DOMINGO 16 DE AGOSTO
DOMINGO VIGÉSIMO DEL TIEMPO ORDINARIO
“También los extranjeros reciben la salvación de Dios»
Is 56,1.6-7 / Sal 67(66),2-3.5.6+8 (R. cf. 4) / Rm 11,13-15.29-32 /Mt 15,21-28
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Jesús predicaba y actuaba normalmente sólo en territorio de Israel, aunque a veces se acercó a las fronteras de los países paganos. Esta vez entra en territorio fenicio, al norte de Galilea, en el actual Líbano, hace un milagro a favor de una mujer extranjera y además alaba delante de todos su fe.
Es el aspecto que ya se anticipa en la primera lectura, con el anuncio profético de que también los extranjeros pueden acudir al Templo y obtener los favores de Dios.
En un mundo cada vez más pluralista, pero a la vez tentado de particularismo egoísta, nos va bien esta llamada a la universalidad, a la catolicidad, imitando el estilo de Dios y del mismo Cristo Jesús.
Isaías 56,1. 6-7. A los extranjeros los traeré a mi monte santo
Estamos en la tercera parte del libro de Isaías, a la vuelta del destierro. Su primer mensaje es una página muy universalista: la salvación de Dios también está destinada a los extranjeros: «a los extranjeros los traeré a mi monte santo… aceptaré sus sacrificios… mi casa es casa de oración para todos los pueblos». El profeta afirma que también hay extranjeros que merecen el beneplácito de Dios porque se dan al Señor y le sirven y aman su nombre y guardan la alianza.
Por eso se ha elegido un salmo universal y misionero: «oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben». El deseo y la oración del salmista es que «conozca la tierra tus caminos, y todos los pueblos tu salvación».
Romanos 11,13-15. 29-32. Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel
Sigue en la carta de Pablo el tema de la obstinación y el misterioso destino de Israel. Vuelve a mostrar el apóstol su amor al pueblo judío, sin perder la esperanza de que un día lleguen a reconocer al Mesías, como lo están haciendo muchos pueblos paganos. Su deseo mayor es «a ver si salvo a alguno de los de mi raza».
Pablo está orgulloso de poder ser llamado apóstol de los paganos, pero no por eso se desentiende de su pueblo. Si los paganos están siendo admitidos a la comunidad de los salvados, ¿cuánto más no habría que esperar que los del pueblo elegido, los herederos de las promesas, tengan igual o mejor suerte? El razonamiento de Pablo es valiente: «los dones y la llamada de Dios son irrevocables».
Mateo 15, 21-28. Mujer, qué grande es tu fe
Una mujer extranjera, sirofenicia, le pide a Jesús que cure a su hija enferma, que está «poseída por un demonio muy malo». Jesús no le pone la cosa fácil a la buena mujer. Primero hace ver como que no la oye. Sólo ante la petición de los apóstoles (a los que molesta esa mujer «que viene detrás gritando»), responde, pero parece que negativamente, alegando que él ha sido enviado sobre todo para los que pertenecen al pueblo elegido de Israel.
A la mujer, no sólo parece no atenderla, sino que pone a prueba su fe, con la comparación, que a nosotros nos puede parecer ofensiva, de que el pan es para los hijos y no para los perros, aludiendo al pueblo de Israel, como «los hijos», y a los demás como no pertenecientes a la casa. Pero la mujer contesta finamente que en cualquier casa, sin quitar el pan a los hijos, se procura que quede algo para los perritos. Jesús, entonces, le concede lo que pide, alabándole su fe: «mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
II
Dios quiere la salvación de todos
La Palabra de Dios nos recuerda hoy que también con los que no son de «los nuestros» debemos ser acogedores. También los extranjeros tienen derecho a la salvación de Dios. Dios ama a todas sus creaturas, sea cual sea su raza y su condición social y su religión. Hace llover sobe justos y pecadores. Es el Padre de todos.
Ya en el AT, como hemos visto en Isaías, se anuncia que también los extranjeros pueden agradar a Dios y que serán escuchadas sus oraciones y aceptados sus sacrificios. Cuando el joven rey Salomón, al inaugurar solemnemente el Templo de Jerusalén, oró por su pueblo, pidiendo a Dios que escuchara las oraciones de los que venían a este lugar santo, añadió: «También al extranjero que no es de tu pueblo Israel, al que viene de un país lejano a causa de tu Nombre… a orar en tu Casa, escucha tú desde los cielos y haz según te pida el extranjero, para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu Nombre»… (1 Reyes 8, 41 ss).
A Pablo le preocupa la suerte de su pueblo
En la carta de Pablo encontramos otra línea de pensamiento: la suerte de su pueblo.
En los primeros años de la comunidad cristiana, había varios frentes en que se intentaba discernir la voluntad de Dios sobre el futuro de la Iglesia: a) la admisión a la fe de los pueblos paganos, y con qué condiciones; b) y la admisión o readmisión del pueblo judío, que había sido el primer destinatario de la salvación mesiánica.
Muchas veces nos encontramos, sobre todo cuando leemos los Hechos de los Apóstoles, con el primero: la admisión de los paganos. Pero Pablo, aquí, reflexiona sobre el segundo de los aspectos. Él desea la conversión de su pueblo, quisiera que los judíos, viendo cómo tantos paganos aceptan la fe, sintieran celos y recapacitaran sobre su rechazo de Jesús. ¿Cómo puede ser que Dios se olvide de su pueblo, el pueblo elegido, el pueblo de «la nunca derogada primera Alianza»?
