «el Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto».
Romanos 9,1-5. Quisiera ser un proscrito, por el bien de mis hermanos
Con el capítulo 9, hasta el 11, empieza en la carta a los Romanos otro tema que a Pablo le preocupa mucho: la suerte que le espera al pueblo de Israel.
El apóstol muestra un apasionado amor a su pueblo, «los de mi raza según la carne», y le duele profundamente que no hayan sabido acoger al Mesías, después de tantos siglos de espera y anuncios proféticos.
Reconoce con afecto una lista de dones que siguen teniendo los judíos, como herederos de las promesas del AT.
Mateo 14, 22-33. Mándame ir hacia ti andando sobre el agua
Después de multiplicar los panes y dar de comer a la gente, al llegar la noche, Jesús se retira solo al monte, a orar.
Los discípulos, mientras tanto, adentrándose en el lago, están pasando momentos de apuro por el viento recio y contrario que zarandea su barca, y eso que eran pescadores de profesión. Momentos que se convierten en pánico y gritos cuando, en la oscuridad, antes del amanecer, ven venir hacia ellos a Jesús caminando sobre las aguas, tomándole por un fantasma, hasta que oyen su voz tranquilizadora.
Mateo es el único que añade el episodio de Pedro, que pide a Jesús que le deje caminar también a él sobre el lago, pero luego pierde la confianza, tiene miedo a hundirse y es salvado por la mano de Jesús.
La conclusión es una profesión sincera de fe: «eres el Hijo de Dios». Jesús se había presentado con un atributo divino: «yo soy», y Pedro se había dirigido a él llamándole «Kyrios, Señor».
II El destino del pueblo elegido
Es admirable el amor que Pablo muestra por su pueblo. Él quisiera que todos sus hermanos de raza creyeran en Jesús, como lo ha hecho él. Pero ante la obstinación y el rechazo de su pueblo, siente «una gran pena y un dolor incesante». Llega a decir, cosa que nos puede parecer hasta escandalosa, que «por el bien de su pueblo» aceptaría incluso «ser un proscrito lejos de Cristo», o sea, un maldito, un excomulgado, si con eso vinieran a la fe sus hermanos.
Los motivos de esta solidaridad son teológicos. Para él, fue seria la elección de Dios en el AT, y todavía hoy los valores del pueblo de Israel siguen ahí: la elección por parte de Dios, la adopción como hijos, la presencia particular de Dios, la alianza que sellaron en el Sinaí, la ley dictada a través de Moisés, el culto con el que entraban en contacto privilegiado con Dios en el Templo, la presencia de patriarcas y profetas… Finalmente, el hecho de que el mismo Jesús «según la carne», naciera de este pueblo.
Pablo nos da una buena lección a nosotros, los cristianos del siglo XXI. Ante todo, para examinar cuál es nuestra relación anímica con respecto a Israel. Sigue siendo para nosotros un misterio y un interrogante el destino del pueblo judío. También Jesús lloró sobre Jerusalén, porque la amaba, y preveía su ruina. Había intentado «recoger a sus hijos como la gallina protege bajo sus alas a los polluelos», pero fracasó.
Los valores que Pablo enumera como heredados por su pueblo y transmitidos luego a nosotros, los apreciamos también ahora. Jesús y sus padres y los primeros cristianos eran judíos. Tenemos muchos y entrañables lazos en relación con el pueblo elegido, el pueblo de «la primera Alianza». Además de la lista que nos ha enumerado Pablo, podríamos recordar que les debemos los salmos, la institución semanal, con el domingo como sustituto del sábado, las fiestas de Pascua y de Pentecostés, que ahora nosotros hemos completado con un sentido cristocéntrico, y categorías tan importantes como la asamblea celebrante, la veneración por la Palabra, el memorial del acontecimiento pascual…
No tendríamos que olvidar la declaración del Vaticano II «Nostra aetate», sobre «las relaciones con las religiones no cristianas», en las cuales la Iglesia ve ciertamente también cosas verdaderas y santas. Sobre todo podríamos leer el número 4 de este documento, donde habla del pueblo elegido, la estirpe de Abrahán. También se puede extender esta visión más amplia de Pablo a otras religiones, con las que ahora, tal vez, estamos entrando más en contacto, como la budista o la islámica. La lección es siempre actual: ¿amamos a la humanidad? ¿amamos a esta generación en la que nos ha tocado vivir? ¿sabemos reconocer los valores que tiene el mundo de hoy, la juventud de hoy, los hombres de hoy, aunque también veamos sus deficiencias?
