DOMINGO 13 DE SEPTIEMBRE
VIGÉSIMOCUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
“Perdona: Entra en el mundo de Dios»
Eclesiastés 27, 33–28, 9, Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12, Romanos 14, 7-9, Mateo 18, 21-35
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
El perdón cambiaría el mundo
Un aspecto importante en la vida de toda comunidad, familiar, eclesial o social, es el saber perdonar. Si el domingo pasado Jesús nos enseñaba cómo corregir al hermano que falta, hoy nos dice que, en todo caso, debemos saber perdonar. Es una de las consignas más difíciles que nos ha dejado Jesús a sus seguidores: más exigente que los diez mandamientos del AT.
Es un mensaje que ya anticipa, como suele suceder en los domingos del Tiempo Ordinario, la lectura del AT. Se podría decir que con estas lecturas pasa lo que sucede con un álbum de fotos, en que a veces situamos en paralelo dos imágenes de la misma persona en dos etapas de su vida, o una misma situación en diversos lugares.
Del mismo modo, el libro de Ben Sira nos invita ya a saber perdonar al hermano, cosa que Jesús nos enseñará todavía con mayor énfasis. El perdón no es un valor que abunde mucho en este mundo. Se habla mucho de justicia, pero de perdón, no.
Siracida 27,33 – 28,9. Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas
El libro del Sirácida -el libro de «Jesús, hijo de Sira»-, que antes se solía llamar «Eclesiástico», fue escrito casi dos siglos antes de Cristo. Entre la serie de reflexiones sapienciales que incluye, nos propone hoy una «ecuación» significativa: si uno no perdona al hermano, ¿cómo puede esperar que a él le perdone Dios? La cólera y el rencor son malos consejeros. La confianza en el perdón de Dios tiene que ir acompañada con nuestro perdón al hermano: «perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas», «no te enojes con tu prójimo… perdona el error». La medida que uno use con los demás será la que Dios use con él.
El salmo es uno de los más repetidos en esta selección de cantos de meditación, el que describe con entusiasmo la bondad y la misericordia infinita de Dios: «el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia». Y sigue retratando la actitud bondadosa de Dios: «él perdona todas tus culpas… te colma de gracia y de ternura… no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo…».
Romanos 14, 7-9. En la vida y en la muerte somos del Señor
Hoy leemos por última vez la carta de Pablo a los Romanos, que nos ha acompañado durante dieciséis domingos. En el pasaje de hoy, Pablo quiere que sus lectores sepan distinguir entre lo que es importante y lo que no. Lo principal es nuestra unión con Cristo Jesús. Todo lo demás es relativo.
Es breve la lectura, pero sustanciosa por demás: «si vivimos, vivimos para el Señor… si morimos, morimos para el Señor». Los que por el Bautismo hemos sido incorporados al Resucitado, le pertenecemos, «en la vida y en la muerte somos del Señor». Para Pablo siempre es Cristo el punto de referencia.
Mateo 18, 21-35. No te digo que le perdones siete veces, sino hasta setenta veces siete
En la vida de la comunidad, sobre la que Mateo ha reunido en el capítulo 18 algunas de las consignas prácticas de Jesús, hay que saber perdonar.
Pedro interviene con una pregunta: ¿tengo que perdonar hasta siete veces? La respuesta de Jesús es sorprendente: ¡setenta veces siete! A continuación, Jesús cuenta la parábola del funcionario que es perdonado y a su vez no es capaz de perdonar. Una parábola que sólo Mateo nos trae en su evangelio. Los diez mil talentos parecen ser una cantidad enorme. Mientras que los cien denarios, una más asequible. En comparación, los diez mil denarios, dicen los entendidos que equivaldrían a unos sesenta millones de denarios. La diferencia es abismal y, por tanto, la lección de la parábola más expresiva.
El rey revoca el perdón anterior y exige al funcionario el pago de toda la deuda. Jesús nos avisa: «si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
II
Pertenecemos a Cristo Jesús
Es una convicción que Pablo ha ido desgranando a lo largo de la carta a los Romanos, y en otras: desde el Bautismo estamos insertados -injertados en Cristo, participamos de su vida, de su Espíritu. Todo en nosotros tiene sentido si lo miramos desde Cristo: la vida y la muerte.
Si creyéramos esto de veras, tendrían signo distinto todas nuestras actitudes: nuestra relación con Dios en la oración filial (como hermanos de Cristo, el Hijo mayor), nuestra caridad para los demás (a todos nos une Jesús), nuestra visión de los acontecimientos pasados y futuros (la resurrección de Cristo da luz a toda la historia).