Para Pablo es clara la voluntad de Dios: todos están destinados a la salvación. El pueblo elegido en primer lugar -él siempre predica primero a los judíos, en la sinagoga, y sólo después pasa a los paganos-, pero también los paganos. Cristo ha muerto por todos.
Jesús alaba la fe de una extranjera
Jesús, aunque predicara normalmente en tierras de Israel, no perdía ocasión para alabar la fe también de los extranjeros: del leproso samaritano que vuelve a dar gracias, del buen samaritano que atiende al herido del camino, al centurión romano por su fe; hoy, a esa mujer extranjera que tiene fe en él. Cuando Mateo escribe su evangelio, muchos paganos están entrando en la Iglesia. Por eso, el milagro de hoy adquiere un simbolismo de justificación y anuncio.
No es la pertenencia al pueblo judío lo que salva, sino la fe en el Enviado de Dios. No es la raza, sino la disposición de cada uno ante la oferta de Dios. Cristo hoy alaba a esta buena mujer, que no es judía. Mientras que muchas veces tiene que criticar la poca fe de los «oficialmente buenos», los del pueblo elegido.
El evangelio de Mateo, que leemos los domingos de este año, termina con un encargo misionero claro por parte de Jesús: «id y enseñad a todas las naciones…»
¿Es universal y «católico» nuestro corazón?
Poco caso parecen haber hecho los judíos a este pasaje de Isaías: no aparecen universalistas, instintivamente rechazan a los extranjeros. Jesús tuvo que corregir una y otra vez ese «racismo» que se basaba en que ellos eran «hijos de Abrahán»: pedía que fueran seguidores de Abrahán, no tanto por la herencia racial, sino por la fe.
A las primeras generaciones de cristianos les costó convencerse de que los diversos episodios de los Hechos de los Apóstoles, como cuando Pedro tuvo que rendir cuentas a la comunidad porque había admitido a la fe a la familia del centurión romano, o la mesa redonda que se tuvo que organizar sobre el tema en el llamado «concilio de Jerusalén».
Todos solemos tener problemas anímicos a la hora de incluir en nuestra esfera de convivencia a gentes de otra cultura o religión o edad, o a los de ideología política distinta. La primera reacción, ante estas personas, es la desconfianza, y las discriminamos fácilmente de mil maneras.
Esto puede sucedemos en varios niveles. Por ejemplo, en el diálogo interreligioso, empezando por los judíos, como ya veíamos el domingo pasado. Cada vez más, en nuestra sociedad, convivimos con personas de otra cultura y religión, y tendríamos que saber superar los prejuicios. No es que todas las religiones sean iguales. Pero toda persona puede ser fiel a Dios según la conciencia en la que ha sido formada, y puede darnos ejemplos tan hermosos como el de la fe que Jesús alabó en la mujer cananea.
Sería bueno que releyéramos dos documentos del Vaticano II, el que trata de nuestra relación con las otras confesiones cristianas, la Unitatis Redintegratio, y la que habla de las religiones no cristianas, entre otras de modo preferente la judía: la Nostra Aetate. Nos enseñan a afinar nuestra caridad cristiana y nuestra amplitud de miras en las relaciones con todas estas personas, a la vez que damos testimonio de fidelidad a nuestras convicciones.
En una sociedad cada vez más pluralista, es fácil que nos resulten incómodas y molestas muchas personas: los forasteros, los inmigrantes, los desconocidos, hasta los turistas de paso. Sin embargo, esas personas nos dan lecciones en algunas ocasiones: lecciones de generosidad, de fe, de sinceridad. Es la ocasión para que aprendamos a evitar toda clase de racismo o de nacionalismo excluyente.
Lo mismo sucede en un nivel más doméstico. Tenemos mil ocasiones, en la vida de cada día, para ejercitar esta hospitalidad y apertura de corazón. No vaya a ser que sepamos dialogar con los forasteros y alejados y neguemos luego el diálogo a los de casa. En nuestra misma familia o comunidad, algunas personas no nos resultan simpáticas, por su cultura, por su edad, por su temperamento. A veces miramos a los forasteros con suspicacia, a los jóvenes con impaciencia, a los adultos con indiferencia, a los pobres con disgusto, al tercer mundo con desinterés, a los alejados de la fe con autosuficiencia y a los de otra lengua o cultura con recelo apenas disimulado. Pero Dios quiere a todos. Cristo, si tiene alguna preferencia, es para con los débiles y marginados.
¿Tenemos oídos para escuchar las súplicas -a veces, los gritos- de los que a nuestro lado necesitan ayuda? Muchas veces no es ayuda económica lo que necesitan, sino una mano tendida y una cara acogedora y un interés sincero por sus problemas o interrogantes.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
La Eucaristía es cada vez una escuela de universalidad y de caridad. Cuando estamos a punto de participar del mismo Cuerpo y Sangre de Cristo -antes hemos compartido ya la misma Palabra de Dios y hemos rezado y cantado juntos- nos damos la paz con los que están a nuestro lado, sean conocidos o no. Es un gesto simbólico de que también luego, en la vida, acogeremos a los demás, sean o no de nuestro gusto.
4. Contemplación:
Empezamos la misa precisamente con las palabras que Mateo pone en labios de la mujer cananea: «ten compasión de mí, Señor», que es exactamente la traducción del «Kyrie, eleison». Eso nos hace humildes, tanto en relación con Dios como en relación a nuestro prójimo.
El día del último juicio, una de la frase que más nos gustará oír de labios del Juez, que es Cristo mismo, es esta: «era forastero y me acogisteis… a mí me lo hicisteis».
Aldazábal, J. (2004).
CENTRO DE PASTORAL LITURGICA.
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