Nos duele, ciertamente, la pérdida actual de fe, no ya en el pueblo judío, sino entre los cristianos, en «nuestro pueblo», a veces en nuestra propia familia. Pero no por eso dejamos de amar a nuestros contemporáneos y de trabajar por ellos. ¿Somos capaces de sacrificarnos por ellos, de rezar por ellos?
Lecciones para los discípulos demasiado ardorosos
A Elías, Dios le da una buena lección. El profeta, en su camino de huida al desierto, al llegar al monte santo, Horeb, quiere tener la experiencia de la presencia de Dios. Acaba de realizar, en la escena anterior, un gran milagro, haciendo bajar fuego del cielo sobre los ídolos falsos y sobre sus sacerdotes, dando así testimonio del poder del verdadero Dios. Es un hombre fogoso, batallador, guerrero.
¿Cómo se le aparecerá ahora el Señor? Aquí le espera la lección. Cuando Elías está en la cueva del monte, sucede un huracán muy violento, pero el Señor no está en ese huracán. Luego viene un fuerte terremoto, pero el Señor no está ahí. Le sigue un fuego tremendo, pero tampoco ahí está Dios. Finalmente se siente una brisa tenue, y ahí sí, ahí se le manifiesta el Señor y le hace oír su voz. En vez de «brisa tenue», algunos entendidos dicen que habría que traducir «el rumor de un silencio».
Dios es imprevisible. Nos prepara continuas sorpresas. No le encontramos allí donde nosotros le suponemos o le queremos. A Dios no le podemos programar con ningún ordenador. Es el Todo Otro. Sus caminos no son nuestros caminos.
A alias le enseña Dios a calmar su temperamento y suavizar sus métodos. Un profeta que todo él es un fuego, un terremoto, un huracán, por su carácter y sus métodos, aprende que no son esos los métodos de Dios. Dios prefiere una cercanía suave, discreta, hecha a veces de silencio, no la espectacularidad de una tormenta. Jesús tuvo que reprochar a Pedro cuando, en el Huerto, sacó la espada y cortó la oreja a uno de los que venían a prenderle.
Como dice el salmo de hoy, «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos». Cuando Isaías anunció, en el primero de los «cantos del Siervo», cómo sería y actuaría el enviado de Dios, nos aseguró que «no voceará, no gritará por las calles… la caña cascada no la acabará de romper… el pábilo vacilante no lo terminará de apagar…». Jesús nos invitó a imitarle en su actuación: «aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón».
¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?
También Pedro recibe una lección en el episodio que hemos leído hoy. Él tiene muchas intervenciones en el evangelio. Algunas brillantes, como en su confesión del mesianismo de Jesús. Otras, no tanto, como la de hoy.
Pedro sintió, al igual que los demás que estaban en la barca, verdadero pánico, hasta llegar a gritar del susto, ante el agitarse del lago y la presencia del que les pareció un fantasma. Hay días en que el pescador más curtido le tiene respeto a las olas. Ahí entró en acción Pedro, un poco presuntuoso, y siempre protagonista, y se arriesgó, fiado en el Maestro: «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas». Decidido, valiente en principio, salta de la barca y se pone a caminar sobre las aguas. Hasta que la duda le hace perder la seguridad y comienza a hundirse. ¿Esperaba que todo fuera sencillo? ¿que también él podría hacer esos milagros que veía hacer a su Maestro? Pedro es espontáneo, primario, a veces presuntuoso. Sería interesante ver la sonrisa de sus compañeros, ante la situación nada brillante en que se había metido Pedro.
