DOMINGO 27 DE SEPTIEMBRE
VIGÉSIMOSEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
«Dijo: «voy», pero no fue»
Ezequiel 18, 25-28, Salmo 24, 4bc-5. 6-7. 8-9, Filipenses 2, 1-11, Mateo 21, 28-32
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
La lección que nos da la Palabra de Dios hoy, empezando por la lectura profética y el salmo, es que no basta decir cosas. No basta la intención. Además, hay que hacer lo que se dice.
A un político no se le aplaude sólo por sus intenciones o sus promesas en época electoral. Luego se espera que cumpla lo que ha dicho. Los fariseos recibieron a menudo reproches de Jesús en esta dirección. ¿Y nosotros?
Ezequiel 18, 25-28. Cuando el malvado se convierte de su maldad, salva su vida
El profeta compara la conducta del justo y del malvado, y su responsabilidad respectiva, ante la dura experiencia del destierro y la destrucción de Jerusalén.
Si uno es justo, pero luego «se aparta de su justicia, muere por la maldad que cometió». Si uno es malvado, pero «se convierte de la maldad, él mismo salva su vida». Al justo se le pide que persevere en el bien. Al malvado, que se convierta. El mensaje del profeta es esperanzador: invita a todos a confiar en la bondad y el perdón de Dios. Cada uno es responsable de sus actos y no puede escudarse en el grupo al que pertenece.
Por eso el salmo recoge una actitud de confianza: «recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna», y le pide: «no te acuerdes de los pecados de mi juventud». El salmista pide con humildad: «Señor, enséñame tus caminos».
Filipenses 2,1-11. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús
La carta a los Filipenses, que comenzamos a leer el domingo pasado, contiene unos consejos muy propios de Pablo, a la hora de edificar una comunidad fraterna que vive unida en el amor. Él quiere que los cristianos tengan «entrañas compasivas» y «un mismo amor y un mismo sentir», sin rivalidades.
Les da consignas muy concretas de humildad para con los otros, pero, sobre todo, les propone el mejor ejemplo, Cristo Jesús, que «no hizo alarde de su categoría de Dios» y se rebajó hasta la muerte, entregándose para la salvación de todos: «tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús». Aquí Pablo nos reproduce un «himno pascual» que seguramente era anterior a él y que tal vez cantaba la comunidad: el himno que nosotros rezamos cada sábado en vísperas.
Mateo 21, 28-32. Recapacitó y fue
Jesús, que ya ha llegado a Jerusalén, tiene delante a los «sumos sacerdotes y ancianos del pueblo», o sea, a miembros insignes de Israel, orgullosos de su pertenencia al pueblo elegido de Dios. Está creciendo por momentos la tensión con ellos. Ha expulsado a los mercaderes del Templo y ha pronunciado la maldición sobre la higuera estéril, símbolo de Israel.
Con una parábola muy sencilla y expresiva (propia del evangelio de Mateo) les echa en cara la hipocresía que muchas veces reina en sus actitudes. El hijo que dijo que no, que no iría a trabajar da la viña, pero luego fue. Y el que dijo que sí, que iba, pero luego no fue. En este segundo es donde «retrata» Jesús a las clases dirigentes de Israel. Los contrapone a los publícanos y prostitutas, que tienen mala fama, pero muchos de ellos han sabido acoger el mensaje de Juan el Bautista (y ahora, el suyo, el de Jesús).
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Cada Eucaristía nos une a Cristo, pero también es una auténtica escuela de fraternidad comunitaria. La petición del Padrenuestro (perdónanos como nosotros perdonamos), el gesto de paz que nos damos con los más próximos (como representantes de todos los que luego trataremos en la vida), la fracción del pan (para expresar que «compartimos» al mismo Cristo): todo eso nos recuerda que el «podéis ir en paz» del final no es punto de llegada, sino más bien de partida hacia una vida coherente con lo que hemos celebrado.
4. Contemplación:
El ideal no es decir «no» y luego cumplir, como no lo es tampoco decir «sí» y luego no cumplir. El ideal es decir «sí» con convicción y luego ser consecuente y perseverar en el bien. Como hicieron con su «sí» inicial Abrahán, y María y José, y sobre todo el mismo Jesús, en el cumplimiento de su vocación mesiánica hasta la cruz.
Aldazábal, J. (2004).
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