De este pasaje de Pablo está tomado uno de los cantos que mejor expresan el sentido cristiano y pascual de las exequias: «si vivimos, vivimos para Dios; si morimos, morimos para Dios; en la vida y en la muerte somos de Dios».
Dios es un Dios que perdona
Nosotros tenemos un corazón mezquino, «lento para el perdón y siempre dispuesto al rencor y la cólera», podríamos decir afirmando lo contrario que el salmo dice de Dios.
Dios sí tiene un corazón misericordioso y perdonador. El salmo nos lo describe como el que siempre perdona, cura, rescata, colma de felicidad, que no está siempre acusando… Valdría la pena que hoy, cada uno personalmente, leyéramos -rezáramos- este salmo 102 entero, después de la comunión o en otro momento de pausa: es un hermoso himno a la misericordia de Dios.
Cristo Jesús, que es el sacramento y la imagen perfecta de Dios Padre, también nos da, no sólo la enseñanza, sino también el mejor ejemplo del saber perdonar. Describe a Dios como el pastor que recupera y perdona a la oveja descarriada, o como el padre que acoge y perdona al hijo pródigo. Pero además, él mismo, Jesús, actúa con un corazón lleno de misericordia: perdona con delicadeza a la mujer pecadora, muere en la cruz perdonando a sus verdugos, después de resucitado perdona a sus discípulos (come y bebe con ellos), y en concreto a Pedro.
Esta convicción del amor misericordioso de Dios, manifestado en Jesús, nos tiene que infundir confianza en nuestros momentos de debilidad. Tenemos un Dios que perdona. El sacramento de la Reconciliación deberíamos considerarlo como el sacramento gozoso en que nuestra humilde confesión se encuentra con el perdón paterno de Dios, como en la parábola del hijo pródigo.
Nosotros, ¿sabemos perdonar?
Pero ese perdón de Dios, y de Cristo, debe tener otra consecuencia: deberíamos ser capaces también nosotros de perdonar, igual que perdona Dios. No sólo que no nos venguemos, sino que perdonemos. Es la característica que Cristo quiere que tengan sus discípulos: «si saludas sólo al que te saluda, ¿qué haces de extraordinario? Tú saluda también al que no te saluda». «En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros». Y uno de los aspectos más expresivos del amor es el perdón.
Pedro, al formular su pregunta, tal vez creía proponer un número exagerado. Si los rabinos parece que tenían el número cuatro como el tope, Pedro pone el techo, el colmo de la generosidad, en el siete. Número que no hay que tomar aritméticamente, sino en el sentido de «muchas veces».
Pero Jesús le corrige claramente: hay que saber perdonar setenta veces siete, que equivale a «siempre». No es cuestión de números y contabilidad, sino de cambio de mentalidad. No tenemos que llevar cuenta de las ofensas que nos hacen, o que creemos que nos hacen, ni de las veces que hemos perdonado mostrándonos magnánimos. Dios tampoco lleva contabilidad de las veces que nos perdona. Precisamente Pedro fue objeto de uno de los gestos de perdón más famosos por parte de Jesús, que le rehabilitó ante los demás después de la resurrección.
También a nosotros nos puede reprochar Jesús, como el rey al empleado intransigente: «¿no debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?». Tendremos que superar la «ley del talión» (ojo por ojo y diente por diente) o la de «el que la hace, la paga». Además, a veces «perdonamos», pero no «olvidamos». Lo que quiere Dios es una «amnistía»: el perdón y el olvido. Como dice el salmo: «como dista el oriente del ocaso, así aleja Dios de nosotros nuestros delitos»
Tenemos muchas ocasiones, en la vida de familia y de comunidad, en las relaciones sociales y laborales, de imitar o no esta actitud de Dios. Envidias, celos, olvidos voluntarios o no, palabras hirientes, o que a nosotros nos parecen hirientes e intencionadas, abandono en los momentos en que necesitábamos ayuda, y no digamos ya casos de «violencia doméstica» o «violencia de género», que son los más sangrientos, pero que se pueden considerar como las puntas de iceberg de otras situaciones más cotidianas también muy ingratas.
¿Tenemos un corazón magnánimo, fácil en perdonar? Si el hijo pródigo, al volver a casa, se hubiera encontrado con nosotros, en vez de encontrarse con su padre, ¿hubiera terminado igual la historia? ¿O actuamos como los fariseos, que se creían santos, y como el hermano mayor, que no aceptaba que se perdonase tan fácilmente a su hermano? ¿Somos capaces de hacer fácil la rehabilitación de los que han faltado, como hizo Jesús con Pedro después de su gran fallo?, ¿o estamos continuamente echando en cara los fallos a los demás?