Hombre de poca fe… Es interesante comparar su «oración» de hoy: “¡Señor, sálvame!», con la que le vino espontánea en el monte Tabor, cuando la transfiguración de Jesús: «qué bien se está aquí, Señor, hagamos tres tiendas”.
La escena concluye con una profesión de fe: «realmente eres Hijo de Dios».
Sin la ayuda de Jesús, ni siquiera los apóstoles, incluido Pedro, pueden hacer nada. Jesús tiene que alargar su mano para dar firmeza a Pedro y a los demás.
Las tempestades de la Iglesia y de cada cristiano
Es fácil ver en el episodio de hoy una imagen de las numerosas tempestades que ha tenido que sufrir la comunidad de Jesús a lo largo de los siglos, con vientos realmente contrarios. También las que sufre cada uno de nosotros, en algún momento de nuestra vida, hasta el punto de que nuestra barca personal también amenaza a veces con irse a pique por las circunstancias contrarias internas o externas.
A la Iglesia se la ha comparado desde siempre con una embarcación, «la barca de Pedro». Todos sabemos que ha tenido tempestades fuertes a lo largo de los siglos y sigue teniéndolas ahora: a veces combatida desde fuera, con vientos fuertes y olas encrespadas, y otras desde dentro, con «mar de fondo». También tenemos la experiencia de que a veces nos vienen a los labios oraciones como la de Pedro: «sálvanos, Señor, que perecemos».
Ciertamente nuestra travesía por la historia no ha sido ni está siendo ahora un crucero de placer. Más bien sabemos de vientos y de nieblas y de oscuridad de noche y hasta de fantasmas. Cristo nunca nos prometió que no habría tormentas en nuestra vida. Al revés, nos avisó de persecuciones y peligros de dentro y de fuera. Eso sí: nos prometió que estaría con nosotros hasta el final del mundo. Cristo venía del monte, de pasar la noche en oración. Como pasó orando la otra noche, dramática, del huerto de Getsemaní, en la que tampoco los apóstoles oraban, porque estaban cargados de sueño.
Tanto en las tempestades eclesiales como en las personales, hay una gran diferencia: si Cristo no está en nuestra barca, todo parece que va a zozobrar. Si le admitimos a bordo, se amaina el viento y encontramos fuerza para remar y salvar las peores situaciones: «soy yo, no tengáis miedo». A veces se nos echa el mundo encima. O creemos que la Iglesia se hunde. O que Jesús está ausente, o dormido. Si oráramos más, como Jesús en la noche, tendríamos más seguridad y más eficacia en nuestra misión. Oiríamos su voz: «no tengáis miedo, soy yo».
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Pedro aparece aquí como el representante de tantos cristianos que creen en Cristo, que le siguen, que intentan serle fieles, pero que a veces dudan y tienen crisis de fe y sienten miedo e inquietud ante el futuro y caminan en la oscuridad de la noche, con viento en contra.
¡Qué poca fe! ¿Por qué tenéis miedo? Ya nos avisó que «sin mí no podéis hacer nada». Con él amainó el viento. Debemos confiar más en el Señor. El está dispuesto siempre a darnos paz y serenidad. No tendríamos que asustarnos demasiado ante las tempestades y los fracasos. Ni entusiasmarnos en exceso por los éxitos.
4. Contemplación:
Vale la pena que recordemos la otra consigna de Jesús: «duc in altum», «rema mar adentro». Con el apoyo de la oración y de la presencia del Resucitado y de su Espíritu, nuestra barca comunitaria y personal puede vencer todas las dificultades y tempestades
Aldazábal, J. (2004).
CENTRO DE PASTORAL LITURGICA.
DERECHOS RESERVADOS
CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA
