DOMINGO 04 DE OCTUBRE
VIGÉSIMO SÉPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
«VOY A CANTAR LA CANCIÓN DE AMOR DE MI AMIGO POR SU VIÑA»
Isaías 5, 1-7; Salmo 79; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
La liturgia de la Palabra de este domingo, bien podría sintetizarse en la primera frase que hemos escuchado del profeta Isaías: “Voy a cantar la canción de amor de mi amigo por su viña”. Y es que nuevamente esta semana, como ha ocurrido los últimos domingos, la imagen de la viña, que representa el gran campo del mundo, vuelve a ponerse en el centro de nuestra reflexión.
Hay un detalle bellísimo que tienen en común la primera lectura y el Evangelio de hoy: Dios es el que ha plantado la viña, la ha cuidado, le ha puesto su cerca, ha construido una torre en medio de ella.
Esta es la imagen de un Dios que con amor ha escogido a su pueblo, lo ha llevado como en alas de águila, lo ha cuidado y preparado su tierra, le ha entregado todo su amor; así nos lo recordaba también el salmo, leyendo la historia del pasado glorioso de Israel: “sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles y la trasplantaste, le preparaste el terreno y echó raíces hasta llenar el país”.
Es Dios, que con especial predilección ha guiado a su pueblo, y el pueblo que ha podido experimentar el amor de Dios que es liberador y salvador.
Pero justo cuando Dios esperaba que todos los cuidados que había tenido para con su viña, le permitieran gozar de la dulzura de la cosecha, se ha encontrado con todo lo contrario: la viña en lugar de dar uvas dulces ha dado uvas agrias como nos lo relata Isaías.
Y el mismo profeta nos lo explica: “La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantío preferido. Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos”.
Es el drama del hombre, que en lugar de ser fiel a Dios, en lugar de responder a su amor, lo que hace es apartarse de Él y de sus mandamientos, haciendo que el jugo de la uva se cambie de dulce a agrio, imagen del sinsabor que causa el pecado en la vida del hombre y en la vida del pueblo.
Los asesinatos y lamentos de que nos habla Isaías, son los mismos que nos presenta el Evangelio, cuando nos habla de lo que hicieron aquellos hombres con los mensajeros del dueño: los apalearon, los apedrearon, e incluso llegaron al extremo de asesinar al Hijo, para quedarse con la viña.
Pero Dios, el dueño de la viña, no quiere que la tierra, extensa y maravillosa que Él ha creado con tanto amor, quede como tierra desolada, y por eso la viña va a ser arrendada a un pueblo nuevo, que produzca sus frutos.
Ese pueblo nuevo es la Iglesia, constituida por Jesús para que extienda su Reino de amor por el mundo y para que produzca frutos de amor, de paz, de justicia, que sean como el vino dulce del que pueda gozar Dios.
Sin embargo, si miramos nuestra realidad como Iglesia, la realidad de todos nosotros los bautizados que conformamos la Iglesia, vamos a descubrir que muchas veces, nuestra situación no es distinta a la del pueblo de Israel, que asesinaba a los profetas y descuidó la justicia y el derecho, oprimiendo al pobre y explotando a las viudas.
Esa viña del Señor que somos todos nosotros, no siempre producimos uvas con el dulce sabor del amor, de la fidelidad, de la alegría, de la esperanza; al contrario, nuestra vida sabe a mentiras, robos, escándalos, asesinatos.
Pagamos mal al amor de Dios, que se derramó sobre nosotros, que nos entregó esta tierra buena y espaciosa, que nos acompaña con su gracia, que nos ha adornado con muchos talentos para que podamos producir los mejores frutos en nuestra vida.
Pero Dios sigue esperando, sigue aguardando a que nuestro corazón se abra para escuchar su voz y pueda en realidad convertirse; y eso lo hace porque Él nos ama, porque somos su viña escogida, amada.
Qué bueno que estas lecturas nos lleven entonces a hacernos un fuerte cuestionamiento en nuestra vida, y a que cada piense: ¿qué frutos tengo en mi vida para presentarle al Señor?
Si el Señor a cada uno de nosotros nos ha adornado con tantos talentos, si a cada uno nos ha regalado la vida llena de facultades y de gracias, para que ayudemos en el trabajo de esta gran viña, pero que muchas veces, cuando Él espera de nosotros frutos buenos, dulces, lo que encuentra son las uvas agrias de nuestras infidelidades.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
¿Qué frutos tengo en mi vida para presentarle al Señor? ¿Qué frutos de mi vida demuestran que estoy respondiendo al derroche de su amor y de su gracia?
4. Contemplación:
Pidámosle al Señor que nos ayude, que nos acompañe con su gracia para hacer que nuestra vida produzca los frutos que Él espera de nosotros, que nuestros pecados y nuestras infidelidades no hagan agrio el vino de nuestra vida; pidámosle con las palabras del salmo: “Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa”.
Que nuestra vida toda, sea un vino dulce, de agradable sabor, que adorne la mesa de Dios, con el fruto de nuestras buenas obras; para que así Dios pueda cantar con alegría la canción de su amor por nosotros, la canción de amor por su viña.