El que se sabe perdonado, perdona más fácilmente
El motivo de saber perdonar a los demás no es sólo la actitud de civilización o filantropía, o el interés de tratar bien a los demás («hoy por ti y mañana por mí»). El motivo fundamental es el que ofrece Pablo a los Colosenses: «sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo».
Igual que los cristianos somos unas personas «evangelizadas» (a las que se les ha anunciado la Buena Noticia y están imbuidas de ella) y así se sienten más invitadas a ser «evangelizadoras» de los demás, así también los que se saben «perdonados» por Dios (por ejemplo, en el sacramento de la Reconciliación) están mejor dispuestos a «perdonar» a los demás. Porque se reconocen personas débiles y frágiles y así no tienen la tentación de perdonar como si hicieran limosna o como un signo de magnanimidad, «con aires de perdonavidas», sino con naturalidad, pensando en las veces que nos ha perdonado a nosotros Dios, y seguramente también en las veces que nos han tenido que perdonar los que conviven con nosotros, sin hacérnoslo notar demasiado. Uno que ha experimentado en sí mismo la fragilidad está mejor preparado para ser misericordioso.
Todos sabemos que perdonar es difícil. No sólo cuando miramos a las grandes injusticias sociopolíticas entre los pueblos o las etnias -casos de genocidio, o de torturas masivas o de guerras totalmente injustas-, sino también en nuestra vida cotidiana, con los que tenemos más cerca en nuestra vida de familia o comunidad o trabajo. Cuando nos sentimos ofendidos, nos vienen en seguida a la mente argumentos para no perdonar tan fácilmente: motivos de justicia o de escarmiento pedagógico.
También a nosotros nos puede parecer, como a Pedro, que perdonar siete veces es el colmo de la generosidad. Cristo nos enseña algo mucho más radical: perdonar siempre. Además, tenemos la tendencia a darnos fácilmente por ofendidos, porque interpretamos todo desde nuestro egoísmo. A Pedro se le ocurrió la pregunta: «si mi hermano me ofende…». Tal vez no le pasó por la mente que él, Pedro, también podría ofender al hermano.
¡Cómo cambiaría la sociedad, y la familia, y la comunidad religiosa o eclesial, si perdonáramos y rompiéramos así la espiral de las venganzas! Haríamos bien en recordar una vez más una de las bienaventuranzas del sermón de la montaña: «bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia».
Una oración «peligrosa»: el Padrenuestro
Cuando celebramos la Eucaristía, la empezamos con un acto de humildad, pidiendo a Dios que nos perdone y nos purifique: entonamos el «mea culpa» y el «Señor, ten piedad». Es un buen modo de dar inicio a nuestra celebración.
Pero, unos momentos antes de acudir a la comunión, recitamos el Padrenuestro, la oración que nos enseñó Jesús. En esta oración hay una petición «peligrosa», porque le decimos a Dios que nos trate como nosotros tratamos a los demás: «perdónanos nuestras ofensas (en arameo, «deudas» equivale a «ofensas») como nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Algunos se saltarían con gusto estas palabras del Padrenuestro (algún músico ya lo ha hecho), porque son comprometedoras.
Podemos recordar lo que dice el Sirácida: «perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas». También lo que comentó Jesús al terminar de enseñarnos el Padrenuestro: «si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15).
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
También nos damos la paz con los más cercanos, como símbolo de que queremos estar reconciliados con todas las personas en la vida. ¿Cómo podemos acercarnos a la mesa común del Señor, con nuestros hermanos, si no estamos en actitud de reconciliación con ellos, si les guardamos rencor? El Sirácida lo decía ya: «¿cómo puede uno guardar rencor a otro y no tener compasión de su semejante y pedir perdón de sus pecados?».
4. Contemplación:
Son las dos lecciones de hoy, plásticamente traducidas en el momento culminante de la Eucaristía: nos alegramos del perdón de Dios y manifestamos nuestro propósito de imitar su corazón misericordioso, perdonando también nosotros a los demás. Decir «amén» a Cristo, por ejemplo en la Eucaristía, supone decir también «amén» al prójimo en la vida, y perdonarle, cuando sea el caso.
Aldazábal, J. (2004).
CENTRO DE PASTORAL LITURGICA.
DERECHOS RESERVADOS
CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA
